Moda y RSC, tejiendo compromisos

Se dice que mirando el agua de los ríos de algunas ciudades de China se puede averiguar el color tendencia de las colecciones que lucen los occidentales. El impacto medioambiental se ha convertido en uno de los principales retos a los que se enfrenta la industria de la moda, pero no es el único; su responsabilidad social comprende otros aspectos como la protección de los derechos humanos a lo largo de toda su cadena de producción o la seguridad y salubridad de sus prendas. Y es que no todo en el mundo de la moda se compone de bellos tejidos, glamourosas pasarelas y famosas celebrities.
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El comienzo del siglo XXI se recordará, además de por la crisis económica, como la era del consumismo, de la depresión y el estrés, del fast food y del fast fashion.

Según Lucy Siegle, periodista de The Guardian, en el mundo se producen anualmente 80.000 millones de prendas de ropa, lo que supone una media de once artículos por persona (To Die For: is Fashion Wearing out the World; Harper Collings, 2011). Es fácil suponer que este reparto es completamente desigual entre unos y otros lugares del mundo y directamente proporcional al nivel de riqueza de los países en cuestión. En Alemania, por ejemplo, en 2011 se vendieron 5.970 millones de prendas, el equivalente a 70 unidades por persona.

Este hábito de compra compulsiva responde a la tendencia del fast fashion; se trata de crear muchas más colecciones de ropa que las clásicas Primavera-Verano y Otoño- Invierno en periodos de tiempo cada vez más breves. Como señala el Grupo Inditex en su Memoria Anual 2011: «Todas las tiendas del mundo reciben nuevos modelos dos veces por semana».

Los peligros de la moda de usar y tirar son múltiples. El primero es la presión a la que se ven sometidos los proveedores para fabricar y entregar los pedidos (ropa, calzado, complementos…) en periodos muy cortos, con el riesgo de sobreexplotar a los trabajadores y vulnerar sus derechos humanos. El segundo problema radica en las toneladas de desechos que se producen en el mundo occidental por el uso descontrolado de productos de calidad y precio medio-bajos.

Según datos facilitados por la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU), cada español se desprende al año de siete kilos de ropa usada, que suponen la generación de 300.000 toneladas anuales de residuos textiles de uso doméstico en España.

Los verdaderos fashion victim

La industria textil y de la confección emplea a una sexta parte de la población mundial, lo que la convierte en una de las mayores del mundo. También se ha ganado el título de ser una de las industrias de mayor globalización, debido a la deslocalización generalizada de la producción en busca de los precios más competitivos.

Hasta la década de los setenta la industria de la moda era muy importante en los países desarrollados, pero es a partir de los años ochenta cuando la fuerte competencia en disminuir los costes lleva a las multinacionales a buscar mejores precios en países como China, Marruecos o Bangladesh.

Desde entonces y en momentos determinados, este modelo de negocio no ha ofrecido su mejor imagen. Así sucedió en la década de los noventa, cuando fueron varios los casos de vulneración de los derechos laborales que alarmaron a la sociedad: Levi’s fue acusado de confeccionar sus famosos vaqueros con mano de obra inmigrante china y en condiciones cercanas a la esclavitud; Nike y Reebook se vieron salpicados por el escándalo del que fue acusada su filial Kukdong, que contrató menores de edad con jornadas laborales de hasta diez horas diarias; o el caso de Adidas, que fue denunciada por obligar a trabajar a presos en China en condiciones inhumanas.

Consciente del problema al que se enfrenta, la industria textil y de la confección cuenta en la actualidad con más sistemas de control, aunque según las organizaciones activistas resultan insuficientes.

Las auditorías internas y externas a las fábricas y la adhesión a códigos de conducta se han convertido en las principales herramientas que utilizan las empresas para controlar el desempeño de las factorías que confeccionan sus productos. Pero si bien estos esfuerzos son necesarios, lo más urgente pasa por modificar su estrategia haciéndola girar sobre una adecuada planificación que permita una producción sostenible en materia de recursos humanos y medio ambiente.

El tiempo de producción es muy variable, según la cadena sueca H&M, «oscila entre dos o tres semanas y seis meses», resultando fundamental contar con procesos bien planificados: «H&M se esfuerza por realizar el pedido de cada producto en el momento óptimo, encontrando el equilibrio perfecto entre precio, tiempo y calidad», comunica en su web corporativa.

Las grandes marcas no cuentan con fábricas propias –o no son suficientes– y requieren de terceros que confeccionen sus productos. El importante volumen de compra de las multinacionales hace que tengan un gran poder sobre los proveedores, que cumplen con los acuerdos de plazos y precios en muchas ocasiones a costa de sus trabajadores, obligados a cumplir jornadas maratonianas en fábricas de dudosa salubridad. Los cortos márgenes, en ocasiones, se convierten en ratoneras para muchos trabajadores de fábricas localizadas en países en vías de desarrollo.

Es el conocido caso de Bangladesh. El país asiático es el segundo mayor exportador de ropa después de China y cuenta en su haber con el fallecimiento de casi 600 personas en los últimos seis años por incendios en sus instalaciones, carentes de adecuados sistemas de seguridad. El último incendio se produjo el pasado 24 de noviembre de 2012 en la fábrica de ropa bangladí Tazreen Fashions, cobrándose la vida de 124 trabajadores.

La factoría trabajaba para las empresas C&A y Li&Fung en el momento del incendio y otras, como la alemana KIK y las españolas Sfera e Hipercor (filiales de El Corte Inglés), han reconocido haber mantenido acuerdos comerciales con esta fábrica hasta junio del pasado año.

Las soluciones, insuficientes

Como ponen de manifiesto estos sucesos, mucho más frecuentes de lo que sería un accidente fortuito y aislado, los códigos de conducta, las auditorías internas y externas y las intervenciones en las comunidades se revelan como insuficientes para proteger las condiciones laborales, medioambientales y de seguridad de las fábricas proveedoras.

Las multinacionales son conscientes: «El entorno y las características de algunos de los países productores hacen que el riesgo más significativo en esta materia se encuentre en la cadena de producción», comunica Mango en su Memoria de Sostenibilidad 2011. «Por este motivo establecimos un código de conducta y una serie de procedimientos que hacen que este riesgo esté más controlado. De manera paralela, se han ido poniendo en marcha, tanto interna como externamente, sistemas de control y seguimiento del citado código, de forma directa por parte de nuestra organización y de forma conjunta con nuestras partes interesadas», informa la empresa catalana, que si bien comunica los puntos que se han vulnerado del código de conducta en los diferentes países auditados, no explica cuáles han sido las consecuencias o cómo ha concluido dicho proceso de control (Vid. Transparencia en el control de la cadena de proveedores).

Del mismo modo sucede con grupos como El Corte Inglés o Cortefiel. El primero anuncia regirse por el Código de Conducta de BSCI (Business Social Compliance Initiative) y realizar auditorías sociales a proveedores directos de países extracomunitarios, pero no acompaña su informe anual con datos y resultados que acrediten la responsabilidad social del primer grupo de distribución en España con sus proveedores, y el segundo publica en su web el código de conducta interno y externo y proporciona información sobre el número de auditorías, pero no especifica quién y cómo las lleva a cabo.

Sí lo hace en cambio Inditex, que cuenta con su propio Código de conducta de fabricantes y talleres externos de obligado cumplimiento para todo aquel que quiera hacer negocios con el primer grupo textil mundial por facturación. Inditex mantiene «una política de tolerancia cero con determinadas prácticas, como puede ser el trabajo de menores, el trabajo forzado o el incumplimiento de políticas salariales adecuadas», señala el grupo.

Para ello, un equipo de 270 personas realizaron en 2011 más de 2.300 auditorías internas y externas que incluyen visitas no anunciadas a las instalaciones; entrevistas con los gerentes, empleados, representantes sindicales, representantes en materia de salud y seguridad; revisión documental (sistemas de gestión, nóminas, horas trabajadas, producciones, documentación de trabajadores y licencias), y revisión de gestión de residuos, emisiones y consumo de recursos principalmente. Y publica en su Memoria Anual 2011 los resultados de las auditorías realizadas en las fábricas y talleres externos en línea con su compromiso con la transparencia. Así, de 1.490 proveedores con los que Inditex hizo negocios en 2011, 92 han sido descartados para el próximo año «por incumplir el código de conducta o razones comerciales».

Tras las auditorías, si se incurriese en algún incumplimiento se establecen programas correctivos y se otorga un plazo para solucionarlo, comprobando los resultados con nuevos controles de seguimiento.

Es la cadena de Amancio Ortega la única española que realiza actividades de formación relacionadas con temas de seguridad y salud en el trabajo y derechos laborales en las comunidades donde fabrica y se provee de materias primas.

Por su parte, H&M ha realizado campañas de concienciación de derechos humanos para los trabajadores de las factorías de Bangladesh. Un total de 440.000 empleados han conocido sus derechos en materias como baja por maternidad, despidos, abusos y reclamaciones, salud y seguridad u horas extraordinarias a través de cortometrajes realizados junto a cinco ONG locales.

Las ONG aprietan los hilos

Desde principios de los noventa, la Campaña Ropa Limpia denuncia las condiciones laborales de los trabajadores del sector de la confección. La organización internacional con presencia en catorce países europeos, que reúne a ONG, sindicatos y organizaciones de consumidores, está coordinada en España desde 1997 por Setem.

Iratxe Arteagoitia, técnica de sensibilización de Setem, denuncia que «muchas auditorías son realizadas previo aviso a los propietarios de las fábricas y se hacen de manera superficial y sin involucrar a los sindicatos locales».

Además, explica a Compromiso Empresarial, la ineficacia de los códigos de conducta, «a pesar de ser un primer paso y un gesto de buena voluntad», al tratarse de un documento que aprueban las empresas de forma unilateral, «no nace de la negociación colectiva con las personas trabajadoras y no hay una legislación u organismo internacional que obligue su cumplimiento». De manera que «no constituyen la solución a los problemas laborales que hay detrás de las cadenas de suministro».

Además, Arteagoitia recuerda a las administraciones públicas que «una herramienta de carácter voluntario como es la RSC no debería sustituir a las administraciones en materia de inspección de trabajo ni a la jurisdicción pública en el ámbito de la aplicación de normas».

Por su parte, la organización ecológica Greenpeace pone el foco de atención en el otro punto clave de la industria de la confección: el impacto medioambiental y sobre la salud.

Dos son los reclamos de su campaña Detox. El primero se refiere a los ríos de tinta que aseguran fluyen por los cauces de países como China, que tiene uno de los mayores niveles de contaminación del mundo: hasta el 70% de sus ríos, lagos y pantanos están afectados. En la investigación Trapos Sucios realizada en 2011 por Greenpeace, se asociaba a las grandes marcas internacionales con la contaminación de las aguas de China; en concreto, se localizaron sustancias químicas peligrosas y persistentes consideradas disruptores hormonales.

Tras meses de campaña, Greenpeace ha logrado el compromiso de compañías como Nike, Adidas, Puma, H&M, C&A, Li-Ning y Marks & Spencer para reducir los vertidos.

El segundo está relacionado con las sustancias químicas peligrosas que contienen las prendas y que además de ser nocivas para la salud contaminan las aguas. En abril de 2012, el informe Puntadas Tóxicas analizaba 141 prendas de ropa adquiridas en 27 países de todo el mundo y en las que se localizaron altos niveles de ftalatos tóxicos –incluidos en la lista de «sustancias extremadamente preocupantes» según la regulación REACH de la Unión Europea– en cuatro de las prendas, y compuestos químicos orgánicos cancerígenos en dos.

Además, se halló nonilfenol etoxilato (NPE) –prohibida por la UE– en 89 artículos. Tras una fuerte presión de la ONG, Zara (principal marca de moda mundial perteneciente al grupo Inditex), Mango, H&M, Esprit, Levi’s y Benetton han adquirido un compromiso con Detox para eliminar las sustancias químicas de sus prendas progresivamente con fecha límite en 2020.

Y es que el aspecto medioambiental se coloca entre los pilares centrales de la RSC de la industria de la moda. H&M es un ejemplo de ello. La compañía sueca afirma mantener una política muy restrictiva respecto al uso de químicos en su fabricación con medidas como la obligatoriedad por contrato de cumplir con las restricciones legales más estrictas en cada uno de los países en los que opera; basar su política en la prevención, prohibiendo aquellas sustancias que son catalogadas «de incertidumbre científica», y asegurarse de que las sustancias químicas nocivas prohibidas –más de 200 actualmente– no se utilicen ni en el proceso de producción ni aparezcan en los productos finales.

El transporte de mercancías y el gasto de agua se han convertido en otras de sus preocupaciones por su gran impacto ambiental. H&M ha reducido a la mitad el transporte aéreo en los últimos años; hace prevalecer el tren frente al camión en las rutas por Europa, y usa de manera casi exclusiva el transporte marítimo para las mercancías procedentes de Asia.

Respecto al uso del agua, H&M produjo en 2010 pantalones vaqueros a mayor escala y respetando las políticas de optimización que ahorraron cerca de 50 millones de litros respecto a los métodos anteriormente utilizados. Y es que es en la producción de denims, precisamente, en lo que más agua se gasta y lo que más controversia produce (Vid. El peligro de las modas: el sandblasting).

La Better Cotton Initiative (BCI), impulsada por ONG, empresas de confección, productores de algodón y organismos del sector del comercio y la industria –Adidas, Nike, H&M o Inditex, entre otros–, ya trabaja en ello promoviendo una producción de mayor cantidad de algodón con menor impacto medioambiental (agua, sustancias químicas…) y mejores condiciones para los agricultores (Vid. Innovación e impacto medioambiental).

Diseñando comunidad

La moda ecológica ha sido siempre un nicho casi exclusivo de ONG y tiendas de comercio justo que no ha logrado ser competitiva a escala global. Pero es cada día más habitual encontrar marcas consolidadas y emprendedores sociales, sobre todo en la industria del lujo (Vid. «Lujo y responsabilidad, en ocasiones, son términos sinónimos»), implicados en una moda sostenible donde la comunidad, la trazabilidad y el cuidado del planeta son los protagonistas.

En la ciudad barcelonesa de Terrassa, tierra de tradición textil, se afinca una cooperativa que aúna la producción artesanal de tejidos de primera calidad con la integración laboral de personas con discapacidad. Teixidors nace de la mano de Juan Ruiz y Marta Ribas en el año 1983.

En sus talleres no se encuentran máquinas industriales de producción en cadena, sino clásicos telares de madera manejados por personas con dificultades en el desarrollo que mejoran sus habilidades psicomotrices a la vez que mantienen vivo el oficio de tejedor.

La lana es la materia prima con la que más trabaja Teixidors y su asociación con Macomerinos, explotación ganadera al sureste de Francia, hace que se sumen a sus productos los valores de proximidad, trazabilidad y sostenibilidad desde el nacimiento de la oveja hasta la comercialización de la pieza.

Además, Teixidors se provee de lino de la única hilatura francesa que no ha deslocalizado su producción en Asia, Safilin. El lino es, además de la seda y el cashmere, otra de las materias primas que la cooperativa catalana teje manualmente para producir telas de alta calidad y de manera respetuosa con el medio ambiente.

Y es que el binomio comercio con comunidades y producción local se ha convertido en una alianza perfecta. De una de las regiones algodoneras más importantes de la India, Vidarbha, llega a un taller de un pueblo de Galicia, Gondomar, la materia prima para fabricar una colección diferente de bolsas ecológicas.

EstaBolsaTieneTela ha sido diseñada por Sybilla, presidenta de la Fundación Fabrics For Freedom (FFF), que tiene como misión concienciar de un consumo textil responsable, así como impulsar la confección a partir de proyectos sociales como el de la Fundación Navdanya, que ha hecho de la producción de algodón orgánico una forma de vida sostenible para las comunidades de esta región india.

Los agricultores cuentan con bancos de semillas comunitarios para guardar sus simientes naturales y evitar que las multinacionales traten de patentarlas y cobrar por su siembra; reciben formación para cultivar el algodón con métodos alternativos a los pesticidas y soporte en los procesos de certificación orgánica, y cuentan con asesoría en la penetración en los mercados internaciones para obtener unas condiciones justas.

Del mismo origen proceden los cuadros de madrás, seña de identidad de la colección de IOU Project. Kavita Parmar emprendió este nuevo proyecto en España en el año 2011 con la intención de que el consumidor pueda realizar una compra responsable, conociendo desde quién, cómo y en qué circunstancias se hila la tela en una comunidad de la India, hasta su diseño y confección en alguna fábrica artesanal de Europa.

La distribución se realiza a través de una tienda online, Iouproject.com, evitando intermediarios que encarezcan la prenda para poder remunerar a los tejedores con sueldos justos.

Parte del éxito cosechado por este proyecto recae en la transparencia con la que se explica el proceso artesanal de producción, distribución y venta de sus productos; cada prenda cuenta con un código QR (código de barras bidimensional), que a través de un dispositivo smartphone, narra su particular historia.

En el mundo de la cosmética, estrechamente relacionado con la moda, se apuesta también por una belleza ética y natural. The Body Shop lleva 26 años haciendo negocios con comunidades de manera justa y equitativa, tal y como quiso su fundadora, Anita Roddick. Muchos de sus ingredientes se obtienen a través de programas de comercio justo con comunidades en los que la multinacional busca agricultores a pequeña escala, artesanos tradicionales y cooperativas rurales a los que ofrece prácticas comerciales justas.

En su última visita a Madrid, Gastón Vizcarra, fundador de Candela, organización de aceite de nuez de Brasil de comercio justo proveedora de The Body Shop, explicó a Compromiso Empresarial la esencia del negocio: «La idea es generar riqueza para todos; que todos en la cadena de producción se beneficien y no sean explotados por su desigualdad de capacidades de negociación». Candela establece precios justos por la cosecha de nuez de Brasil llevada cabo por más de 300 familias, a las que ofrece prefinanciación para que puedan vivir en condiciones dignas durante la época de recolección, además de empleo a más de cien mujeres que parten las nueces a mano en la planta de procesamiento.

Finalmente, no hay que olvidar a aquellos emprendedores que han hecho del reciclaje su modelo de negocio: «Trabajamos a partir de materiales reutilizados para convertirlos en piezas únicas», explica a Compromiso Empresarial Marcela Manrique, una de las creadoras de Demano.

Se trata de una empresa de Barcelona, cuyas fundadoras, Liliana Andrade, Eleonora Parachini y Manrique, se percataron en 1999 del valor que podían llegar a tener los carteles publicitarios de exposiciones, acontecimientos y festivales culturales que colgaban de los postes de la ciudad condal.

Recién llegadas de Bogotá (Colombia) se toparon con uno de esos carteles conocidos con el nombre de bandolera y observaron que el material de poliéster y PVC, flexible, fuerte, resistente e impermeable, era perfecto para crear bolsos y accesorios originales, únicos y con historia.

Además, el PVC reforzado es un material «de muy difícil reciclaje que no se puede reconvertir a plástico; antes lo quemaban mediante un proceso tóxico o dejaban en vertederos», señala Manrique. Con esa bandolera callejera crearon el primer bolso de Demano.

En el año 2000, firmaron un acuerdo con el Instituto de Cultura de Barcelona (ICUB), del Ayuntamiento de Barcelona, y con otras instituciones culturales, como la Fundación Antonio Tapies o el Museo de Arte Contemporáneo (MACBA), para reciclar sus bandoleras y además, comenzar a vender los productos en las tiendas de los museos.

Actualmente reciclan alrededor de 10.000 bandoleras al año, que distribuyen a través de su tienda online y establecimientos minoristas de ropa y complementos.

Son muchas las iniciativas que están haciendo que el mundo de la moda sea cada vez más bello tanto por fuera como por dentro, a través de acciones de carácter social, controles en las cadenas de proveedores y reducciones de los impactos medioambientales, pero no se pueden ignorar las voces de los que siguen denunciando la vulneración de los derechos laborales en un siglo xxi donde los ríos de China continúan luciendo alegres colores.

Por Esther Barrio
@Esther_Bame

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Comentarios

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  1. Javier

    Extraordinario artículo. Muy bien escrito e impecablemente fundamentado. ¡Felicidades!

  2. Cristina

    Un artículo perfectamente escrito y con excelente contenido. Me sumo a las felicitaciones.

  3. servio

    Es una información valiosa que debe llevarnos a reflexionar sobre la vida de seres humanos que está en juego dentro de los grandes intereses incontrolables de las transaccionales.

    Es importante que el mundo reaccione, sobre todo el mundo de los pobres que son explotados bárbarante y en condiciones infrahumanas.

    !!!Hasta cuando tanta barbarie¡¡¡¡

  4. Marta Martín

    Felicidades por la calidad del artículo! Gracias!