¿En qué gastar 50.000 millones de euros?: Desarrollistas y ambientalistas ¿Por qué no se ponen de acuerdo?

CE1 septiembre 2009
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Dispone de 48.000 millones de euros para adquirir acciones de nuestro viejo planeta. ¿Los invertiría en mejorar el medio ambiente y luchar contra el cambio climático o en dar de comer al hambriento, de beber al sediento, vestir al desnudo, dinero al pobre y consolar al desvalido? Expertos de las más variadas ciencias han intentado, como usted. Ahora, hallar la mejor respuesta. Nada fácil, ¿verdad? Y no lo es por una simple razón: ni los desarrollistas aciertan siempre ni los ambientalistas siempre se equivocan. Pero cada grupo –muy numeroso y con figuras de prestigio entre sus filas– cree estar en lo cierto, no da su brazo a torcer y así es difícil alcanzar un consenso sobre las mejores recetas para lograr el desarrollo sostenible.

¿Qué pasa? ¿Por qué les cuesta tanto ponerse de acuerdo uniendo teoría y acción para tan noble causa como es el bienestar del mundo en el que vivimos 6.000 millones de seres humanos? La razón de tal discordancia está, precisamente, en su diametralmente opuesta concepción del Homo sapiens. Para los ambientalistas, es la especie causante de las más terribles plagas: bomba demográfica, hambrunas planetarias, holocausto nuclear, lluvias ácidas, contaminación, extinción de especies y cambio climático. Para los desarrollistas, es la especie que ocupa el «centro de las preocupaciones relaciona das con el desarrollo sostenible, tiene derecho a una vida saludable y productiva en nía con la naturaleza (primer principio de la Declaración de Río, una especie de carta magna del nuevo orden internacional surgido de la Cum bre de la Tierra, celebrada en Río de Janeiro en 1992). Ya la ONU, en 1972, había afirmado: «De todas las cosas del mundo, los seres humanos son lo más valioso. Son quienes promueven el progreso, crean riqueza social, desarrollan la ciencia y la tecnología» (Declaración de Estocolmo sobre Medio Ambiente).

Al igual que los 175 países firmantes de este documento, que reafirma el nuevo modo de pensar ecológico gestado en Estocolmo entre el 5 y el 12 de junio de 1972, los desarrollistas creen sinceramente que la persona es el artífice del desarro llo humano.

Si los ambientalistas admitieran este principio, el bienestar del mundo estaría preservado. Sin embargo, ellos ponen todas sus energías en la defensa de la naturaleza física y no en la defensa de la naturaleza humana.

HUMANISMO ECOLOGISTA. Sin saberlo, ambas corrientes tienen más cosas que las unen que las separan. La primera, el nuevo humanismo ecológico y solidario, postulado en 1977 por Aurelio Peccei en su libro La calidad humana, en donde pedía poner fin a la actitud mo derna de «explotación desmesurada» de la naturaleza. La segunda, la complejidad de la naturaleza, incompatible con el intento de atenazar a los sistemas vivientes mediante leyes deterministas. La tercera, la defensa efectiva de los derechos humanos, incluido el derecho a la calidad de vida y la protección de los recursos naturales.

Sin embargo, en contra de lo que aducen los ambientalistas, no significa que todos los recursos naturales deben conservarse, ya que la muerte de las especies, o su extinción, se produce de modo incesante y es un rasgo esencial de la historia de la vida.

También un desarrollo sostenible satisfactorio inevitablemente supone cierto grado de desbroce de tierras, perforación de pozos de petróleo, construcción de presas en los ríos y tala de árboles en bosques húmedos, advertía el Banco Mundial en 1992, mismo año de la Cumbre de la Tierra.

Lo importante, para desarrollistas y ambientalistas, debe ser fijar la atención en la necesidad de estimar el valor de los recursos ambientales y en la importancia de proteger ciertos sistemas ecológicos esenciales. Pero hace falta ir más lejos. Podemos elegir entre acumular capital humano –por medio de la educación y el progreso tecnológico– o activos físicos debidos a la mano del hombre a cambio, por ejemplo, de agotar parte de sus reservas de minerales o convertir una forma de uso de la tierra a otros fines. Lo que interesa es que la productividad global del capital acumulado –incluidas las repercusiones en la salud humana, placer estético e ingresos– compense con creces cualquier pérdida derivada del agotamiento del capital natural.

Pero los ambientalistas se distancian de los desarrollistas en que los primeros identifican habitualmente agotamiento de los recursos, deforestación, contaminación, miseria y hambre, con crecimiento de la población.

Los desarrollistas les replican que el asunto es más complejo porque incluye modelos de consumo y de despilfarro, falta de restricciones o de garantías en algunos procesos productivos o industriales. Hay un amplio consenso en que la política de población es sólo una parte de la estrategia global de desarrollo humano, que sintetiza el progreso del hombre, tanto económico como humano, y que incluye variables, como la pobreza, la calidad de vida, el número de habitantes y su distribución, el consumo, la situación de la mujer, las actitudes y prácticas personales y la degradación ambiental. La ONU reconoce que ya no parece probable que se agoten los recursos naturales, porque el mundo cuenta con recursos adecuados para el desarrollo sostenible del planeta, siempre que se utilicen con prudencia.

PROSPERIDAD MATERIAL Y ESPIRITUAL. Desarrollistas y ambientalistas coinciden en que los países requieren para su desarrollo un mínimo de prosperidad material, confianza en la sociedad en que se vive, fe en su filosofía, leyes y técnica. ¿Estarán de acuerdo en que los países deben recordar el pasado y soñar en un futuro mejor, más justo y humano? Los ambientalistas, ante la extinción que nos amenaza –si no es por el cambio climático, lo será por fuga radiactiva en una central nuclear o por exceso de población que no habrá planeta que lo soporte–, exigen riguroso control de la natalidad. Su petición se basa en que cada niño que nace no produce mercancías, pero las consume, por lo que a cada uno le tocará una porción menor. En cambio, los desarrollistas sostienen todo recién nacido significa una boca más, pero también un cerebro y unos brazos suplementarios capaces de obtener mucho más pan del necesario para la propia supervivencia y la de los demás. Un aumento positivo de la población ha dado, a la larga, resultados económicos considerablemente mejores que una población estacionaria. Una población decreciente es muy perjudicial a largo plazo.

Los ambientalistas achacan al ser humano el problema de la contaminación ambiental. Pero no cabe duda de que el hombre puede evitarla si dedica a ello dinero y esfuerzos. La preocupación por la conservación ambiental surgió en la Conferencia Mundial de la ONU sobre Población de 1974. La Conferencia sobre Población de México de 1984 trató de nuevo el tema. Y después, la Conferencia sobre el Medio Ambiente y Desarrollo de Río en 1992.

SAN JOSÉ 2007. Pensando siempre en el bienestar del ser humano, de los demás seres vivos y en la salud del planeta, en 2007 se celebró en San José de Costa Rica una reunión promovida conjuntamente por el Departamento de Investigación del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y el Centro del Consenso de Copenhague (CCC). Los expertos allí reunidos –ambientalistas y desarrollistas– buscaban fórmulas de acercamiento de ambas posturas y destacar los aspectos más útiles para el sostenible desarrollo humano y ambiental.

Los ambientalistas se distancian de los desarrollistas en que los primeros identifican habitualmente agotamiento de los recursos, deforestación, contaminación, miseria y hambre, con crecimiento de la población.

La llamada Consulta de San José se celebró del 21 al 25 de octubre. Estaba organizada por el BID, el INCAE Business School y el CCC, dirigido por el profesor de estadística Bjørn Lomborg, autor del conocido libro El ecologista escéptico, bajo el auspicio de la Escuela de Negocios de Copenhague (Dinamarca). Su objetivo general era ayudar a los países en desarrollo a elaborar «una lista clara y bien fundamentada de propuestas de soluciones eficientes para algunos de los desafíos más importantes» de, en concreto, América Latina. Uno de estos desafíos fue la reducción de pobreza y desigualdad.

El trabajo de soluciones para reducir la pobreza lo preparó Sebastián Galiani. Presentó una radiografía de la pobreza, utilizando indicadores monetarios y no monetarios, entre ellos educación, salud, fertilidad, nutrición y mortalidad infantil.

Indicaba los avances logrados, pero también la persistencia de altos niveles de «desnutrición crónica» y deficiencia de micronutrientes. No olvidó tampoco la situación de retraso de muchos niños y jóvenes del campo y de población indígenas en su educación.

Además del problema de la reducción de la pobreza, en ese encuentro se le planteó a un grupo de destacados economistas la siguiente pregunta: «Si América Latina estuviera dispuesta a invertir 10.000 millones de dólares durante los próximos cinco años para mejorar el bienestar de su población, ¿cuáles serían los proyectos que reportarían los mejores resultados?».

En la pregunta está implícito un concepto básico de la ciencia económica: los recursos disponibles siempre serán menores que las necesidades a satisfacer, que en consecuencia deberán ordenarse en un ranking de prioridades. Los diez principales retos hallados fueron: democracia, educación, empleo-seguridad social, medio ambiente, problemas fiscales, salud, infraestructura, pobreza-desigualdad, administración pública- instituciones y violencia-criminalidad. El reto era, primero, jerarquizar los desafíos; luego, proponer soluciones.

Las primeras cinco prioridades fueron:

1 Programas de desarrollo temprano de la niñez, para atacar uno de los peores efectos de pobreza/desigualdad

2 Consolidación de reglas fiscales para optimizar el proceso presupuestario, limitando el nivel del gasto y el monto de deuda pública, para atacar uno de los más usuales problemas fiscales

3 Incrementar la inversión en infraestructura: caminos, agua, saneamiento, espuertos, electricidad, telecomunicaciones, para atacar uno de las más notables carencias de la región cuando se la compara con países desarrollados. No obligatoriamente financiada por el Estado.

4 Establecer agencias independientes que evalúen las políticas y programas, para reconocer cuándo los recursos se están malgastando.

5 Desarrollar sistemas de transferencias de efectivo condicionadas, materializado en pagos mensuales en efectivo a las familias pobres a condición que envíen sus hijos a la escuela y centros de salud. De esta forma se atajarían problemas de educación, salud, pobreza y desigualdad.

COPENHAGE 2008. Un año después se reunió en Copenhaguen un grupo de destacados expertos en diferentes ramas de las ciencias sociales, con miradas distintas sobre el medio ambiente y la función del ser humano en la biosfera: François Burguignon, Jagdish Bhagwati, Finn E. Kydland, Robert Mundell, Douglass North, Thomas Schelling, Vernon Smith y Nancy Stokey. En las salas del Moltke Pallace y durante una semana intentaron descubrir cuáles son los «males más acuciantes» que afectan al planeta y «cuáles pueden ser paliados con la menor y mejor inversión posible».

Como es lógico, coincidieron en que el número de problemas es «infinito» y «escaso» los medios para resolverlos. No obstante, eran conscientes de que, para llevar a cabo el desarrollo sostenible, hay que tomar medidas racionales y no tener miedo a decidir «cuándo» y «cómo» hay que invertir el dinero disponible.

Existen muchos problemas. Problemas que, como hemos visto, no son iguales para los desarrollistas que para los ambientalistas.

Sin embargo, está claro que «algunos son más graves que otros», indica el danés Lomborg, uno de los artífices de este encuentro. Es una realidad que, según las estadísticas más fiables, el terrorismo trasnacional mata cada año a 420 personas, mientras que los accidentes en autopistas norteamericanas siegan la vida a 30.000.

Si del terrorismo internacional y las carreteras pasamos a dos cuestiones vinculadas más directamente con la salud del planeta pero que inciden también en la vida y muerte de las personas, aunque no de forma tan palpable y visible como un accidente de tráfico o una bomba terrorista, es probable que por culpa de la contaminación atmosférica cada año mueran en el mundo unas 865.000 personas (datos suministrados en el encuentro de Copenhague). Si ponemos el foco de atención en el uso de los combustibles fósiles para cocinar, el dato arroja la alta cifra de más de un millón y medio de vidas. ¿Y qué decir de los pesticidas, enemigo declarado de los ambientalistas? Pues que, probablemente, puedan causar la muerte de «decenas» de personas cada año, indicaron los expertos reunidos en Moltke Pallace.

No obstante, los desarrollistas –admitiendo como factores de muerte a la contaminación, quema de combustibles y pesticidas– subrayan que la industria química evita que «varios miles» de personas contraigan cáncer gracias a una alimentación más saludable o a un agua más limpia y potable, cuya limpieza y potabilidad se consigue gracias al poder desinfectante del cloro, otro producto químico, útil tanto para desinfectar un río tras un terremoto como para ser el soporte de música relajante o películas de trama ambiental.

LO QUE REALMENTE IMPORTA. La pregunta fundamental debe tener en cuenta siempre al ser humano, gestor y artífice del desarrollo sostenible y de la conservación o ampliación de la biodiversidad de la Tierra. Por eso: «¿cómo podemos hacer el mayor bien a la humanidad?». Esta fue la cuestión puesta sobre la mesa de los expertos del Consenso de Copenhague.

Anders Fogh Rasmussen, primer ministro danés, aseguró que «el Consenso parte de una idea simple, pero poderosa: la priorización. Hay que tomar decisiones y hay que hacerlo con hechos y datos, no por modas».

Como en San José de Costa Rica se seleccionaron una decena de «desafíos» ante los cuales los gobiernos, los organismos internacionales y los mecenas privados deberían «concentrar» su atención para hacer del mundo en el que vivimos personas, animales, plantas, océanos, paisajes, ciudades, cultura y tecnología, un lugar mejor y más habitable, tanto para las personas como para la flora y la fauna.

Los problemas escogidos fueron:

  • la contaminación atmosférica
  • los conflictos armados
  • el terrorismo
  • la falta de educación
  • el calentamiento global
  • las enfermedades
  • el hambre y la malnutrición
  • la escasez del agua
  • los subsidios y trabas al comercio
  • la mujer y el desarrollo

Priorizar. Es la consigna que los expertos repitieron por activa y por pasiva. El gran error de la ayuda al desarrollo –sostienen– es «querer abarcar demasiado». Tal enfoque suele generar una «dispersión» de los recursos. «Lo importante es saber dónde podemos hacer un bien mayor con los recursos de los que disponemos. No es una utopía, es algo pragmático», recalca el profesor en la Universidad de Columbia Jagdish Bhagwati.

CAMBIO CLIMÁTICO. El calentamiento global es el mejor ejemplo a la hora de establecer prioridades. Es importante. Nadie lo pone en duda: ni ambientalistas ni desarrollistas. ¿Pero es lo más importante? Al Gore diría que sí. Pero no lo es para los miembros de este panel de sabios. Según ellos, los «datos» sobre el clima no son lo «suficientemente concluyentes» ni existe una forma razonable de combatirlo.

El Protocolo de Kioto –aún no ratificado por todos los países y del que quedan fuera grandes países contaminantes como China o India– tendrá «un coste mínimo de 150.000 millones de euros para obtener un beneficio escaso».

Por esta razón, la lucha contra el cambio climático y el calentamiento global «no está entre las prioridades» de los especialistas reunidos. Como son finitos los recursos de los que disponen hombres y mujeres, es necesario prescindir de tópicos y centrarse en lograr el mayor bien. Éste se lograría usando el dinero de donaciones y programas de ayuda al desarrollo para proporcionar suplementos alimentarios a los niños mal alimentados, vacunar a los menores contra enfermedades contagiosas o combatir la malaria. Necesidades todas, a los ojos de estos expertos, mucho más importantes que gastar ingentes cantidades de euros en el cambio climático, las energías renovables o el control de la natalidad en los países pobres.

Las conclusiones del Consenso de Copenhague han colocado en la primera posición las acciones de «mayor rendimiento»: aquellas que hacen más por remediar una necesidad muy grave con menor costo relativo. Según estos criterios, la prioridad número uno es la lucha contra las enfermedades infecciosas que más matan, empezando por el sida y la malaria. Con los medios actualmente disponibles se podría bajar a la mitad la tasa de infecciones de malaria y reducir un 72% la mortalidad en niños menores de 5 años, a un coste de 13.000 millones de dólares.

La malnutrición ocupa el segundo lugar. Contribuye a más de dos millones de muertes al año y deja secuelas en muchas más personas. Podría reducirse a la mitad con 12.000 millones de dólares bien gastados. Eliminar los subsidios agrícolas de los países ricos es la tercera prioridad. Esta medida reportaría un beneficio de unos 2,4 billones de dólares anuales, la mitad para el mundo en desarrollo: mucho más que el coste de las subvenciones.

El farolillo rojo está ocupado por las medidas contra el cambio climático: establecer un impuesto elevado sobre las emisiones de carbono (25 dólares o más por tonelada) y cumplir el Protocolo de Kioto. En este caso, el rendimiento es negativo, según los modelos manejados por el Consenso: mientras en las prioridades más altas se obtiene de 10 a 40 dólares de beneficios sociales por cada dólar invertido, la reducción de emisiones costaría 180.000 millones anuales y retornaría 52.000 millones.

Que otros problemas tengan prioridad no significa –dicen los desarrollistas– que no haya que hacer nada con el cambio climático, sino que debemos buscar la intervención justa: más vale una medida modesta, pero eficiente, que otra ambiciosa y de rendimiento negativo, como el Protocolo de Kioto.

El ecosistema humano y medioambiental

A la hora de priorizar las inversiones para salvar al ser humano y al planeta, el especialista danés Bjørn Lomborg propone mantener la cabeza fría y echar mano de la calculadora. La decisión no es simple. Primero, no está claro que las consecuencias del previsible calentamiento global vayan a ser tan catastróficas para la vida en el planeta y sus habitantes, sean éstos seres humanos, animales o vegetales. Segundo, antes de decidir hay que sopesar sus costes y sus beneficios.

La solución de los ambientalistas de reducir las emisiones «a cualquier precio», no es la mejor solución si esta medida deja de lado la prioridad de los desarrollistas: procurar el mayor bien que se pueda a los seres humanos y, de paso, la mejor protección posible de la naturaleza con los medios disponibles, que no son ilimitados.

Como no hay dinero suficiente para invertirlo en los muchos problemas ambientales, es preciso un consenso para no dilapidar ese capital exclusivamente en la lucha contra el cambio climático.

También hay que plantarle batalla al sida, la malaria y otras epidemias; asegurar el suministro de agua potable y saneamiento en amplias zonas de los países en desarrollo, donde mueren unos dos millones de personas al año por no tenerlo; reducir la pobreza extrema, que afecta a quizá la sexta parte de la población mundial; y escolarizar a millones de niños, fundamentalmente del sexo femenino. El calentamiento de la Tierra es una cuestión económica –implica la gestión de recursos limitados– y política.

Como es lógico, Lomborg no es el único que sabe de números, por buen estadístico que sea. Y algunos de sus cálculos se refieren a magnitudes difíciles de cuantificar.

Así, según sus fuentes, dice que cumplir el Protocolo de Kioto tendría un «coste mundial de más de cinco billones de dólares hasta 2100». Algunos de sus datos son los mismos que barajan Al Gore y otros ambientalistas. La diferencia radica en que añade otros que dan el contexto o apoyan una interpretación distinta.

Desvela cifras puramente erróneas o exageradas.

Por ejemplo, en el documental con que Gore ganó el Oscar, el expresidente de los Estados Unidos dice que, si no reducimos las emisiones de carbono, el nivel de los mares subirá 6,1 metros en lo que queda de siglo.

Con imágenes impresionantes, muestra lo que eso supondría: quedaría anegado Miami entero junto con gran parte de Florida, Holanda desaparecería del mapa, en Bangladesh 60 millones de personas tendrían que buscarse otros lugares donde vivir. Sin embargo, la estimación media del Grupo Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC) de la ONU, estima que el nivel subirá 29 cm (hipótesis media, entre una baja de 18 cm y una alta de 60 cm). Esos 29 cm son, más o menos, lo que ha subido el nivel de los mares desde 1860 hasta nuestros días, sin que hayamos sufrido espectaculares catástrofes. Otro factor que los ambientalistas no tienen en cuenta es que la humanidad no está inerme frente a las olas de mares y océanos.

El ser humano ha cedido terreno al mar si el valor de lo que perdería es inferior al coste de protegerlo, o si no tiene tecnología para conservarlo.

Para mejorar la calidad de vida de la humanidad necesitamos más recursos económicos. Sería un riesgo insostenible combatir el cambio climático con medidas que frenaran el desarrollo de las naciones. De ahí que el Protocolo de Kioto no es buena solución. Si se cumpliera, en 2100 el nivel de los mares habría crecido tan sólo 2 cm menos y la temperatura media habría subido 2,42 grados en vez de 2,6. Escaso provecho para tanto coste. «Kioto, entonces, dejaría a la humanidad con menos posibilidades de defenderse contra las consecuencias negativas del cambio climático y las demás miserias de la vida», dice Lomborg.

Los más perjudicados serían los países más pobres. Una determinada subida del PIB, que para los habitantes de una nación industrializada significa sólo un aumento marginal de la riqueza, para los de un país en desarrollo puede ser una mejora crucial en alimentación, saneamiento, atención médica, escolarización de niños y otros bienes básicos que los ricos dan por supuestos. Cuando los previsibles problemas que causará el calentamiento de la Tierra se noten de verdad, en torno a 2100, la población mundial tendrá más recursos que ahora.

Lomborg, y con él muchos desarrollistas, propone dos soluciones en lugar de Kioto. La primera es gravar el carbono con un impuesto moderado, específicamente dirigido a compensar el perjuicio que causan las emisiones.

El impuesto debería estar entre dos y 14 dólares por tonelada (mucho menos que los 85 dólares que dice el informe Sterns). Si se sube poco a poco, desde el mínimo hasta el tope durante el siglo, se puede esperar que las emisiones descenderían un 5% al principio y hasta un 10% en 2100. Si así sucediera, resultaría mejor que Kioto, que prevé una reducción del 0,4% en 2010.

La segunda idea es aumentar las inversiones en investigación y desarrollo de energías renovables y eficiencia energética, que están en su nivel más bajo de los últimos 25 años. Lo mejor sería que todos los países se comprometieran a gastar una parte fija del PIB, el 0,05%, y así el primer mundo cargaría con la mayor parte del coste. Nuevas formas, aún no inventadas, de producir energía con menos emisiones de CO2 y a costo competitivo reportarían beneficios imposibles de calcular. En todo caso, el gasto sumaría actualmente unos 25.000 millones de dólares anuales, mucho menos que Kioto.

Para hacer bien las cuentas del cambio climático, hay que rellenar las dos columnas: la del debe y la del haber. El calentamiento de la Tierra no es un mal puro: tendrá algunos efectos beneficiosos, que compensarán en parte los perjuicios.

Por Carlos Cachán, profesor de Periodismo de Investigación y director de la Cátedra Desarrollo y Medio Ambiente de la Universidad Antonio de Nebrija.
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