España no comprende qué es la conciliación

Estudios y encuestas siguen alertando a los españoles de que son los europeos que más horas echan en el trabajo sin mejorar en productividad; una situación que está lejos de cambiar ya que ni gobiernos y ni empresas plantean medidas sólidas para fomentar un cambio social de racionalización de horarios.
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Hace unos días se hicieron públicos los resultados de la encuesta Horarios Españoles, que el portal Let’s Beer! realizó a más de 2.300 personas durante el pasado mes de marzo. Y han sido poco sorprendentes.

Según ésta, tres de cada cuatro trabajadores españoles apoyan y desean alcanzar la tan ansiada jornada intensiva. Sin embargo, a la hora de la verdad sus horarios, intensivos o no, se siguen rigiendo según las ganas que el jefe tenga de irse a su casa. Y hay muchas ocasiones en las que no tiene ni pizca.

Nos lo dicen por activa y por pasiva: los españoles seguimos siendo los que más tarde salimos del trabajo en relación a nuestros vecinos europeos; los que tenemos más interiorizada la cultura del presentismo y de calentar la silla hasta que el jefe se vaya, aunque no haya nada que hacer ni se cobren las horas extra; los que cierran sus tiendas más allá de las 20.30 horas, si es que las cierran… Y todo esto lo hacemos sabiendo que, salvo en casos excepcionales, pasar más tiempo en el trabajo no significa producir más.

¿Por qué en verano el universo de la oficina instaura la jornada intensiva? No son pocos los casos en los que la cantidad de trabajo no desciende, y sin embargo, sale adelante sin retrasos y a una hora más temprana.

No se acaba el mundo y se obtienen beneficios como el ahorro de esa electricidad que no se consume en toda la tarde; el recorte también en comidas para las empresas obligadas a dar el almuerzo a sus empleados; el contar con recursos humanos más motivados y entregados que sacarán su trabajo lo antes posible para irse a su hora y tener toda la tarde para formarse, cuidar de sus hijos o de sus padres, leer un libro, hacer taichí… quehaceres diversos que rompan con su rutina ‘oficinil’ y les hagan volver al día siguiente a su ‘puesto de combate’ con una sonrisa en la boca.

¿Por qué esta situación no es posible durante todo el año? Si todas las oficinas cerrasen sí o sí a las 15 horas, habría tiempo de sobra para ir a comprar antes de las 18-19 horas, con lo que pequeñas y grandes superficies, en las que también trabajan personas con ganas de conciliar, no tendrían que tener sus puertas abiertas al público hasta horas intempestivas.

Sin embargo, en vez de poner en marcha leyes que favorezcan estas prácticas y normalicen estos horarios socialmente, los que dictan las normativas prefieren ampliar los horarios de las guarderías, como se planteó en Andalucía, o dejar que los comercios puedan abrir a cualquier hora los siete días de la semana, como ocurre en Madrid. Eso no es conciliación.

Pero no sólo a los políticos hay que darle un tirón de orejas. El cambio de actitud también debe fomentarse desde las altas esferas del entorno empresarial. Por ejemplo, Iberdrola, Adecco, la Fundación Alares y la Asociación para la Racionalización de los Horarios Españoles (ARHOE) acaban de firmar un compromiso para garantizar la posibilidad de coordinar la vida familiar con la laboral en sus empresas.

Además, han reivindicado la necesidad de que todas las empresas españolas fomenten estas acciones entre sus empleados, sea cual sea su género y su condición (es tan común dirigirse sólo a las madres…).

En este conjunto merece la pena observar el caso de Iberdrola, que hace ya tiempo se convirtió en la primera entidad del Ibex 35 en implantar la jornada continuada, de 7:15 a 16:30, con flexibilidad de una hora y 45 minutos en la entrada y la salida.

Además, durante los primeros 12 meses del nacimiento de un hijo se permite reducir la jornada a cinco horas diarias con el 100% del salario. Según los cálculos de la empresa, desde que estas medidas se han puesto en marcha se han ganado 500.000 horas anuales de productividad.

Leo el caso de Iberdrola y lo contrapongo con mi experiencia personal. Recuerdo con pseudo-añoranza los tiempos en los que trabajaba en un periódico de cierre diario. Nuestra directora tenía la insana costumbre de llegar a la oficina en torno a las 21 horas para deshacer gran parte del trabajo realizado desde diez horas antes.

No digo que lo hiciese con mala fe, seguramente muchos de los cambios tenían una justificación más que razonable, ¿pero nunca se plantearía el llegar un poco antes para otorgar el descanso a los redactores que llevaban dando el callo desde primeras horas de la mañana?

Está claro que un periódico diario no se puede cerrar a las cuatro de la tarde, pero si todos asumiéramos unos horarios más racionales sí que se podría mandar al grueso de la redacción a casa (o a donde la conciliación les lleve) antes de las 19 horas.

Y en la palabra todos están incluidos todos los niveles que van desde mi antigua jefa hasta las administraciones públicas (en la última legislatura la mayoría de los Ministerios han celebrado sesiones informativas con los medios muchos viernes más allá de las 17 horas, un buen ejemplo de horario poco racional).

En esa idea radica el gran quid de la cuestión conciliadora: los que están en los altos peldaños deberían mostrar cierta consideración hacia sus empleados, personas con familias, amigos e inquietudes más allá de su puesto de trabajo. De hecho, deberían tener las mismas ganas de conciliar que el resto de sus subalternos.

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