El largo camino de España hacia la digitalización

Los datos no mienten: según diversos estudios e informes publicados recientemente, España no está adaptada a la realidad digital que nos envuelve, especialmente en lo que respecta al plano corporativo y de capital humano. Por una parte, por un problema de mentalidad difícil de cambiar; por otra, por esa falta de inversión en I+D+i que desde los años de la crisis no ha terminado de remontar.
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Hace unos días asistí a la presentación del libro Los economistas y la economía digital, escrito por Philippe Arraou y editado por el Consejo General de Economistas de España. El discurso del autor dejaba una conclusión clara: nuestro país tiene un grave retraso en materia digital.

El libro en cuestión analiza la importancia de la revolución tecnológica en la economía; el grado (aún muy somero) de implantación en la actualidad y las necesarias adaptaciones de empresas, despachos profesionales y ciudadanos “a esta nueva realidad”. Una realidad que lleva tantos años siendo “nueva” que hace tiempo que dejó de serlo.

Durante el evento se detallaron una serie de datos que evidencian este desfase, harto importante para nuestro desarrollo económico. Por ejemplo, según el Índice de Economía y Sociedad Digital 2017 de la Comisión Europea (DESI por sus siglas en inglés), España, la quinta potencia de la Unión Europea, se coloca en un puesto discreto en cuanto a desarrollo digital, en el número 14 de los 28 países analizados.

Este índice resume los indicadores relevantes sobre el rendimiento digital de Europa y registra la evolución de los Estados miembro en lo referente a competitividad en este campo. Son cinco los apartados analizados para obtener estos resultados: uso de Internet por parte de los ciudadanos; integración de la tecnología digital en las empresas; servicios públicos digitales; conectividad en lo que respecta a banda ancha, y capital humano adaptado y especializado.

Bien es cierto que en los tres primeros nuestro país está por encima de la media europea, especialmente en lo que respecta a la Administración electrónica. Esta está muy bien considerada, aunque todavía le queda un gran trabajo por delante, como reconoció Aitor Cubo, subdirector general de Impulso a la Administración Digital y Servicios al Ciudadano del Ministerio de Hacienda y Función Pública, presente en el acto.

Sin embargo, sigue manteniéndose por debajo de la media en los últimos dos aspectos, fundamentales para el buen funcionamiento de los engranajes de este entorno. De hecho, el campo del capital humano, formado en competencias tanto básicas como avanzadas, es el único de los cinco en el que España empeora su nota.

Este mal dato se justificó durante la jornada aduciendo que el nuestro es un país envejecido y con un arraigo cultural que rechaza el cambio. También que el 98% de su tejido empresarial está conformado por pymes que, en muchos casos, siguen sin ver la necesidad de adaptarse al entorno digital.

España, la quinta potencia de la Unión Europea, se coloca en un puesto discreto en cuanto a desarrollo digital, en el número 14 de los 28 países analizados.

Pero a estos puntos deberíamos añadir un déficit en la educación de los más jóvenes (acostumbrados desde la cuna a manejarse en este ambiente) y, sobre todo, a la formación de los adultos, necesaria no solo para potenciar esas cifras de capital humano sino para conseguir un cambio de mentalidad, abierto y dispuesto a adecuar nuestra economía a ese régimen cada vez más imperante.

Y no olvidemos la pérdida de peso de la inversión en I+D+i dentro de nuestras fronteras. Según cifras de 2016, el gasto en este ámbito fue de un 1,19% del PIB, mientras que la media de la UE superó el 2%. Y el pasado año, de los más de 6.500 millones de euros que los Presupuestos Generales del Estado destinaron a este ámbito apenas se ejecutó el 30%. Es decir, de cada diez euros presupuestados solo se gastaron tres, siendo el porcentaje más bajo desde el año 2000.

El cliente, más actualizado que la empresa

No obstante, parece que en términos generales el usuario avanza más deprisa que el nivel corporativo. Según el informe La sociedad digital en España 2017, de la Fundación Telefónica, tenemos algunas de las cifras más altas de Europa en cuanto a uso de Internet. Por ejemplo, que un total de 24 millones de españoles de entre 16 y 74 años se conectan a diario a la red (64% del total). El uso entre los adultos entre 65 y 74 años creció un 26% a lo largo del pasado año.

Por otra parte, el 50% de los jóvenes consumen entre el 90% y el 100% de su tiempo en red sobre una pantalla móvil. Es más, el 86% ya posee un smartphone y lo usa como dispositivo de referencia para el envío de mensajes instantáneos, acceso a redes sociales y consumo de música y vídeos en streaming.

Poco a poco las empresas y entidades se van actualizando, pero cuando consiguen cubrir una demanda generada por la sociedad digital, esta vuelve a dar un paso más hacia adelante y abre una nueva brecha. Esto suele ocurrir con las compañías de mayor solera, que van poniendo ‘parches’ tecnológicos a su estructura original. Las ‘nativas’ tienen muchos menos problemas para adaptarse puesto que llevan el espíritu digital inserto en su ADN desde su nacimiento.

Si quiere crecer, nuestro tejido empresarial necesita afrontar un cambio profundo de mentalidad, en el que los procesos digitales formen parte del ‘todo’ y no solo del departamento de Tecnologías de la Información. La digitalización puede ayudar a las empresas a ser más rápidas y eficientes, a ser más transparentes e, incluso, a adelantarse a las necesidades de unos clientes que hoy tienen más voz y voto que nunca.

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