Emilio Tortosa, exdirector de Bancaja: "La muerte de las cajas de ahorro ha sido el episodio más traumático de mi vida"

Uno de los cargos más relevantes de Emilio Tortosa es el haber sido director general de Bancaja entre los años 1988 y 1998. Entró a trabajar en la Caja de Ahorros de Valencia con tan solo 14 años. Toda una vida que le convierte en un testimonio ejemplar para analizar lo que ha ocurrido en los últimos tiempos.
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Pero Tortosa es mucho más que Bancaja. Emilio es un gran humanista, vinculado a las juventudes cristianas desde muy joven, un soñador, un idealista que siempre ha querido mejorar el mundo, una persona fundamental en la sociedad valenciana.

Comprometido con la cultura, liderando la Obra Social de Bancaja durante tantos años. Comprometido con los emprendedores, como presidente del Centro Europeo de Empresas Innovadoras (CEEI Valencia) durante más de 15 años. Comprometido con la ética, como presidente de la Fundación Étnor desde sus inicios y durante más de 25 años.

Comprometido con la universidad, al frente de la Cátedra de Creatividad de la Universitat Jaume I. Comprometido con la sociedad, tras proyectos como la librería Xúquer de Alzira y La Nostra Escola Comarcal. Un directivo comprometido, título del primer libro sobre él. Un hombre comprometido.

Compromiso Empresarial charla con él en confidencia, en la hospitalidad de su casa, donde se gestó Fulgor y muerte de las cajas de ahorros, su último e indispensable libro, y donde parece que ya se está gestando la segunda parte, porque Emilio, a sus setenta y tantos años, sigue siendo un inconformista, sigue queriendo arreglar las cosas.

De botones a director general. Parece de película. ¿Soñaba con algo parecido cuando empezó a trabajar en Bancaja con 14 años?

No, cuando uno tiene 14 años piensa en lo que hacen sus amigos, cursar el bachillerato y ponerse a trabajar y más cuando uno viene de una familia media baja. Por lo tanto ese era el objetivo primero, pero yo decidí trabajar en la caja y seguir estudiando.

¿Cuáles son sus mejores recuerdos de aquellos inicios?

El descubrimiento de la amistad, la que viene gratuitamente de los jóvenes. En aquel tiempo el párroco de la iglesia de Santa Catalina me enroló como educador, y a partir de ahí se produce una empatía hacia los demás. Era el año 56, y montamos una especie de campamento, algo parecido a los Boy Scouts. Ese fue el inicio de mi manera de trabajar en equipos humanos con ideas y proyectos. Fueron mucho más que mis amigos. Seis chavales con mucha proyección intelectual y profesional.

Recientemente los busqué (uno vivía en Madrid), comimos juntos, el tiempo recobró la memoria de más de 50 años y la certeza de ser hombres de su tiempo. Me alegró mucho comprobar que ninguno de los seis había sido indiferente a un pasado de camaradería y solidaridad.

¿Cuáles eran las tareas de un botones de 14 años en la Caja de Ahorros de Valencia?

Me encargaba fundamentalmente de los libros generales, del registro de imposiciones, de reintegros. Eran libros muy pesados y yo los llevaba de aquí para allá. Recuerdo que me decían «ànim, xiquet!» (¡ánimo, chiquillo!).

Otra tarea de aquella época que no me gustaba nada hacer era la recogida de firma cuando alguna persona se estaba muriendo. El notario no podía y yo me encargaba de ir a la casa del moribundo y conseguir la firma dactilográfica. Yo ponía la hoja debajo de su mano y su dedo marcaba la huella, entonces salía corriendo y me metía debajo de la cama. ¡Me daba un miedo terrible! Aun siendo un niño solo pensaba poder cambiar aquel sistema, tenía que haber otra manera de hacer las cosas.

¿Tan joven y ya pensaba en eso? Cuesta imaginarse un niño trabajando en un banco, recogiendo firmas de moribundos e intentando cambiar el mundo.

Pues sí, yo quería ascender, mejorar, ocuparme de cosas importantes. Pero tenía 16 años, y había una ley que impedía presentarme a una oposición de caja hasta los 18. Por aquellos tiempos recuerdo una experiencia única, mi primera salida de Alzira, nunca me había alejado de casa, pero se organizaba un campamento nacional de la Delegación Diocesana de aspirantes de acción católica, que se celebraba en los picos de Urbión. No iba muy convencido, más bien asustado, pero el encargado de aquello me insistió en que fuera. Lo recuerdo como una gran experiencia que me llevó a pensar que abrir horizontes, asomarse a otros y viajar era muy importante.

Fue un campamento iniciático; mi compromiso en las juventudes cristianas. Empecé siendo delegado comarcal, pero, me gustaba ir por libre, aunque no me lo consentían. Pensaba que se podían hacer mejor las cosas; querer cambiarlas ha sido una constante en mi vida.

¿Y después qué? ¿Cómo se llega a ser director general de una caja de ahorros?

Como no me podía presentar a las oposiciones por una limitación absurda de edad, me marché a hacer la mili y aproveché para estudiar Comercio, una rama de Económicas. Les pedí a los catedráticos que me permitieran examinarme por libre, y en el cuartel de Alcalá de Henares, en Madrid, permiso para salir en la época de exámenes.

Un directivo me dijo que estudiara, que yo valía mucho. Seguí peleando. Y de repente un día salió la oportunidad de optar a director de sucursal en Bocairent. Pasé de botones a director de sucursal a los pocos años de haber cumplido la veintena.

Las cajas venden confianza, y la confianza es un intangible que es muy difícil de ganar y muy fácil de perder. Ha habido una quiebra del sistema muy grande. Que vuelva a los orígenes depende de nosotros.

La gente de las sucursales todavía le recuerda como un buen director general. ¿Cómo se consigue eso?

No lo sé, no lo tengo muy claro, yo soy consciente de que he tenido buen talante, he procurado siempre hacer las cosas fáciles, hasta las más difíciles, y saber dónde está el dolor para poder aplacarlo. Por ejemplo, cuando sonaba el teléfono rojo de que había habido un atraco salía disparado, y notaba que los compañeros agradecían que el director general corriera para ver cómo estaba todo. Eso queda.

También recuperé la tradición del exdirector José Joaquín Viñals de celebrar con una copa y unas palabras de despedida la jubilación de un trabajador. Remigio Pellicer, el que fuera su sucesor, tenía fama de austero y lo eliminó. Son pequeñas cosas que quedan al final de la vida profesional de las personas, el reconocimiento y la gratitud al trabajo. Que te importe la gente es lo más humano. Eso se nota.

¿Qué momento recuerda como decisivo en esos años en la caja?

Bajo la dirección de Pellicer nos enfrentamos a un proceso importante de auditorías internas. Yo les decía a los auditores que había algo que no debía consentirse nunca, que era la pérdida de confianza por hacer la vista gorda ante estas «pequeñas cosas». Algo que, como hemos visto en estos convulsos tiempos de corrupción no ha funcionado.

Las cajas venden confianza, y la confianza es un intangible que es muy difícil de ganar y muy fácil de perder. Nunca debía haber ocurrido lo que ha pasado en Madrid, con las tarjetas black, estando todos los días en las primeras páginas de los periódicos, etc. Ha habido una quiebra del sistema muy grande. Que vuelva a los orígenes depende de nosotros.

Con la auditoría tocamos muchas cosas sensibles, molestamos a mucha gente. Había prácticas que había que erradicar, como la «piloteta».

¿Qué es la «piloteta» y qué consecuencias tiene?

Una piloteta es dinero ficticio, que se pone en una cuenta que no existe para contar con él; cuando se cobra se cancela la cuenta. Eso se ha hecho siempre en las cajas y los bancos. Había un director de una sucursal de un pueblo que ante estas pequeñas corruptelas me decía «xè Emili, si lo meu no te importància» («pero Emilio, si lo mío no tiene importancia»). La gente no lo veía como un problema.

Nosotros fuimos a por todas, a erradicar este tipo de prácticas de raíz. Me llegaron a acusar internamente de ser el chivato de los auditores. Un gran directivo me dijo que lo ocultara, pero Pellicer me aconsejó que hiciera lo que debiera, y lo metimos en el acta de inspección.

Esto fue un revulsivo a todo lo que estaba irregularmente hecho, aparecieron cosas inimaginables, y empezó la gran crisis de la caja, que tuvo como consecuencia el reventón de los créditos concedidos.

Pero ahí también empecé a descubrir personas, como Manolo Rufas, un subdirector del Banco de España a cargo del cual corría la inspección, que merece un monumento, y a Merche Fraguas, que se convertiría en mi secretaria, mi mano derecha, a quien le dedico mi libro. Sin ellos no hubiéramos sacado adelante la caja.

¿Y ahí empezó el fulgor de Bancaja?

Sí, ahí empezó a renacer lo que llegó a ser la época de esplendor de Bancaja. Unaépoca de la que me siento muy orgulloso y cuyo cambio no fue tanto mío como del consejo de administración, que había recuperado la confianza y tenía la libertad de poder hablar, de compartir.

Yo descubrí que los morosos eran gente buena; les dimos las operaciones sin garantías y al final si no podían pagar, siempre llegábamos a un acuerdo razonable, pero nunca se dejó a nadie en la calle.

De esta época es también el enorme desarrollo de la Obra Social de Bancaja. ¿Es comprensible la Valencia que se conoce hoy sin el papel de las cajas de ahorros?

La obra social, en concreto la de Bancaja, fue la consecuencia de un crecimiento muy grande de la caja, de tener mucho crédito para poder hacer cosas, y aportó un espectacular desarrollo. El cinema jove, festivales de jazz, becas en América Latina, residencias para la tercera edad, centros sociales para jubilados, el colegio mayor de La Coma, los frescos de Sorolla en la Hispanic Society of America… Son innumerables las grandes acciones que la obra social aportó a Valencia, pero ahora se ha olvidado porque no hay dinero.

Ahora más que nunca que se está debatiendo mucho sobre los desahucios y las alternativas a los mismos. Cuenta en el libro una historia conmovedora de unos vecinos de Benetússer a los que ayudaron desde la caja a no perder sus casas por un constructor sin escrúpulos. ¿Cree que es legítimo dejar a alguien en la calle por no poder pagar su casa? ¿Cree que la pérdida de proximidad y confianza entre cajas/bancos y clientes/ vecinos ha llevado a esta situación?

Yo descubrí que los morosos eran gente buena; les dimos las operaciones sin garantías y al final si no podían pagar, siempre llegábamos a un acuerdo razonable, pero nunca en mi época de director general se dejó a nadie en la calle. Esas prácticas eran fruto de la confianza, de la cercanía, de los valores de las cajas de ahorros. Porque no, no es legítimo dejar a alguien sin su casa.

¿Cuándo empezó todo a torcerse? Hay personas que usted consideraba incluso amigos, que hoy están imputados. ¿Cómo se llega a esto?

A los diez años de acceder al cargo de director general hubo un cambio político, ganó las elecciones el Partido Popular, que entró mayoritariamente al consejo de la caja. Se empezaron a torcer las cosas porque la gente solo pensaba en sus intereses.

Personas que fueron seleccionadas por mí, muy buenos directivos, se fueron metiendo en el fango poco a poco, sin darse cuenta, por no saber cortar, no saber decir que no y dejarse llevar por el interés propio, por el dinero, por el poder. En aquel momento yo presenté mi dimisión, me fui a casa, pensé que los tiempos que se avecinaban de crecimiento económico y social no eran buenos para la economía del bien común.

¿Qué le diría a los que causaron esta situación de las cajas de ahorros si los tuviera delante? Por ejemplo a José Luis Olivas, expresidente de la Generalitat, de Bancaja y del Banco de Valencia, detenido por falsedad, apropiación indebida y blanqueo.

Que acabarán teniendo graves problemas. Ahora se ha sabido todo, los créditos de alto riesgo, el desvío de dinero a paraísos fiscales, los pactos entre empresarios y directivos…; un fraude moral para las entidades bancarias; una pérdida irresponsable del buen gobierno.

Los años de las ganancias de vértigo y la apuesta arriesgada de grandes capitales han traído como consecuencia el fin de Bancaja y del Banco de Valencia con la pérdida absoluta de confianza de inversores y clientes que claman por su dinero.

¿Cómo se sobrevive a esto, Emilio? ¿Cómo se puede guardar la integridad en un ambiente así?

Yo sobreviví alejándome, pero me han hecho polvo; a día de hoy me sigue afectando. Hay un sector de la caja que piensa que yo hice un buen trabajo, no tengo un reproche colectivo, pero me queda la espinita de haber podido evitar algo más. Cuando me tocó marcharme, quise buscar a mi equipo y arreglarlo entre todos, pero la caja ya no era la mía. Yo buscaba una banda de lucha armada, pero eso ya no existía.

¿Cuánto ha sufrido Emilio Tortosa con la muerte de las cajas de ahorros, con lo que trabajó por y para ellas?

Los primeros años observaba los acontecimientos en silencio. La deriva de alto riesgo en Terra Mítica y demás proyectos políticos y financieros fuera del ámbito nacional, eran contrarios al espíritu de las cajas, aquello podía saltar por los aires, después una construcción descontrolada y un abandono de la industria clásica valenciana, sin una apuesta firme por las nuevas tecnologías, hacía que la preocupación y la impotencia al verme fuera de juego pesara absolutamente sobre mi ánimo. La muerte de las cajas de ahorros ha sido el episodio más traumático de mi vida sin lugar a dudas.

¿Volverá a haber otra vez algo parecido a lo que fueron las cajas?

Hace veinte años el famoso Informe Revell ya preconizaba la desaparición de las cajas, estas estaban sobredimensionándose de tamaño y competencias, actuando como bancos sin serlo, con un consejo de administración representativo de la sociedad civil, sin dueños y una obra social siempre en expansión. No podían competir con la gran banca.

Las cajas podían haber sido la banca pública con la que tantos ciudadanos se identifican; ahora toca a los estamentos de gobierno poner en marcha nuevas ideas y proyectos y hacer entidades más próximas y sostenibles.

El futuro se hace, lo decía Fuentes Quintana, ministro de Economía del primer Gobierno democrático en los años de la Transición. Ahora cabe pensar, haciendo un repaso en la história de las cajas, qué se puede aprender de ella y hacia dónde queremos ir; qué hacer con nuestro dinero y quién lo va a manejar, y asumir el riesgo de decidir si lo guardamos o lo invertimos y en qué. Ha llegado la hora de que todos asumamos responsabilidades.

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