Marta Rivera de la Cruz: Mar de mares infinitos

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Querido Henry, te he visto en una foto. Te vi salir al mar, como cada mañana, y arañarte las manos con jarcias y con redes. Tienes en tus dedos de niño una fina costra de salitre y huellas de pinchazos de anzuelos rebeldes. El sol brilla en lo alto –quizá ya no te quema: tu rostro está curtido por tantos días bajo el cielo–, y el mar multiplica los rayos transparentes moviendo la barca en la que luchas por labrarte un futuro.

Yo vivo en otro mundo que nos gusta llamar civilizado, aunque no se nos caiga la cara de vergüenza al saber que aún hay niños que, como tú, se tienen que ganar el pan que comen.

Niños que pasan más tiempo trabajando que enredados en juegos. Que para aprender a leer han tenido que hacer una proeza. Niños, Henry, que a veces preferimos olvidar que existen para no recordar nuestra propia miseria.

Hoy he pensado en ti. Te vi volver de una jornada de trabajo, con la piel en carne viva tras sostener los aparejos de pesca, y las uñas astilladas de tanto luchar con las escamas de plata de los peces. Pisabas la arena con los pies congelados, mojado y aterido tras las horas de esfuerzo. Quizá nadie te dijo nunca que en esa arena es posible hacer castillos que luego se lleva la marea.

Que las algas sirven para ponérselas en la cabeza, como si fuesen la verde cabellera de un animal mitológico. Que las olas se saltan, y se cosen buceando. Que otros niños saben canciones que hablan del mar donde tú buscas tu sustento. Y me duele pensar que mientras para esos niños el mar es el escenario de las vacaciones soñadas –baños, carreras, helados– para ti es la galera diaria, el precio del presente.

No siempre será así. Estás sembrando algo que es grandioso. Algo que, antes de lo que imaginas, va a cambiar para siempre tu vida… y todo lo que sabes del mar.

Ahora vas a la escuela. Tu futuro quizá estará en el océano, pero en otro distinto que ahora no imaginas.

La vida te hizo ignorar el mar de los grandes viajeros. El de las aventuras, el de las gestas eternas, el de los héroes y los descubridores. El limpio mar de Ulises, y el de los argonautas. El mar de los lusíadas, de sirenas y monstruos.

La cuna de la diosa Afrodita, que nació de la espuma de las olas. El mar que fue el gran reto de un hombre llamado Odiseo. El que separó a Colón de la tierra prometida. El mar que surcó Marco Polo para asombrarse ante las maravillas de otra tierra. El que fue testigo de la lucha del capitán Akhab con la gran ballena blanca. El mar de los vikingos, de los fenicios. El de Eric el Rojo y el del Corsario Negro, que siendo un proscrito era más noble que cualquiera de sus enemigos. El del pirata Drake, a quien convirtió en caballero la reina de Inglaterra. Vas a aprender que existe el mar de las conquistas, de las batallas, de la unión de las tierras. El mar que oculta joyas misteriosas, desde tesoros hundidos a la cura del cáncer.

El mar, Henry, que hasta ahora nadie te había dicho que existía. Empieza para ti una vida donde tendrás ocasión de ser lo que tú quieras. Si en ella se cuela el eco del mar, ya no serás el niño que echa las redes y sueña con el regalo de los peces.

Aprenderás a manejar el sextante y el astrolabio. A leer los mensajes del cielo en las noches estrelladas. A guiarte por el brillo de la Osa Mayor. A distinguir las constelaciones, a poner nombre a los cometas. Sabrás quién fue Vasco de Gama, y los hermanos Pinzones, y por qué se llama así el estrecho de Magallanes. Tal vez un día tendrás en las manos el timón de tu barco. Y en cualquier caso, seguro, llevarás con firmeza el timón de tu vida.

Me gustaría que lo recordases cada vez que salgas a pescar. Cuando entres en la escuela con las muñecas doloridas. En esos días de cansancio legítimo en que te venza el sueño y te cueste mantener abierto el cuaderno de deberes. Cuando estés agotado y lleno de dudas. Y cuando tengas miedo, pues antes que tú hubo otros que lo tuvieron. Sé que no tienes pruebas, pero la vida puede ser maravillosa. Y el mar, Henry, convertirse en el lugar más hermoso del mundo.

Texto: Marta Rivera de la Cruz. Imagen: Carlos de Spottorno.
Relato y fotografía extraídos de La hora del recreo. Erradicar el trabajo infantil en Latinoamérica. Fundación Telefónica, 2010

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