Fundaciones corporativas, equilibristas sobre el alambre

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Las fundaciones empresariales o corporativas, tal y como se conocen hoy, tienen ya casi un siglo de historia a sus espaldas. En Estados Unidos, referencia internacional para el sector fundacional, la Bausch & Lomb (1935) y el Chicago Sun-Times Charity Trust (1936) se cuentan entre las fundaciones corporativas pioneras. Desde entonces, y con especial intensidad desde los ochenta del pasado siglo, el número de fundaciones empresariales ha crecido tanto en los países desarrollados como en los emergentes, convirtiéndolas en la fórmula de articulación de la filantropía corporativa más visible.

En España las fundaciones creadas y, en consecuencia y salvo casos excepcionales, controladas por corporaciones o personas jurídicas han proliferado exponencialmente desde los primeros años noventa.

No solo las sociedades mercantiles sino también las entidades de la economía social (cajas de ahorro, mutualidades, cooperativas) se han lanzado a fundar con profusión. Otro tanto se podría decir de las fundaciones privadas impulsadas a iniciativa de administraciones y organismos públicos, que en 2009 significaban nada menos que el 9% de las fundaciones activas en España.

Curiosamente, así como las fundaciones privadas de iniciativa pública han sido objeto de un intenso debate en cuanto a potenciales herramientas de mejora de eficiencia y huida del derecho administrativo, las fundaciones instrumentales de las empresas han merecido menos atención. Si las primeras han proliferado al calor del desarrollo del Estado de las autonomías, las segundas se han multiplicado en paralelo a la adopción de estrategias y tácticas de responsabilidad social por parte de grandes empresas españolas.

Entre los motivos para crear una fundación empresarial más frecuentemente mencionados en estudios internacionales al respecto se encuentran la fiscalidad; el proveerse de una estructura de gobierno formalmente independiente pero controlada de facto por la empresa para gestionar las demandas sociales; el focalizar, ordenar y profesionalizar las actividades de mecenazgo y la acción social de la empresa; el lanzar un mensaje a la sociedad de compromiso social a largo plazo que se traduzca en mejoras reputacionales o institucionales gracias al plus de credibilidad que ser entidad no lucrativa confiere; o el institucionalizar los intereses filantrópicos de los fundadores, propietarios o altos directivos de la compañía a través de una plataforma organizativa externa a su línea ejecutiva.

Otras motivaciones menos exploradas son las relacionadas con el potencial de la figura fundacional como herramienta de gobierno empresarial, obvio en todos aquellos entornos normativos donde no existe un límite a la toma de participaciones de control en el capital de sociedades mercantiles, como es el caso de España o de Alemania.

Sean las que fueren las motivaciones iniciales de los fundadores, las fundaciones empresariales son instrumento para la gestión de las relaciones entre las empresas, sus grupos de interés más relevantes y la sociedad en general.

Como cualquier fundación española, están obligadas a dedicar una buena parte de sus ingresos a fines de interés general para crear valor social, pero además pueden crear valor para la empresa, y esa es precisamente la razón última de su existencia.

No hay que olvidar que una empresa deseosa de impulsar fines de interés general puede hacerlo sin crear una fundación propia, esto es, colaborando como mecenas con otras entidades sin ánimo de lucro fuera de su control.

Si lo hace a través de su propia fundación es porque entiende que así construye mejor relaciones de confianza con sus grupos de interés clave o que, siguiendo el artículo ya clásico de Porter y Kramer sobre la filantropía corporativa estratégica, considera que esa fórmula organizativa le permite mejorar en mayor medida el entorno competitivo de la empresa (factores de input, condiciones de demanda, industrias relacionadas y contexto institucional).

Las fundaciones corporativas deben por tanto reconciliar dos lógicas distintas, la de la maximización de los beneficios empresariales y la de la creación de valor social, que tienden a colisionar en entornos cortoplacistas o en manos de administradores irresponsables.

Y en ese contexto de equilibrio inestable, tanto la empresa como la sociedad tienen que percibir con claridad el impacto positivo generado por la fundación corporativa en términos de eficiencia y de eficacia, en cuantía suficiente como para mejorar otras fórmulas alternativas de articulación de la filantropía empresarial. Para ello son claves un patronato donde coexista el lenguaje empresarial del dueño con las voces de los agentes sociales, una dirección ejecutiva profesionalizada y con un foco estratégico claro, y un franco consenso entre ambos acerca de la importancia de la rendición de cuentas y la transparencia cuando se trata de cumplir fines de interés general con la posibilidad de optar por un tratamiento fiscal favorable.

Por Marta Rey

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