Copenhague ¿Y ahora qué?

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La gran cita de Copenhague acabó con un sabor agridulce. Las visiones optimistas y pesimistas se mezclaron para llegar, según coinciden casi todos los medios, tan sólo a una «declaración de intenciones» muy por debajo de las expectativas que se habían creado en torno a este encuentro. Las opiniones más positivas hablan de la COP-15 como «un importante paso adelante» y fijan su vista en el próximo hito: México 2010. Los más escépticos creen que ésta ha sido, de nuevo, una oportunidad perdida.

La conferencia internacional organizada por la ONU este pasado mes de diciembre en la capital danesa alumbró un acuerdo de mínimos y sin carácter vinculante que aplaza las decisiones clave a finales de 2010 y a otro lugar: Ciudad de México. El fracaso del que hablan muchos sin duda siembra de dudas a las compañías, que creían que a partir de esta fecha podrían contar con una «hoja de ruta» más defi- nida a la hora de tomar decisiones tan relevantes como las relacionadas con sus inversiones.

Sin embargo, tras los resultados de la cumbre, además de las incertidumbres de la recesión económica, el sector empresarial sufre otra inquietud. ¿Cuánto tiempo habrá que esperar para un tener un sustituto del Protocolo de Kioto? Aunque algunas voces defienden la idea de que era mejor un «no acuerdo» que un «mal acuerdo», lo que es incuestionable es que el que ha salido de Copenhague, tras unas últimas jornadas de intenso debate político, no convence a muchos y pospone a 2010 las decisiones clave para atajar el problema ecológico. Es decir, es un pacto que anuncia más negociaciones, aunque establece que antes del próximo 1 de febrero los países desarrollados deberán presentar sus nuevas metas para el año 2020.

El hecho de que el resultado de esta esperada cumbre haya sido un acuerdo de mínimos y sin carácter vinculante ha dejado a muchos participantes decepcionados. Según algunos asistentes, el texto final se ha quedado «muy lejos» de las expectativas creadas y de las necesidades de las empresas españolas, que pedían objetivos claros para desarrollar sus negocios.

Eso sí, aunque el documento final firmado en esta cumbre no propone ninguna meta de reducción de emisiones, al menos sí establece la financiación que los países ricos destinarán a la mitigación y adaptación al cambio climático de las naciones en desarrollo: 30.000 millones de dólares entre 2010 y 2012, y 100.000 millones de dólares anuales a partir de 2020.

El problema, como siempre, es económico y reside fundamentalmente en quién y cómo se pagará esta factura, porque la UE tiene que aportar 10.600 millones y los fondos procederán de fuentes públicas y privadas. En cualquier caso, habrá que esperar a la COP-16 de México para tener claro el futuro, mientras seguimos preguntándonos por qué ni siquiera ha sido posible lanzar un mensaje unánime –y clave– en Copenhague: que todos y cada uno de los países, más o menos contaminantes, necesitan la ayuda de los otros para reducir un fenómeno que amenaza a todos, y que la cooperación internacional se hace indispensable para conseguirlo.

Leer los tres folios del Acuerdo de Copenhague es sumergirse en conceptos aparentemente vaporosos pero que esconden detrás dos años –desde que en Bali en 2007 se acordó que en 2009 habría un tratado– de acaloradas disputadas.

Lo que deja claro el texto es que «el cambio climático es uno de los grandes retos de nuestro tiempo», que «el incremento de la temperatura debería estar por debajo de dos grados», además de que las emisiones habrían de tocar techo «lo antes posible». Y todo esto se conseguirá, supuestamente, con objetivos voluntarios de reducción de emisiones que los países presentarán antes de este mes de febrero.

FRACASOS Y LOGROS.
La ONU convocó a representantes de 192 países (más la anfitriona Dinamarca), incluyendo una centena de máximos dignatarios. Se pretendía, en menos de dos semanas, discutir y aprobar un acuerdo vinculante para todos.

«Prácticamente imposible», según señala el analista de energía Juan Ramón Fernández Arribas. «Era como intentar cantar una melodía armoniosa y polifónica, juntando apresuradamente a casi doscientas voces distintas, discrepantes y sin ensayos previos», remarca, apuntando que, en este encuentro «la UE ha sido apenas una mera comparsa». A su juicio, Estados Unidos y China, junto a Sudáfrica, Brasil e India, fueron los protagonistas. «Hasta el trío Venezuela-Bolivia- Cuba, junto con Sudán –¡y hasta Maldivas y Tuvalu!– protestaron sobre los tibios compromisos propuestos, y se hicieron oír más que nuestra Unión», añade Fernández Arribas. En su opinión, son necesarios muchos menos negociadores en México, pero más preacuerdos. Entretanto, «ahorremos y diversifiquemos convenientemente nuestra energía. Es rápido, fácil y barato», recalca.

Las rebajas anunciadas, en caso de cumplirse, sólo reducirían un 18% las emisiones de los países desarrollados en 2020, lejos del rango de entre el 25% y el 40% que pidió el Panel Intergubernamental de Cambio Climático de la ONU. Con las ofertas voluntarias la temperatura subirá unos tres grados, según un informe de la ONU. «El acuerdo no sirve para el objetivo de los dos grados», admitió por su parte el presidente de turno de la UE, Fredrik Reinfelt.

El presidente estadounidense, Barak Obama, en una breve declaración antes de dejar Copenhague, dijo: «Sabemos que el avance no es suficiente y que queda mucho camino por hacer». Además, pidió realismo: «Creo que hace falta un tratado vinculante, pero esta era la típica situación en la que si hubiéramos esperado a que pasara no habríamos avanzado nada» dijo, criticando a quienes hubieran preferido «dos pasos atrás antes que un paso adelante». «Es importante avanzar en vez de tener palabras en un papel», afirmó durante su discurso en la capital danesa.

El documento final no aclara si se prorrogara Kioto, si habrá un nuevo tratado ni cuándo. Simplemente no existe ninguna mención.

Y es que, la dificultad para alcanzar un acuerdo puede parecer excesiva, pero lo cierto es que las implicaciones de la lucha contra el cambio climático son inabarcables, y van más allá de las ambientales: también son económicas, sociales, políticas, empresariales… Entre las voces optimistas respecto a los resultados de la cumbre se encuentra China, que calificó de «importante y positivo» el acuerdo logrado, desvinculándose de cualquier responsabilidad por el supuesto fracaso de la cita. Su canciller, Yang Jiechi, aseguró además que el país «continuará trabajando con el resto de la comunidad internacional para luchar contra el cambio climático».

Sin embargo, China se niega a una reducción vinculante de las emisiones y también a que un organismo independiente supervise sus progresos en materia climática, como pide Estados Unidos, ya que estima que eso supone «inmiscuirse en sus asuntos internos».

El gigante asiático anunció en noviembre una reducción de entre 40 y 45% de sus emisiones por unidad de PIB en 2020 con respecto a 2005, una medida que no supone un recorte real de contaminación, pero sí un freno a la evolución de las emisiones de CO2 del país más contaminante del planeta.

Las voces críticas tras la clausura de la cumbre también llegaron desde los diarios de todo el mundo: El norteamericano The Washington Times denunció el «fracaso» de los dirigentes del mundo para alcanzar pactos, calificando el acuerdo alcanzado de «carente de ambición» y señalando que los gobiernos «deben hacerlo mejor». «El fiasco de Copenhague o los límites del Gobierno mundial», tituló el diario francés Le Monde, según el cual «la reunión viró hacia el desorden e ilustró la fuerza creciente de China». El texto adoptado «abandona la filosofía del protocolo de Kioto, que imponía una limitación de reducción de las emisiones de gas de efecto invernadero a sus participantes», añadía el rotativo francés.

Desde Latinoamérica las valoraciones del balance final de la cumbre tampoco fueron positivas. El presidente boliviano, Evo Morales, criticó a los países africanos por aceptar la resolución resultante de este encuentro a cambio de «cheques» de cooperación para sus países. El Gobierno de Argentina la calificó directamente de «fracaso».

Sin embargo, la canciller alemana Ángela Merkel, defendió el resultado de Copenhague describiéndolo como «un primer paso que facilita medidas para actuar», un primer avance hacia un nuevo orden climático mundial, «nada más, pero tampoco nada menos». Según dijo, el acuerdo, ahora, «debe desarrollarse».

«Nadie dice que este sea el final del camino; el final del camino habría sido el fracaso total de las negociaciones. Este es un gran paso hacia delante», coincidió el consejero de la Casa Blanca, David Axelrod, en declaraciones a la cadena CNN.

HABLAN LAS ORGANIZACIONES.
Desde la Unión Internacional de Conservación de la Naturaleza (IUCN), calificaron el resultado de Copenhague como «un paso en la buena dirección, pero insuficiente». «Un tratado global, jurídicamente vinculante sobre cambio climático debe ser el siguiente paso», aseveraron.

Su directora general, Julia Marton- Lefèvre, explicó que este encuentro «es una continuación del proceso en curso para seguir con el trabajo desde la cita de Bali en 2007 en relación a algunas cuestiones importantes como la reducción de emisiones a través de la lucha contra la deforestación y la degradación de los bosques». «Es necesario explorar el potencial de los países para hacer un auténtico esfuerzo global que estabilice las concentraciones de gases de efecto invernadero atmosféricas durante la próxima década», añadió el director de Medio Ambiente y Desarrollo de la IUCN, Stewart Maginnis, que se refirió a las medidas para reducir la deforestación y restaurar los bosques degradados como algunas de las soluciones de mitigación del cambio climático «más eficaces».

En este sentido, se lamentó de que, «aunque la diversidad biológica y el pago de servicios de los ecosistemas son soluciones rentables para adaptarse a los efectos adversos del cambio climático, sólo hace un año que este potencial comenzó a ser apreciado en las negociaciones sobre el clima».

En general, las ONG acreditadas en Copenhague regresaron de la cumbre molestas no sólo con el resultado, sino también con la organización. Sus representantes fueron los que más sufrieron las medidas de restricción de acceso a las reuniones, junto a las organizaciones intergubernamentales (OIG), debido a la falta de espacio en el lugar de celebración, el Bella Center de la capital danesa.

La ONU tenía registradas unas 30.000 personas, de las que se calcula que 14.000 eran activistas pertenecen a distintas ONG. Sin embargo, los días previos a la llegada de más de un centenar de jefes de Estado y de Gobierno los integrantes de ONG y OIG debieron presentar una segunda tarjeta de acceso, adicional a la acreditación con foto que se entregaba a los participantes.

El Gobierno danés y la secretaría de Naciones Unidas lo dejaron claro: los dos últimos días de cumbre, 17 y 18 de diciembre –jornadas clave para la toma de decisiones al estar presentes los jefes de Estado–, las ONG no accederían al centro de convenciones. Justificaron esta medida por «problemas logísticos y restricciones de seguridad».

Las críticas, durante y después del encuentro, no se hicieron esperar. Algunos observadores internacionales presentes señalaron que la organización fue restringiendo el acceso «de manera improvisada y progresiva», y el último día de la cumbre llegó a su mínima participación con 90 observadores. Durante la primera semana llegaron a ser hasta 20.000, por lo que, apenas un centenar significaba «ninguna representatividad».

En cualquier caso, Amigos de la Tierra, Ecologistas en Acción, Fundación IPADE, Intermon Oxfam, Manos Unidas, SEO/Birdlife, o WWF definieron el modelo de la cumbre como «inaudito», pues los observadores «no formaban parte del proceso».

Desde Greenpeace consideraron que Copenhague ha sido una oportunidad histórica «perdida» para evitar un caos climático y condenaron la «arrogancia» de los jefes de Estado de los países más poderosos del mundo mientras la cumbre climática se cerraba «de forma vergonzosa, incoherente y duramente disputada».

A ello se sumó la detención del director de la ONG en España, Juan López de Uralde, junto con otros dos activistas de la organización, tras conseguir entrar en la recepción oficial que la reina danesa ofreció a los 120 jefes de Estado presentes en la cumbre. López de Uralde permaneció en prisión preventiva hasta el pasado 7 de enero acusado de falsificación de documentos y de alterar un acto con presencia de la reina, entre otros delitos.

Tras ello, las palabras del director de Greenpeace Internacional, Kumi Naidoo, fueron muy duras. Habló de crisis de liderazgo y acusó a los líderes mundiales de los países más poderosos de «traicionar al futuro y a las próximas generaciones».

Según la organización ecologista, «sólo hay unos pocos puntos aceptables en el acuerdo», como el establecimiento de un nuevo Mecanismo de Financiación Climático y la necesidad de financiación a largo plazo, más de 100 billones de dólares (73.000 millones de euros) para permitir que los países empobrecidos protejan sus bosques, apliquen medidas para reducir sus emisiones y puedan adaptarse a los impactos del cambio climático. Sin embargo, dijeron, la conferencia «no ha acordado un mecanismo para establecer un acuerdo legalmente vinculante».

Y aunque las negociaciones continuarán este año, Greenpeace insiste en que la pérdida del objetivo «legalmente vinculante» hace de Copenhague «una gigantesca oportunidad perdida».

COPENHAGUE: EL DÍA DESPUES.
Una vez clausurada la cumbre llega el momento del análisis. ¿Qué se ha hecho mal? ¿Sirven para algo este tipo de encuentros? ¿Qué no debe repetirse en la cumbre de México de este año? En palabras de la directora gerente de Fundación Entorno-BCSD España, Cristina García-Orcoyen, «el error se repite año tras año, década tras década».

«Desde el famoso Informe Brundland, estamos enviando solos a nuestros ministros de Medio Ambiente a estas cumbres como los máximos representantes de los países, porque seguimos pensando que el cambio climático es una cuestión ambiental», explica García-Orcoyen. A su juicio, «nos equivocamos: el cambio climático tiene graves consecuencias ambientales, pero es primariamente un problema económico que trata de cómo compartimos y repartimos costes y beneficios de forma aceptable entre cada uno de los implicados».

Después de Copenhague, las dos únicas citas previstas hasta el momento son la reunión de la ONU de México en noviembre de 2010 y otro encuentro previo a escala técnica, también en el seno de Naciones Unidas, que se celebrará en Bonn (Alemania) el próximo mes de junio, con España aún al frente de la UE.

De nuevo surge la «cuestión» económica: Aunque el máximo logro conseguido en la capital danesa haya sido el acuerdo para crear un fondo de financiación anticipada (2010-2012) de 30.000 millones de dólares para ayudar a países en desarrollo a combatir el calentamiento global, y otro que tendrá que haber llegado a los 100.000 millones de dólares anuales en 2020, el texto final sólo señala que esta financiación «provendrá de fuentes privadas y públicas» sin especificar cuánto aportará cada país.

En materia de recorte de emisiones, el acuerdo de nuevo se queda en una mera declaración de intenciones, al no mencionar ninguna cifra concreta, y sólo reconocer que «conviene evitar» que la temperatura del planeta se eleve por encima de los dos grados centígrados.

Es imprescindible dejar de enfocar el asunto desde dos bandos: perdedores y ganadores, porque, si no se ataja el problema, todos seremos perdedores. No se trata de convertir el cambio climático en un «tira y afloja» de los gobiernos, las empresas o las ONG, si no de «tirar» todos para el mismo lado.

Si algo, o todo, no cambia, «el círculo vicioso puede volver a repetirse sine die en todas las futuras negociaciones, que estarán marcadas por la hostilidad y la búsqueda de la rentabilidad local», alerta Kepa Solaun, director de Factor CO2 y profesor de Economía de los Recursos Naturales de la Universidad de Navarra, que advierte: «Puede haber muchos más Copenhagues«.

El cambio climático tiene graves consecuencias ambientales, pero es primariamente un problema económico que trata de cómo compartimos y repartimos costes y beneficios de forma aceptable entre cada uno de los implicados

CLAVES DEL PACTO
EMISIONES. Los países «subrayan que el cambio climático es uno de los grandes retos de nuestro tiempo» y que hay actuar para «estabilizar la concentración de gases de efecto invernadero en la atmósfera a un nivel que prevenga una interferencia antropogénica con el clima (…) por lo que el aumento en la temperatura global debería estar por debajo de dos grados centígrados». Para ello se comprometen a «cooperar para conseguir que las emisiones nacionales toquen techo lo antes posible». El acuerdo no incluye la concentración de CO2 necesaria –450 partes por millón– para ese objetivo, ni el año del máximo de emisiones, entre 2015 y 2020, según el IPCC, ni la necesidad de que las emisiones en 2050 sean la mitad que en 1990.

PLANES NACIONALES. Los países desarrollados «se comprometen a presentar objetivos de reducción de emisiones antes del 1 de febrero de 2010». «Estas reducciones y la financiación a los países en desarrollo serán declaradas, medidas y verificadas» por la ONU. Los países en desarrollo podrán «implantar medidas de mitigación» de emisiones que comunicarán antes de febrero de 2010. Estas acciones serán objeto de «declaración, medida y verificación nacional» y cada dos años informarán a la ONU y habrá un sistema «internacional de consulta y análisis bajo guías claramente definidas que aseguren que se respeta su soberanía nacional». Las acciones financiadas con dinero internacional estarán sujetas a la supervisión de la ONU.

«Los países menos desarrollados y las pequeñas islas podrán realizar acciones voluntarias si reciben apoyo».

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