Guinea, los derechos humanos y las reglas de etiqueta

CE1 octubre 2009
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Sólo cuando nos vemos forzados a elegir entre dos opciones mutuamente excluyentes el comportamiento ético adquiere carta de naturaleza. Guinea Ecuatorial representa actualmente esa encrucijada.

¿Es lícito hacer a un lado los derechos humanos cuando está en juego la seguridad energética? Nuestra antigua colonia en África, olvidada y ninguneada durante las tres últimas décadas por la diplomacia española, ha atraído repentinamente la atención de políticos y empresarios. Una imponente delegación de funcionarios, escoltada por un selecto grupo de empresas (Repsol, Unión Fenosa Gas, Cofares, Isolux, Corsan, Elecnor, Navantia, etc.), presidida por el inquieto Moratinos y un Fraga moribundo, ha viajado al pequeño país centroafricano para apoyar los «signos esperanzadores» de la joven república.

En efecto, el país se ha convertido en el cuarto mayor productor de petróleo del África Subsahariana (sólo por detrás de Angola, Nigeria y Sudán) y el país proporcionalmente más rico de toda África: su renta per cápita (31.000 dólares en 2007) se asemeja a la de Italia y España, y en el último lustro se ha convertido en el imán de la inversión extranjera en el sector de hidrocarburos.

Sin embargo, muy poca de esa inversión llega a la mayoría de la población (algo más de medio millón de habitantes). Por el contrario, en estos dos últimos lustros de incremento imparable de la riqueza ha aumentado el número de niños que muere el primer año de vida y el de los que no celebran su quinto cumpleaños.

Con una esperanza de vida –escribía Alfonso Armada en ABC– que no llega a los 55 años, la mortalidad infantil se ha incrementado en los años del boom petrolífero: de 103 muertos por cada mil nacimientos en 1990 se ha pasado a 124 en 2007, y en cuanto a los menores de cinco años se ha pasado de 170 muertes por cada mil en 1990 a 206 en 2007. Todo eso mientras el hijo del presidente Obiang se gastaba más de 42 millones de dólares entre 2004 y 2006 en casas y automóviles de lujo en Sudáfrica y California, «casi una tercera parte del gasto total del gobierno en programas sociales en 2005, lo que incluye salud, educación y vivienda», según la organización Human Right Watch (www.hrw.org; Well Oil: Oil and Human Right in Ecuatorial Guinea).

Nuestros políticos y empresarios tratan de justificar su postura defendiendo, de una parte, el patriotismo de una política exterior realista que busca preservar nuestra seguridad energética, y, de otra, magnificando los supuestos avances democráticos del gobierno guineano: «el régimen ha tenido el coraje de pedir que un relator de derechos humanos visite el país», recordaba Moratinos a todo el que se cruzaba con él, mientras un alto directivo de Repsol apuntaba que Guinea «ha solicitado recientemente su ingreso en la ITIE». Pero, como acreditan los informes independientes de las organizaciones humanitarias, existe una clara diferencia entre los discursos oficiales y la realidad sobre el terreno, como demuestran las últimas elecciones de mayo de 2008 en las que Obiang y sus aliados ganaron 99 de los 100 escaños parlamentarios.

El gobierno español es muy libre de buscar lazos con Guinea para tratar de asegurar las fuentes de suministro energético de nuestro país. Si hay algo en la diplomacia peor que el pragmatismo radical, es precisamente un idealismo desencarnado. Nadie va a cuestionar la necesidad de llegar a determinados compromisos cuando lo que está en juego es la propia supervivencia; en ocasiones no nos queda más remedio que negociar hasta con el diablo. Pero lo que resulta un tanto obsceno es tratar de vestirlo como un arcángel de la luz, y eso es lo que ha hecho nuestro andarín ministro, con el aplauso de los empresarios, al intentar vendernos la existencia de unos supuestos «signos esperanzadores de democracia».

Pero, el principal problema de esta nutrida banda de españolitos no es su notoria hipocresía, sino su olvido de las más elementales reglas de la etiqueta. Ya recordaba Isak Dinesen en uno de sus ensayos que «formar un gentleman era un asunto muy prolijo y muy caro. […] Al verdadero gentleman se le conocía sobre todo por su concepto y actitud ante la mujer. Sí, de acuerdo, bebe demasiado, dirían de él las mujeres, y no paga al sastre. Y también sabemos que en ocasiones se comporta con brutalidad. Pero, si el aludido era ortodoxo en este primer artículo de la profesión de fe del gentleman, las que así hablaban concluían diciendo: pero es un verdadero gentleman. En los cuartos de banderas de los oficiales ingleses estaba prohibido pronunciar el nombre de una dama, bajo ningún concepto y en cualquier circunstancia. Y faltar a este precepto era la más grave infracción posible del código de la gentlemanliness».

Ninguna de estas reglas de educación y cortesía se vivió cuando nuestro ministro, con la complicidad del grupo de machos ibéricos, afeó a la corresponsal de TVE por cantar en la pantalla las verdades sobre la realidad del país. Todo eso mientras sorbía un güisqui y se fumaba un puro, ¡faltaría más!

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