The Guardian: La lucha contra el "monopolio"

CE1 septiembre 2008

No es preciso ser especialmente crítico para reconocer el enorme poder que tienen los medios de comunicación. En sus manos se encuentra la posibilidad de encumbrar o derrumbar personas, de impulsar nuevas ideas o desechar proyectos. Su palabra es la única que decide quien tiene derecho a participar en el debate público y quien no. Tampoco parece que la autocrítica forme parte de su ADN. Los «medios» no pierden oportunidad de criticar la creciente invasión de la vida privada por parte del estado, pero dedican muy poco tiempo a examinar su propio comportamiento en este campo. Presumen constantemente de independencia sin hacer públicos sus compromisos y lazos con los grandes grupos económicos y políticos. Reclaman transparencia a diestra y siniestra, pero constituyen uno de los sectores más opacos y herméticos.

La verdad es que no es necesario hacer un examen de conciencia muy profundo para descubrir que la presunción y el excesivo apego al propio juicio son dos tentaciones con las que frecuentemente han de luchar los medios de comunicación. Y sin duda esa convicción fue la que inspiró a C. P. Scott, el mítico editor de The Guardian, para afirmar que: «Un periódico es por naturaleza algo muy parecido a un monopolio y su primera obligación es evitar la tentación del monopolio [de la verdad]».

UN NACIMIENTO «DRAMÁTICO». Las causas que motivaron la fundación del diario guardan mucha relación con su reconocida reserva a la hora de mostrar una visión excesivamente monocolor de la realidad.

El 16 de agosto de 1819 las tropas del gobierno ingles cargaron en St Peter’s Field, Manchester, contra una multitud de 60.000 personas que se manifestaban pacíficamente a favor de la «extensión» del derecho de sufragio. El altercado se cobró once vidas y 560 civiles resultaron heridos, algunos de ellos de gravedad. Muchos de los manifestantes fueron encarcelados, entre ellos el único periodista independiente que se encontraba cubriendo el suceso, un tal Mr. Tyas, corresponsal del «London Times».

Un ciudadano, de nombre John Edgard Taylor, temeroso de que las únicas noticias que llegasen a la opinión pública fuesen las ofi ciales, procedentes de las mismas autoridades que habían ordenado la matanza, decidió redactar su propia versión de los hechos y enviarla por la noche en el coche de caballos. Su «reportaje» consiguió eludir el cerco y publicarse dos días después de la Masacre de Peterloo, nombre con el que se bautizó el sangriento episodio combinando con cierta ironía el nombre de Peter’s Field y el de la batalla de Waterloo.

Impresionado por lo que había sucedido, Taylor decidió fundar un periódico en Manchester con el nombre de The Manchester Guardian, que algunos años después cambiaría por el «The Guardian». El primer número apareció en 1821. Poco después Taylor se casó con una mujer llamada Sofía Rusell Scott. El sobrino de Sofía, C.P. Scott, se convirtió en el editor del periódico a los veinticinco años de edad y permaneció en el cargo – también como propietario del diario– durante los siguientes 57 años, falleciendo en 1932.

El hijo de Scott sucedió a su padre, pero en su primer año como editor falleció ahogado en un trágico accidente, mientras navegaba con su hijo, que vive en la actualidad. El temor a que el fallecimiento del heredero pudiese poner en peligro la existencia del periódico, animó a la familia Scott a constituir una fundación (Scott Trust), a la que cedieron generosamente sus acciones, convirtiéndola en la propietaria del periódico con el fin de asegurar la continuidad y viabilidad económica del diario.

Actualmente el «Scott Trust» continúa siendo el propietario del periódico manteniendo el control sobre el mismo. Los miembros del patronato tienen el mandato de no inmiscuirse en la línea editorial ni en su gestión económica. La misión del «Scott Trust» consiste, precisamente, en asegurar la independencia económica y editorial del periódico. Es responsable de nombrar el editor y de velar por que se cumpla un único mandato: «mantener la tradición del periódico cómo hasta ahora (as heretofore)».

¿Qué significa esto? En palabras de Alan Rusbridger, el editor actual del periódico: «Significa entender y ser fiel al «ethos» liberal y progresista del periódico. Significa un compromiso con los estándares éticos más elevados del periodismo. Supone que el periódico sea riguroso, políticamente independiente y con un enfoque internacional al abordar los grandes temas».

En verdad uno no tiene porque coincidir con la línea editorial del periódico británico para reconocer que «The Guardian» se ha mantenido fiel a su legado a lo largo de sus casi doscientos años de historia. Con una tirada de alrededor de 400.000 ejemplares diarios en Gran Bretaña y más de 14 millones de usuarios únicos mensuales de su Web, constituye no sólo la voz más respetada de la prensa «liberal» en los países de habla inglesa, sino el medio de comunicación de referencia para todo el sector cuando se habla de responsabilidad social.

DISTINGUIENDO EL GRANO DE LA PAJA. Buena parte del éxito del diario británico se debe al hecho de haber sabido identifi car el principal riesgo para la reputación al que se enfrenta el sector de los medios de comunicación: la pérdida de credibilidad. En efecto, la credibilidad constituye el principal activo de los «medios». El lector que abre las páginas de un periódico, sintoniza un programa en la radio o conecta con un canal de televisión ha optado, consciente o inconscientemente, por confi ar en un determinado «mediador» para que le haga llegar la información.

Y la realidad es que la credibilidad de los medios de comunicación no ha hecho más que disminuir con los años. De acuerdo con la mayoría de las encuestas, el público se muestra muy escéptico cuando se le pregunta sobre la credibilidad de los medios, es decir si se puede confiar en que dicen la verdad cuando informan. El último informe, encargado por una comisión del parlamento británico, mostraba que sólo el 39% de los encuestados opinaba que la prensa «seria» era fiable, mientras que los «tabloides» británicos apenas llegaban al 9%. Y todo esto teniendo en cuenta que, de los medios de comunicación, la prensa escrita suele ser el sector que goza de más credibilidad, muy por encima de la televisión o la radio.

Frente a esos datos «The Guardian» muestra unas cifras cercanas al 86%. Pero lo que es aun más excepcional, igual o similar apoyo recibe de parte de sus trabajadores. De acuerdo con la última encuesta realizada por una empresa independiente: a) el 91% de los empleados se siente orgulloso de trabajar para el periódico; b) el 90% suele poner un esfuerzo adicional en las tareas que realizan; c) el 79% disfruta con su trabajo; y d) el 73% está dispuesto a recomendar el periódico como «empleador». Todos estos resultados no sólo resultan extraordinarios comparándolos con el sector de los medios de comunicación sino con cualquier otro sector empresarial.

Proteger y hacer crecer la «credibilidad» es una tarea en la que los medios no sólo se juegan su propia supervivencia, sino que constituye su propia razón de ser. Esta verdad, que parece tan evidente, continúan ignorándola muchos medios que siguen sin distinguir el grano de la paja bombardeándonos en sus «memorias de sostenibilidad» con cifras sobre el ahorro de energía, el porcentaje de discapacitados contratados o la colaboración con organizaciones sociales; temas todos ellos muy importantes pero que resultan un tanto inconsistentes cuando nada se dice o informa sobre las medidas para asegurar el rigor y la veracidad del corazón de su «negocio»: la información.

Si la primera obligación de un periódico es evitar el monopolio, entonces «nuestra principal responsabilidad social es ser rigurosos y veraces sobre todo lo que se escribe en nuestras páginas y, consiguientemente, nuestro deber consiste en desarrollar un conjunto de medidas que nos proporcionen una señal de alerta cuando hagamos algo incorrecto con el fin de corregirlo o aclararlo, teniendo en cuenta que los errores son inevitables en el periodismo»- aclara Alan Rusbridger

LA BATALLA CONTRA EL MONOPOLIO. En efecto, esa «lucha contra el monopolio» se ha concretado en un conjunto de medidas que ha situado a «The Guardian» en la vanguardia del compromiso social. El periódico cuenta desde hace años con un Código de Conducta, en el que se recogen aspectos como el respeto a la privacidad, el modo correcto de cubrir determinadas noticias especialmente sensibles, como por ejemplo el suicidio («Cuando se escriba sobre suicidios, es preciso tener cuidado y no proporcionar excesivos detalles sobre el método utilizado»); el uso correcto de citas apócrifas o entrecomillados, el uso apropiado de información financiera, los subterfugios, etc.

Por otra parte, el diario fue el primer periódico de la City en nombrar hace once años un «defensor del lector» independiente («Reader’s Editor»). Cualquiera puede ponerse en contacto con él para hacer llegar sus quejas, solicitar aclaraciones o plantear cuestiones. Siobhain Butterworth, el defensor actual, gestiona 19.000 quejas, preguntas y aclaraciones al año, divididas en 40-50 llamadas telefónicas y 200-300 correos electrónicos semanales. Butterworth publica las quejas y su dictamen en una sección del periódico situada inmediatamente después de la portada, junto al editorial del periódico. También dispone de una columna semanal en la que aborda cualquier asunto editorial planteado por los lectores o que él considere relevante.

Además, es el único periódico que tiene una sección cuatro días a la semana a disposición de las personas sobre las que se ha escrito para darles la oportunidad de replicar.

Hay otras medidas que afectan a la propia redacción del periódico. Con mucha frecuencia las decisiones y contenidos de los periódicos se reservan a un grupo privilegiado de miembros del staff. Únicamente ellos opinan y deciden. En «The Guardian» la filosofía es la opuesta. Cada día el periódico comienza con una reunión abierta a todos los miembros de la redacción. Los asistentes, que pueden rondar entre los 25 y 70, son invitados a dar su opinión sobre lo publicado el día anterior. Si alguien está en desacuerdo con algún contenido tiene la oportunidad de manifestarlo en ese cónclave.

Y un paso más en la transparencia: desde hace tres años hace públicas las discusiones «internas» de sus staff a los lectores, invitándoles a participar en las mismas a través de la Web. La respuesta, como era de esperar, ha sido muy positiva.

No es una casualidad que el diario que tiene más en cuenta a sus lectores, el que conscientemente ha evitado tratarlos como sujetos pasivo abriéndoles sus puertas para que puedan participar en el debate público sea precisamente el que más éxito tenga en la Web. También en esta parcela, el periódico ofrece unas cifras excepcionales: en agosto del 2007 la Web del periódico fue visitada por cerca de 16 millones de usuarios, alrededor de 10 millones fuera del Reino Unido. Eso representa un crecimiento del 20% anual, lo que sitúa al periódico muy cerca de otros gigantes de la prensa escrita como el New York Times o The Washington Post.

EL DIARIO MÁS VERDE. Y como no podía ser menos en el país más sensible a los temas del medioambientales, «The Guardian» encabeza también la carrera en la prensa escrita en defensa del medio ambiente.

Su informe de sostenibilidad («Living our values») es probablemente la radiografía más exhaustiva que se ha publicado nunca sobre los compromisos reales de una empresa con respecto al medio ambiente. En las 60 páginas de informe no se deja ninguna actividad por examinar, ninguna duda por resolver, ninguna pregunta sin contestar, por incómodas que estas puedan resultar: ¿Debería el periódico publicar anuncios de empresas que no respetan el medioambiente? ¿Es coherente el uso de determinados medios de transporte de nuestro personal con la sostenibilidad ambiental? ¿El contenido de nuestras noticias da sufi ciente cobertura al fenómeno del cambio climático? ¿Tenemos completa certeza que el papel que compramos procede de bosques gestionados con criterios de sostenibilidad?

Puede que muchas de estas preguntas nos parezcan un tanto desproporcionadas, y muy probablemente pensemos que algunos de los temas que se abordan en el informe carezcan de sustancia real. Pero de lo que nadie podrá acusar nunca a «The Guardian» es de no haber sometido la realidad a un constante examen. Y es posible que el periodismo no consista en otra cosa.

CE

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