El juramento hipocrático de los MBA: Los alumnos muestran el camino

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La escena captó al momento la atención al fotógrafo de la agencia Associated Press, que no dudó en disparar la cámara: un alumno, con la toga y el birrete impecables y exultante de alegría, pero con un adorno curioso en ese birrete, una hoja de papel que rezaba lo siguiente: MBA Oath.

Fue el 3 de junio de 2009, durante la ceremonia de graduación de los MBA de Harvard Business School, en un acto considerado ya por muchos como un punto de inflexión en la historia de las escuelas de negocios: la firma de más de 500 de los 900 graduados de Harvard del denominado juramento hipocrático de los MBA, ese MBA Oath al que aludía el cartel que llevaba colgado del birrete aquel alumno.

El paso adelante de los alumnos de la prestigiosa escuela de negocios de Boston no pasó inadvertido por los principales medios de EEUU y de medio mundo, que en pocos días llevaron ese Oath a la primera plana de los diarios. No era para menos.

«Los alumnos han visto lo que ha sucedido en los últimos meses en Wall Street, son conscientes de ello, y quieren ir a un nivel superior en su trabajo y elevar de nuevo la reputación del MBA. Ellos consideran que, desde un punto de vista ético, son responsables de las acciones que realizan como directivos, y que, por tanto, esa ética debe ser el fundamento de la mejora de los resultados de las compañías», comentó en su crónica de la noticia de la graduación de Harvard Business School un periodista de la cadena Bloomberg. Curiosamente, segundos antes de este certero comentario, su compañera en el plató había dicho: «No le vendría mal a Bernie Madoff haber firmado ese oath«.

De un plumazo, la presentadora del informativo había ligado la crisis y los escándalos financieros con ese juramento hipocrático, consciente de que éste era, en buena medida, consecuencia de aquéllos.

Era evidente que ese juramento era la respuesta contundente de los alumnos no sólo contra los escándalos financieros de los meses anteriores, protagonizados, en su mayor parte, por antiguos alumnos MBA, sino a favor del propio MBA como master, pues estaban viendo que la sociedad había comenzado a poner en tela de juicio tanto a las escuelas de negocios como a las tres letras que componen ese MBA.

Ahora bien, la autoría intelectual del juramento no venía de aquel 3 de junio, sino de finales de 2008, cuando dos profesores de Harvard, Rakesh Khurana y Nitin Nhoria, publicaron en Harvard Business Review un artículo titulado It’s time to make management a true profession, que probablemente haya pasado ya a la historia por la veta que había abierto.

El mensaje de aquel artículo había sido tan certero como iluminador: «A diferencia de los médicos y abogados, los gestores no necesitan una educación formal, por no hablar de una licencia o de la simple práctica profesional. Tampoco se adhieren a un código universal y exigible de conducta. Las compañías individuales pueden escribir y hacer cumplir los códigos empresariales o las declaraciones de valor, pero no hay aceptación universal de los valores profesionales respaldados por un órgano rector con el poder de censurar a los directivos que se apartan de este código. En principio, no hay razón alguna por la que los directivos no pudiesen convertirse en profesión. Los arreglos institucionales son conocidos y lo suficientemente fáciles como para ser llevados a cabo. Lo más difícil es determinar si hay que ir en esa dirección. ¿Formalizar la gestión hace que los gestores sean más eficaces? Y en general, ¿cómo afectaría a la actividad empresarial crear un grupo de profesionales capacitados constantemente que impulsasen el crecimiento económico? ¿Podríamos llegar a un consenso sobre un conjunto común de normas que fuesen efectivas para los ejecutivos? ¿Podría tener dicho código algún impacto en el comportamiento».

La tesis principal del texto de Khurana y Nhoria había sido profesionalizar el management, esto es, llevarlo al estatus de una profesión al uso, como pueden ser el derecho o la medicina. Y desde luego, añadieron, si de crear una profesión se trata, esa profesión se debe cimentar en unos estándares de conducta o éticos, del mismo modo que el juramento hipocrático del médico pide a éste salvar la vida humana por encima de todo. En el caso de los directivos, advirtieron los académicos, era igualmente necesario ese código, ese texto fundacional ético, que cimentase la profesión del management.

No fue ese artículo, sin embargo, el único acicate en el nacimiento intelectual del juramento. De forma paralela, Khurana y Nhoria comenzaron a colaborar de forma directa tanto con el Aspen Institute y el Foro Económico Mundial, que estaban inmersos, a su vez, en la creación de un juramento global para los MBA. Los dos organismos internacionales terminaron redactando un texto que sirviese como juramento global de los MBA, pero resultó a la postre más decisivo el empuje de los dos profesores de Harvard, que comenzaron a contar con el apoyo de algunos de los alumnos del MBA de la escuela de Boston.

Los alumnos del segundo curso del MBA de HBS se sumaron a la causa y propusieron que ese movimiento comenzase en esa promoción, con un primer intento de involucrar a cien alumnos. El mensaje era inequívoco: «Deseamos que esto [el MBA Oath] marque la diferencia en las vidas de los estudiantes que tomen el juramento; b) desafíe a otros compañeros para que trabajen con unos mayores estándares profesionales, hayan firmado o no el juramento; c) cree un debate público en la prensa sobre la profesionalización y la mejora del management.

Nuestra meta a largo plazo es transformar este campo del management en una auténtica profesión, en la cual los MBA sean respetados por su integridad, profesionalismo y liderazgo. Deseamos que cientos de miles de MBA profieran el MBA Oath, o algo similar, como un paso a través del cual hacer realidad esta visión».

Finalmente, los graduados hicieron realidad un texto que vio la luz por primera vez a mediados de mayo de 2009 con un preámbulo que comenzaba así: «Como gerente y administrador de empresas, mi propósito es servir al bien superior común para que personas y recursos en forma conjunta logren crear valor cuando una persona por sí sola no pueda. Por lo tanto, voy a buscar el camino que consolide el valor que mi empresa pueda crear para la sociedad en el largo plazo».

En apenas unas líneas –y se trataba apenas del preámbulo– el texto dejaba patente el comienzo de una nueva era. Frente a la codicia desmedida, el servicio al bien común; frente a la creación de valor para el accionista, una creación conjunta de valor, lo que se denominó desde el inicio, la creación responsable de valor; y por último, un beneficio y prosperidad para la sociedad en general.

La lectura que Max Anderson, uno de los impulsores de ese texto, realizó en un artículo del blog de Harvard Business Review dejaba constancia de ese cambio de paradigma empresarial, y todo, con el único objetivo de restaurar la confianza perdida: «Mis compañeros y yo somos conscientes de la opinión que tienen muchas personas sobre los MBA, especialmente a raíz de la crisis financiera. No queremos que se nos conozca como la profesión menos respetada de América (aunque algunas encuestas dicen que lo somos). Queremos que se nos conozca como profesionales, directivos que miramos por los mejores intereses de nuestros clientes, consumidores, empleados y accionistas».

Con esa mentalidad de fondo, aquel 3 de junio de 2009 más de la mitad de los 900 alumnos que se graduaron en Harvard firmaron aquel texto, que rápidamente comenzó a contar con la rúbrica de alumnos de otras escuelas, primero, de la Ivy League; luego, del resto de EEUU; y finalmente, de todo el mundo, tanto Europa y Asia, como Sudáfrica o Australia.

En apenas un par de meses, el juramento contó con más de 1.000 firmantes, una cifra que a comienzos de enero de 2010 superaba ya los 1.800. Como aseguró el director ejecutivo del oath, Peter Escher, en diciembre de 2009, «el objetivo es alcanzar los 10.000 firmantes en junio de 2010», algo, a su juicio, muy ambicioso, pero no imposible.

La proyección mundial del MBA Oath pone de manifiesto el espíritu de cambio que intentan promover los impulsores del juramento no sólo en las aulas de los MBA sino en las escuelas de negocios y en la empresa en general. De hecho, los promotores del juramento esperan publicar en los próximos meses un libro que resuma, en forma de ensayo, el significado de cada uno de los ocho puntos que conforman el juramento.

Ahora bien, en el escenario actual de debate en el entorno de las escuelas de negocios a raíz de la crisis mundial, donde el dedo acusador se dirigió contra estos centros, cabe analizar el protagonismo del juramento desde un punto de vista estratégico, es decir, ver cómo este movimiento de los alumnos ha influido en el contexto actual de ese sector.

Para bien o para mal –más lo primero que lo segundo–, el propio juramento ha elevado el debate en torno a sí mismo, esto es, si es necesario ese juramento, a fin de qué ha nacido y qué sucede con aquellos alumnos MBA que decidan no firmarlo. Desde la publicación del juramento de Harvard, no han faltado alumnos de varios centros de prestigio, como Duke, Chicago y otros, que se han cuestionado la propia existencia del juramento porque, a la postre, supone, dicen, prejuzgar al alumno, al cual se le considera, de entrada, no ético.

Ésta ha sido la principal crítica, pero no la única, pues otros alumnos censuran que ya al entrar en una escuela deben firmar el código de honor del centro, por lo que, sugieren, ese juramento es innecesario por repetitivo.

El claustro no ha sido ajeno a este creciente debate y, en este sentido, desde INSEAD destaca el diálogo que han mantenido un ferviente defensor del juramento, Craig Smith, y su compañero académico Theo Vermaelen, que redunda en la idea preconcebida y negativa que sugiere el juramento del alumno o directivo. Para este último, en realidad el juramento provoca un efecto perverso: la violación de los estándares éticos.

Muy al contrario, Smith señala que la bonanza del juramento reside en que los alumnos se han dado cuenta de la importancia de la ética en el trabajo directivo, lo cual, insiste, es algo más que elogiable en un contexto tendente a la sostenibilidad. Es más, recalca: «Es posible que el juramento sea la respuesta más contundente y apropiada que se ha hado desde las escuelas de negocios desde el estallido de la crisis y las críticas vertidas contra los centros».

No resulta menor el comentario de Craig Smith, pues en el fondo enlaza con el que es, quizá, el mayor elemento de reflexión alrededor del MBA Oath. En un momento crítico para las escuelas de negocios, acusadas desde muchos sectores de «educar a los directivos que han arruinado el sistema», como rezó un chiste del humorista Dilbert, los decanos de los centros han mostrado, salvo contadas excepciones, una mirada discreta, poco autocrítica o, incluso, distante con los sucesos que acontecían.

Para muchos de ellos, las escuelas no eran en absoluto responsables de la crisis y, por tanto, de nada debían responder, a pesar de que la reputación mundial de todo un sector –no una escuela, sino todo el sector– han estado en tela de juicio. Pues bien, frente a esa mirada, en ocasiones, excesivamente a la defensiva de muchos decanos, el juramento hipocrático se presenta como la respuesta más directa que se ha dado desde dentro del propio sector.

Por una vez, podría decirse, los alumnos MBA han enseñado con ese paso adelante el camino a los decanos, que han tardado en reaccionar en muchos casos.

La consecuencia no se ha hecho esperar, según Rakesh Khurana: «Los estudiantes están diciendo que quieren una educación de negocios que opere de un modo diferente y ahora quieren mayores expectativas del claustro. Que los profesores les digan ahora que simplemente basta con maximizar el valor para el accionista ya no les satisfará jamás a esos alumnos.

Quieren salir de la imagen acartonada de los negocios que se les ha enseñado en clase, para salir al mercado con las habilidades necesarias para liderar una empresa en el siglo XXI». Las palabras de Khurana coinciden, en buena medida, con lo que desde diversos ámbitos se ha exigido durante el último año a las escuelas: enseñanza holística y multidisciplinar, una visión transversal de la ética y la responsabilidad corporativa, más criticismo y menos conceptos envasados y tradicionales… Los alumnos han tomado la palabra y han hablado claramente con un mensaje que no puede pasar desapercibido por las escuelas, porque con esas palabras los MBA están marcando a los centros el camino a seguir en el siglo XXI.

Ésta es, sin duda, la gran virtud del MBA Oath: mostrar el rumbo a seguir tanto por los alumnos y directivos como por parte de las escuelas. Pero, incluso por encima de este punto, ya trascendente de por sí, la radicalidad del Oath se abre paso en dos temas cruciales a la luz de la crisis.

En primer término, fruto del debate suscitado entorno al propio Oath, ha puesto en primera línea de la agenda estratégica de alumnos y escuelas el tema de la ética y responsabilidad del directivo, en un momento en que los escándalos financieros han sido resultado de las prácticas poco éticas y deshonestas de altos directivos. Y segundo, el juramento ha puesto el acento en el fin de la labor del directivo, que, como dice el texto del Oath, debe buscar la prosperidad de la sociedad en su conjunto.

Max Anderson lo resumió con suma nitidez cuando en un artículo señaló que el fin de un graduado MBA no debería ser tanto «marcar la diferencia en el mundo» (lema de Harvard Business School) como «marcar la diferencia por y para el mundo», o en su caso, como apostilló Nitin Nhoria, «crear un impacto positivo en el mundo». Sin duda, el MBA Oath es el primer paso de ese impacto positivo en el mundo.

Texto del MBA Oath de Harvard Business School

PREÁMBULO. Como gerente y administrador de empresas, mi propósito es servir al bien superior común para que personas y recursos en forma conjunta logren crear valor cuando una persona por sí sola no pueda. Por lo tanto, voy a buscar el camino que consolide el valor que mi empresa pueda crear para la sociedad en el largo plazo. Reconozco que mis decisiones pueden tener consecuencias de gran alcance que afectan el bienestar de los individuos dentro y fuera de mi empresa, tanto hoy como en el futuro. Como buscaré conciliar intereses de muy diversa índole, soy conciente de que deberé enfrentar y tomar decisiones complicadas.

Por lo tanto, prometo que:

1. Actuaré con la máxima integridad y realizaré mi trabajo de una manera ética. Mi conducta personal será un ejemplo de integridad en conformidad con los valores que propugno públicamente.

2. Salvaguardaré los intereses de los accionistas, colaboradores, clientes y la sociedad en la que opera la empresa en la que me desempeñe. Trataré de proteger los intereses de aquellos que no tienen poder, pero cuyo bienestar depende de mis decisiones.

3. Manejaré la empresa en la que me desempeño de buena fe, protegiéndola de decisiones y comportamientos que tengan una naturaleza ambiciosa y que, como consecuencia de ello, puedan dañar a la empresa y la sociedad a la que sirve. La búsqueda del interés propio ha sido el motor esencial de una economía capitalista, pero la codicia desenfrenada ha mostrado ser igualmente perjudicial. Me opondré a la corrupción, la discriminación injusta y la explotación.

4. Comprendo y defenderé, tanto en letra como en espíritu, los principios, leyes y contratos que rigen mi propia conducta y la de mi empresa. Si me parece que esos principios, leyes y contratos son injustos, anticuados o inútiles, no romperé con ellos, ni los ignoraré o evitaré. Buscaré la manera y los medios aceptables para modificarlos y reformarlos.

5. Asumiré la responsabilidad de mis acciones, y representaré el desempeño y los riesgos de mi empresa con justeza y honestidad. Mi objetivo no será distorsionar la verdad, sino explicar con transparencia y ayudar a la gente a entender cómo las decisiones que les afectan se realizan.

6. Me desarrollaré y procuraré que otros administradores bajo mi supervisión se desarrollen, para que la profesión siga creciendo y contribuyendo al bienestar de la sociedad. Consultaré a mis colegas y otras personas que pueden informarme y contribuir a formarme un juicio; invertiré continuamente en la evolución de los conocimientos en mi campo de actuación; estaré siempre abierto a la innovación. Promoveré la educación y entrenamiento de la próxima generación de líderes.

7. Trataré de promover el desarrollo económico, social, ambiental y el bienestar de todas las personas en todo el mundo. La prosperidad sostenible se crea cuando la empresa produce una salida a largo plazo que es mayor que el costo de oportunidad de todos los insumos que esta consume.

8. Rendiré cuentas a mis compañeros y pares y ellos ante mí, para que adoptemos y encarnemos este juramento. Reconozco que el estatus y privilegio como profesional derivan del respeto y la confianza que la profesión goza en su conjunto y, por eso, acepto mi responsabilidad de encarnar, proteger y desarrollar las normas de la profesión, a fin de aumentar esa confianza y respecto.

Realizo este juramento con total libertad y apoyado en mi honor.

Por Juanma Roca
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