Los zapatos del niño esmeraldero

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Este niño –ahora un adolescente– iba para minero o tal vez para muerto antes de tiempo, porque en las minas de piedras preciosas la lucha por las gemas es una lucha a muerte. Ahora va a la escuela y las materias que más le gustan son las matemáticas y la trigonometría; por eso dice que quiere ser arquitecto. Tal vez no llegue a ser lo que teme (minero) ni lo que sueña (arquitecto), sino algo que todavía no sabe ni imagina.

«La juventud es, ante todo, un conjunto de posibilidades», escribió Albert Camus en El primer hombre, uno de los mayores elogios de la educación que se haya escrito nunca. Pero esas posibilidades difícilmente se despliegan en una infancia dedicada al trabajo.

Veamos las fotos que nos presentan a este muchacho que se debate entre la escuela y el trabajo en una mina salvaje. Sobre el poncho doblado unas piedras brutas. La mano ya no es infantil aunque no sea todavía la mano de un minero curtido.

Él mismo cuenta de qué manera azarosa se gana el premio incierto de una piedra preciosa: «Allá hace mucho calor. La tierra que sale de los túneles la van acumulando en un corral. A cierta hora un vigilante dice que ya se puede entrar a coger tierra. Hay muchísima gente, trescientas, quinientas personas. Hay que correr más o menos un kilómetro para llegar hasta el corral y los primeros que llegan son los que más tierra cogen. Corremos y tratamos de apoderarnos de la mayor cantidad posible de tierra. Va llegando más y más gente que no cabe, se golpean, caen unos encima de otros, mucha gente encerrada en un pequeño corral, lavando y desmenuzando la tierra».

Mil manos en un corral desmenuzando la tierra, lavando el barro, buscando en las piedras alguna veta blanca o verde. Los que se dedican a «guaquear» lavan ya el desperdicio de las minas industriales, pero ahí todavía puede saltar el premio de una pequeña esmeralda incrustada en las piedras mezcladas con la tierra. A veces ganarse ese premio es ganarse también una puñalada o un balazo. Sin embargo, como la piedra es un tesoro, es difícil no tener la tentación de ir a buscarla.

La cara del muchacho ya ha sido trabajada por la vida. La cicatriz en el pómulo derecho se la hizo al rodar por unas escaleras al salir de la casa.

Viven en un barranco donde las casas se asoman al abismo y por ahí rodó cuando tenía seis años. Ahora vive con su madre y dos hermanas. Muchas cosas en la casa son objetos industriales nacidos para otro fin y ahora acondicionados para el uso doméstico: la pared está hecha con una lámina ondulada para el techo; la mesita es una caja de cervezas; una silla es el carrete de un rollo de alambre, puesto en pie.

Donde la historia mejor aparece es en los zapatos: un par (con el casco) son para ir a la mina; el otro par, de estudiante, sirven para ir a la escuela y jugar a lo que más le gusta: fútbol. Él mismo, John Fredy, ordena y limpia en la casa, cuida la niña. La madre está en la mina vendiendo refrescos. El padre, como casi siempre, ausente.

Pero va a la escuela, y quiere aprender, y aprende. Le gustan más las matemáticas que la lectura. Tiene amigos. Le gusta salir a caminar y a conversar con ellos. Es un muchacho normal. En el tablero le plantean algunos problemas que más que de español parecen de lógica. Son analogías. Uno las resuelve mentalmente con él.

«Oscuridad es a luz como silencio es a… ruido». «Cáscara es a plátano como corteza es a… árbol». Podríamos encontrar otras: niño es a mina como canoa es a ¿aire?; escuela es a niño como pez es a ¿agua?; esmeralda es a mano como queso es a ¿trampa? Sus dos pares de zapatos me recuerdan el cuadro de los zapatos viejos de Van Gogh analizados por Heidegger.

Gracias a ese cuadro sabemos que los zapatos son mucho más que zapatos; son una historia; son un espejo y una esencia que muestra la verdad de lo que somos. Este muchacho tiene el alma dividida: unos zapatos lo llevan a la mina, a las esmeraldas, al lucro y al peligro.

Los otros lo llevan a la escuela. Por unos zapatos, o por los otros, encontrará su destino. En todo caso el niño, en casa, está descalzo. Y no sabemos cuáles zapatos preferirá ponerse mañana.

Texto: Héctor Abad. Imagen: Walter Astrada.

Relato y fotografía extraídos de La hora del recreo. Erradicar el trabajo infantil en Latinoamérica. Fundación Telefónica, 2010

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Comentarios

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  1. Diego Roldán

    Ayudemos a poner los zapatos para ir a la escuela a muchos de nuestros niños que se ven abocados a utilizar los zapatos para ir a la mina, a la ladrillera, al semáforo, a donde el proxeneta le indica, al monte a disparar, a …………. Muchos otros sitios en donde nuestros niños no pueden, deben ni tienen que estar mas que en la escuela, el parque, o caminando al lado de sus padre…..