Feliz y ético 2018 sin bulos

En estas fechas entrañables se comparten millones de mensajes de paz, amor y amistad que chocan de frente como un tren de mercancías contra los ‘pásalos’ con falsas noticias que nos llegan durante el resto del año, fomentando el odio, la inquina, la desconfianza y el miedo entre todos los usuarios de redes sociales y mensajería instantánea.
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Nos estamos preparando para la llegada de la horda de los buenos deseos, que como todos los años por estas fechas, tienden a abordarnos de cualquier manera posible. La feliz Navidad y el próspero año nuevo ya han empezado a merodear por nuestras apps de mensajería instantánea, nuestros correos electrónicos, nuestras líneas telefónicas, por escaparates y cartelería diversa… incluso por nuestros buzones (esos amarillos que, sí, todavía se usan) y en el cara a cara.

Dan igual tus creencias, tus costumbres o tu estado de ánimo. Están ahí y van a ir a por ti. Mensajes y mensajes cargados de amor y paz que algunas veces terminamos aborreciendo por pura saturación (especialmente los estándar de corta y pega). Eso sí, no podemos dejar de compartirlos, va en nuestro ADN navideño.

En cualquier caso, ¿por qué sólo nos pasa esto durante dos o tres semanas al año? ¿Y en las cincuenta restantes? ¿Por qué no ampliamos el lanzamiento de buenos deseos? O, mejor dicho, ¿por qué no recortamos el de la inquina y los malos sentimientos?

Es un hecho que las redes sociales son una fuente inagotable de transmisión de conocimiento, pero también de sentimientos viscerales. Sentimientos que del 8 de enero al 1 de diciembre tienen una carga importante de odio e indignación, que a veces pueden justificarse con situaciones reales, pero que normalmente están generados por apuntes demagógicos y por bulos no contrastados.

Son relatos que cuentan las maravillosas prebendas que tienen los inmigrantes, legales o ilegales, para poder vivir sin trabajar a costa del contribuyente español. O que fomentan el boicot a empresas catalanas que no se posicionan en contra del ‘Procés’. O que promueven el insulto fácil hacia las personas que siguen una determinada ideología (da igual el color, hay para todos los gustos).

Y que calan y se comparten alegremente con todos los familiares, amigos y conocidos que tenemos a tiro de ‘click’ porque “seguro que algo de verdad tienen”. Plantamos en ellos más semillas de odio, y ellos en otros, y así sucesivamente, sin pararnos a pensar en las consecuencias, que van desde una acalorada discusión familiar hasta el cierre de una compañía (con sus consecuentes despidos), pasando por altercados xenófobos u otros generados por la intransigencia ideológica.

Bulos que calan y se comparten alegremente con todos los familiares, amigos y conocidos que tenemos a tiro de ‘click’ porque “seguro que algo de verdad tienen”. Plantamos en ellos más semillas de odio, y ellos en otros, y así sucesivamente.

Educación contra el bulo

Parece mentira, pero hay muchísimas personas a nuestro alrededor que dan credibilidad a los bulos (también llamados fakes) que corren por Internet. Afortunadamente, de un tiempo a esta parte son muchos los medios y plataformas, como #StopBulos, que se están dedicando a desmontarlos, para que sea aún más fácil detectar falsos mensajes. Que no sólo transmiten odio, también miedo, tristeza y pseudosolidaridad de esa que ayuda a muy poca gente. Y, por supuesto, virus capaces de hacerse con datos personales e, incluso, con nuestro número de cuenta (nunca, repito, nunca debemos pinchar en enlaces sospechosos, como avisos del banco o de Correos, por ejemplo).

Ciberseguridad aparte, rara es la semana que no recibimos mensajes de alerta con supuestos timos, nuevas peligrosas prácticas entre los adolescentes, niñas pequeñas que necesitan un trasplante urgente, tiburones en playas concurridas… Mensajes que, de arranque, parecen tener una finalidad buena, de servicio público, pero cuya falsedad los convierte en negativos.

Porque, como ocurría en Pedro y el lobo, nos hacen desconfiar y perder la perspectiva. Por culpa de esta extendida falta de ética en la red nos pensamos (y mucho) el avisar a un conductor de que lleva las luces de su coche apagadas en la noche. Y dejamos que pasen desapercibidos los mensajes que las Fuerzas de Seguridad del Estado cuelgan en redes sociales para buscar a una persona desaparecida.

Aunque lo peor de todo es esa sensación de que se ha perdido el contacto humano, esa empatía que nos hace ponernos en el lugar de otro, de vernos como personas y no como etiquetas o hashtags. Debemos reeducarnos y educar a las generaciones venideras para que todos podamos ver la realidad que nos rodea, y no sólo la que aparece en la pantalla de un smartphone, una tablet o un ordenador.

En estos días y en todos los demás, compartamos paz, amor y realidad. Pidamos abrazos y apoyos de forma sincera, no sólo por convención social, y sobre todo aprendamos de ese error tan común que es el de diseminar el odio apretando simplemente el botón de reenviar. No merece la pena.

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