Los alumnos de Harvard desembarcan en el terreno de la base de la pirámide

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La llegada de Nitin Nohria al decanato de la Harvard Business School no pasó desapercibida para nadie. Por primera vez en la historia, la prestigiosa escuela elegía a un profesor de fuera de Estados Unidos como máximo responsable. Nohria, de origen indio, parecía marcar un punto de inflexión en la historia del centro y, más allá de ello, una suerte de giro copernicano dentro de una escuela y un sector sacudidos en las entrañas por las críticas recibidas como consecuencia de la crisis financiera.

La llegada de Nohria ha supuesto un cambio de timón y de rumbo, que poco a poco comienza a verse a lo grande, como muestra la extensa «excursión» o «peregrinaje» mundial que han comenzado este mes los 900 alumnos del MBA del centro por países de los cinco continentes para conocer la pobreza in situ. Algo se mueve en los MBA…

Como han calificado algunos miembros de la escuela de negocios de Boston, la operación «turística» por los cinco continentes supone un centrifugado a fondo que busca, en última instancia, cambiar desde dentro la mentalidad, en ocasiones, demasiado cerrada y financiera, de los alumnos del MBA.

Malestar y marejada de fondo no le sobran a esa expedición. La caída financiera de, entre otros, Lehman Brothers, y la posterior caída de Wall Street, que a punto ha estado de enterrar los cimientos del capitalismo, ha elevado a cotas inimaginables el debate sobre la razón de ser de las escuelas de negocios como instituciones de formación directiva.

La propia presidenta de la Universidad de Harvard, Drew Gilpin Faust, había señalado ya a mediados de 2009 que «las escuelas necesitan una reflexión profunda sobre su misión, contribución e identidad» como centros de formación de la clase empresarial.

Los propios alumnos de aquella, de alguna forma, histórica promoción de Harvard Business School de 2009 (histórica por ser la promoción que vivió en clase el centenario de la escuela de negocios y por sufrir en sus carnes las críticas de la opinión pública) se rebelaron contra la situación con la firma del naciente juramento hipocrático de los MBA, a día de hoy firmado por cerca de 7.000 alumnos a nivel mundial y que buscaba recomponer la situación con un mea culpa desde dentro. De alguna forma, como han recalcado en su brillante libro The road from ruin el editor de The Economist en Estados Unidos, Matthew Bishop, y el escritor londinense Michael Green, el juramento hipocrático era parte de ese «camino desde la ruina» del capitalismo, que bien podría asemejarse al vía crucis de un sistema que se buscaba a sí mismo en medio del fango y el escarnio público.

La crítica a los centros llegaba incluso desde el interior de estos, como mostró en un sugerente artículo de la Harvard Business Review el exdecano de la Escuela de Negocios de Yale, Joel Podolny –en la actualidad, presidente de la universidad corporativa de Apple–. Parte del sistema aunque tan próximo como distante de este, como en su día se había mostrado Henry Mintzberg, Podolny no se amilanó pese a esas voces vagas o susurros de mea culpa: «El acto de contrición de las escuelas de negocios parece pequeño en comparación con la magnitud de la ofensa. Para reducir la desconfianza de la gente, las escuelas necesitan mostrar que valoran lo que la sociedad valora».

¿Y qué estaba ya en ese momento valorando, premiando y exigiendo la sociedad? Ética y estética, esto es, integridad y honestidad por parte de los directivos; dos cualidades que, llevado a lo social, suponían abrirse a un mundo con nuevas realidades emergentes, tanto geográficas (Asia, Latinoamérica, África…) como sociales y medioambientales.

El mundo había cambiado y las escuelas debían cambiar con él. Sin embargo, las escuelas habían desatendido el cambio y vivían de un oscuro pasado que les empezaba a pasar demasiada factura.

La conquista del mundo para el mundo

En Harvard Business School, como en el resto de escuelas, el debate fue arduo y serio, y deparó un resultado que, a juicio de algunos, puede haber supuesto un punto de inflexión que marcará el futuro del sector: la elección de Nohria, coautor, junto a Rakesh Khurana, del famoso artículo sobre la necesidad de convertir el management en una auténtica profesión. Nohria aunaba en su figura autocrítica, cambio, apertura y visión del mundo, una nueva mirada que lo ha llevado al decanato de la escuela de Boston y que ahora lo ha impulsado a pilotar en primera persona un proyecto que supone una inmersión total de los alumnos en la realidad del tercer mundo o de los países emergentes en toda su extensión.

Inmersión. Esa es la palabra. La inmersión global de los 900 alumnos del MBA constituye uno de los tres ejes de los que consta el primer gran proyecto de reformulación del currículum del MBA de Harvard desde la llegada de Nohria al decanato: el denominado Field (Field Immersion Experiences for Leadership Development). A través del Field, Nohria busca que los estudiantes reflexionen de forma más rotunda y serena sobre sí mismos y sobre todos los aspectos que rodean al liderazgo desde una vertiente holística y desde una óptica amplia, esto es, no solo en clase a través de casos o lecturas sino a través de la vivencia en primera persona de lo que supone el liderazgo en la dirección de empresa en un entorno global.

El Field se presenta de este modo como un experimento o laboratorio para que todos los alumnos, cada uno de forma individual, se encuentre consigo mismo como líder a pie de campo, no solo desde el punto de vista teórico; dicho de otro modo, que cada alumno viva el ser del líder en su persona, como el propio Nohria ha reflexionado en los últimos meses en la línea de, entre otros, el profesor de Stanford Jeffrey Pfeffer, que ha señalado que los alumnos del MBA aprenden mucho sobre el conocer y el hacer durante el máster, pero muy poco sobre el ser.

Hacia ese ser, hacia esa esfera humana del liderazgo, apunta el Field, que acaba de movilizar no solo a los 900 alumnos de la promoción de 2012-2013 del MBA de la escuela de Boston sino también a 20 profesores del claustro, que harán de tutores de los proyectos y actividades, y a cerca de 40 personas del personal administrativo del centro, que ayudarán en todo lo relacionado al soporte técnico y logístico de la inmersión.

Los alumnos han sido distribuidos en 152 grupos de seis componentes cada uno, con la intención de que desarrollen proyectos de desarrollo, consultoría, ayuda humanitaria o gestión en países de todos los continentes, desde Asia (China e India, entre otros), y Latinoamérica, a África u Oriente Medio, aparte de quienes han sido destinados a diferentes ciudades de EEUU y Europa para trabajar mano a mano con varias ONG y fundaciones.

En todos los destinos elegidos, sean tanto ciudades, comunidades u organizaciones no lucrativas, los alumnos desarrollarán más de 140 proyectos de consultoría, ayuda humanitaria o desarrollo de un nuevo producto o servicio para el beneficio de la comunidad en la que se establezcan. Por ejemplo, los alumnos destinados a la ciudad vietnamita de Ho Chin Minh van a desarrollar productos y soluciones para el suministro de agua en las comunidades locales, que sufren desde hace años continuos problemas de abastecimiento. En China, a su vez, los estudiantes ayudarán a desarrollar vehículos para los habitantes que viven más alejados del centro, mientras que en Ghana, los alumnos trabajarán de forma conjunto con L’Óreal para desarrollar productos –o, llegado el caso, rediseñar productos ya existentes– para las comunidades más desfavorecidas.

Todos los proyectos buscan adentrarse en la realidad social de las comunidades locales para que los alumnos puedan observar en primera persona el latido del corazón de la base de la pirámide en toda su extensión, algo que se está comenzando a poner de moda en escuelas de negocio de primer nivel. Así, centros como Stanford, INSEAD, HEC, IMD, Columbia, y otros, han comenzado a desarrollar estancias de una semana en diferentes países del mundo para que los alumnos conozcan el día a día de los países emergentes o de aquellos que buscan sumarse al carro de los emergentes.

El interés creciente y sensibilización de los propios alumnos por los problemas sociales, así como la mayor preocupación de las escuelas por estos temas, a raíz de las críticas recibidas por la crisis, han llevado a que muchos centros incluyan semanas intensivas en esta línea. Sin embargo, ninguna de ellas es comparable en dimensión a lo que ha propuesto Harvard Business School, que supone un desafío educativo, social y, sobre todo, logístico en toda regla.

Ha sido, de hecho, la logística el gran obstáculo y desafío para la dirección de Harvard Business School, que, antes de preparar el viaje de sus alumnos, ha tenido con entrar en conversaciones con 140 multinacionales para llegar a acuerdos y trabajar en equipo en el desarrollo de los 150 proyectos que van a poner en marcha los alumnos. El objetivo, simple: formar a los directivos del siglo xx para el mundo, lo cual exige, como han reconocido desde Harvard, que primero esos alumnos conozcan el mundo en toda su extensión, pues van a tener que dirigir y liderar en el mundo global.

Pero la gestión de la logística ha ido mucho más de los acuerdos con las compañías, muchas de ellas inmersas en proyectos de desarrollo en el tercer mundo y para las cuales la iniciativa de Harvard ha sido muy bien acogida. En este sentido, el personal administrativo de la escuela ha estado los últimos dos meses a toda máquina gestionando los billetes, visados y demás documentación oficial para todos los alumnos, un hecho que ha retrasado el viaje global hasta enero.

El alojamiento de los estudiantes en ciudades como São Paulo, Buenos Aires o Ciudad del Cabo ha supuesto un esfuerzo grande por parte de la escuela, que ha contactado a la vez con agencias de viajes, compañías aéreas, hoteles y hostales para acomodar a los 900 expedicionarios.

Del mismo modo, el departamento de Relaciones Internacionales del centro ha tenido que contactar con administraciones locales, instituciones y diversas ONG para facilitar la integración de sus alumnos en las obras y proyectos en los que están colaborando durante las tres semanas de duración de la ya denominada por algunos en Harvard como la conquista del mundo para el mundo.

No cabe duda del desafío logístico que ha supuesto esta aventura para Harvard, acostumbrada a organizar eventos de categoría mundial, pero que, de un día para otro, se ha visto envuelta en una integración sin igual de casi todos sus departamentos y unidades de negocio.

Como han reconocido desde la propia escuela, «el gran desafío ha sido romper la mentalidad de silo de algunos departamentos, muy habituados a trabajar en su área o cometido concreto, pero poco dados a trabajar de forma integrada con otras áreas de la escuela con las que apenas tienen contacto. Éramos conscientes de la enormidad del proyecto y, por ello, también sabedores de la gran responsabilidad que teníamos como escuela. Todo ello nos ha creado mucho estrés y nerviosismo en un primer momento, pero al mismo tiempo, anticipación. Y eso es una buena cosa para todos».

Todos los responsables de Harvard, desde el claustro a la dirección, pasando por los servicios centrales, reconocen que una auténtica educación transformadora exige por parte del alumno vivir en primera persona in situ lo que aprende en clase de forma más o menos teórica.

La teoría, señalan desde Harvard, es necesaria, pero cuando la ves aplicada a pie de campo con resultados beneficios y tangibles adquieres conciencia de lo grandioso que pueden llegar a ser los negocios cuando buscan crear riqueza y bienestar para el mundo. Como destaca el propio decano Nohria, esta experiencia global busca no solo la mente de los alumnos, sino que estos vivan desde dentro una transformación global que expanda sus fronteras vitales y profesionales, esto es, «cómo gestionar de forma efectiva en un terreno poco familiar para muchos de nuestros alumnos», destaca.

Cambios que contagian

La propia escuela de Boston ha aprendido mucho de algunos de sus más señeros reclutadores en los últimos tiempos, como es la Clinton Global Initiative, la iniciativa global que apadrina y lidera Bill Clinton y que busca poner remedio a los principales problemas del planeta a base de trabajos y proyectos de voluntariado social o ayuda al desarrollo. En los últimos tres años, coincidiendo con el estallido de la crisis financiera mundial, la Clinton Global Initiative se ha convertido, de hecho, en una de las instituciones preferidas por buena parte de los alumnos de la escuela a la hora de realizar el denominado internship (el periodo de prácticas o de trabajo intensivo una vez terminado el primer año del MBA y antes de comenzar el segundo curso del máster).

Como reconocen miembros del departamento de carreras profesionales de la escuela, proyectos como el que lidera Bill Clinton comienzan a competir en interés y atracción vital y profesional con los tradicionales reclutadores de referencia de Harvard, como son las grandes consultoras estratégicas (Mc-Kinsey, Boston Consulting Group o Bain) y los principales bancos de inversión del mundo.

El hecho de que se empiecen a advertir síntomas de cambio en los intereses profesionales de los alumnos MBA de Harvard y de otras escuelas punteras, como Stanford o Yale, por citar dos centros donde los proyectos sociales están a la orden del día entre sus graduados, denota la nueva sensibilidad social de los hasta denominados «arrogantes y a la vez mediocres» MBA. «Y en el fondo, esto es lo mejor que puede pasar al sector de las escuelas de negocios: no solo que las escuelas transformen sus currículos para dar mayor énfasis a temas como la sostenibilidad, sino que los propios alumnos se abran mucho más a estos temas y se acerquen a ellos porque los sienten propios», sostiene el profesor Craig Smith, titular de la cátedra de RSC y ética de la prestigiosa escuela Insead.

«Mucha gente de Harvard Business School ha puesto su corazón y su alma en el proyecto Field. Ahora nos queda que los propios alumnos, protagonistas absolutos de esa experiencia global, hagan lo propio. Y si nosotros como escuela somos verdaderamente una escuela global, no solo debemos hacerlo, sino que debemos conseguir que nuestros graduados sean verdaderamente globales», ha dicho Youngme Moon, profesora de marketing de Harvard.

Nitin Nohria ha seguido desde el inicio todos los pasos del proyecto y, una vez hecho realidad, ha comenzado a recibir felicitaciones por parte de los decanos de otros centros de prestigio, por lo desafiante y a la vez iluminador de la iniciativa. Dentro y fuera de la propia escuela de Harvard, tanto entre profesores y alumnos, como entre consultores y periodistas, ha surgido en determinados momentos el debate sobre si esta aventura va a ser entendida como debe por parte de los propios alumnos; esto es, si los protagonistas de este desembarco global van a percibirlo como una experiencia transformadora y vital y no como unas simples vacaciones o unas semanas de turismo de sol, playa o campo a través en mitad del campo, la sabana o la llanura.

Aunque no existe unanimidad a la hora de observar las bondades tangibles del proyecto, pese a su magnitud y sus ideales magnánimos, decanos como Robert Bruner, de Darden (Virginia), ha señalado que el experimento de Harvard es un desafío para todas las escuelas, pues «si a Harvard le sale bien, habrá abierto una vía que todos deberíamos seguir». No cabe desdeñar el comentario de Bruner, pues, de hecho, el propio Bruner fue durante 2011 el director de un grupo de trabajo organizado por la Asociación Norteamericana de Escuelas de Negocios (Aacsb) para estudiar y analizar la globalización de las escuelas de negocios en una doble vía: tanto la globalización de estas como instituciones como sobre cómo enseñan la globalización como tema a lo largo del MBA. El propio Bruner ha reconocido que aún no existe un modelo único válido (todo lo contrario: brilla la heterogeneidad) a la hora de abordar la globalización de las escuelas, pero iniciativas como la de Harvard Business School van en la línea adecuada.

Durante el último año, numerosos centros de prestigio (Harvard, Wharton, Stanford, Darden, Chicago…) han puesto en marcha un ambicioso proyecto de remodelación curricular para amoldar sus enseñanzas al mundo que ha salido de la crisis y que debe abrazar el siglo xxi y la complejidad inherente a la globalización.

El desafío es ingente y urge que los propios decanos afronten con paso firme el norte del sector. La expedición global de Harvard busca abrir camino y futuro en ese mundo global y abierto donde la velocidad del cambio se da la mano con la tecnología y, de paso, con la convergencia de civilizaciones y las desigualdades sociales. La ola global es un hecho y la expedición de esos 900 alumnos aventajados pretende adelantarse al futuro. El «desembarco de Normandía» de los 900 alumnos del MBA de la escuela de Boston es algo más que una vuelta al mundo: es una mirada al futuro del mundo.

Por Juanma Roca
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