La contaminación lumínica, un problema cada vez más visible

Aumento del gasto energético y económico, inseguridad vial, dificultad en el tráfico aéreo y marítimo o daño a los ecosistemas nocturnos son solo algunos de los efectos que causa uno de los tipos de contaminación menos conocidos de todos los que existen: la contaminación lumínica. Y es que, la luz artificial de las ciudades no solo impide disfrutar de las estrellas, sino que además afecta a la salud, a las plantas y a los animales nocturnos y microorganismos.
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La noche es cada vez más luminosa. Y eso puede ser un problema. Las consecuencias negativas que genera este cambio no solo se limitan al lugar donde se produce la iluminación artificial -poblaciones, polígonos industriales, áreas comerciales o carreteras-, sino que esta se difunde por la atmósfera y sus efectos se expanden decenas de kilómetros.

Así lo advierte un estudio publicado en noviembre de 2017 por la revista Science Advances, elaborado por Christopher Kyba, del Centro de Estudios Geológicos (GFZ) de Potsdam, y que contó con la colaboración del experto del Instituto de Astrofísica de Andalucía (IAA), Alejandro Sánchez de Miguel.

Este estudio científico, que analiza la evolución de la contaminación lumínica en el mundo entre 2012 y 2016 basándose en los datos recogidos por el Satélite VIIRS (Radiómetro de Imágenes por Infrarrojos Visibles), advierte de que esta crece un 2,2% anualmente.

Cada año el planeta es más brillante en extensión e intensidad, según alertan los autores del informe, que recuerdan que desde hace unos años la tecnología LED está sustituyendo a las tradicionales bombillas y aunque es cierto que han supuesto una revolución tecnológica muy positiva, “depende mucho de cómo se usen».

Las bombillas LED son más eficientes que las convencionales, sin embargo, su sustitución masiva ha causado un «efecto rebote», ya que «se están sustituyendo unas por otras sin estudiar previamente cuál es la iluminación correcta para cada sitio», afirman los expertos responsables de este estudio, que recalcan que este cambio se está realizando sin planificar qué tipo de luz o cuánta es necesaria, y al final “el gasto y la contaminación son mayores”.

Según este estudio, entre 2012 y 2016 la luz nocturna creció al mismo ritmo que el Producto Interior Bruto (PIB) de los países desarrollados y mucho más rápidamente en los países en desarrollo de América del Sur, África y Asia.

En ese periodo, el brillo nocturno descendió solo en unos pocos países del mundo, -la mayoría por estar en guerra-, como Yemen o Siria, y se mantuvo estable en otros como Italia, Holanda, España o Estados Unidos, que siguen estando entre los más (y peor) iluminados del planeta.

Sin embargo, no todo son malas noticias. Ejemplos como el eficiente alumbrado de las carreteras de Bélgica o de grandes ciudades como Tucson, en Arizona (EEUU), dan muestra de que las lámparas LED, bien diseñadas, pueden disminuir la contaminación lumínica de manera muy importante.

El brillo nocturno está estable en países como Italia, Holanda, España o Estados Unidos, que siguen estando entre los más (y peor) iluminados del planeta.

Soluciones al alcance de la mano

A la vista de estos datos, queda claro que la contaminación lumínica se produce por el uso de un alumbrado ineficiente y mal diseñado que dirige la luz a zonas donde es innecesaria. Elementos como los proyectores y cañones láser, la iluminación publicitaria desmesurada o la falta de horarios de la iluminación decorativa contribuyen a aumentar el problema. También cuando se utilizan intensidades excesivas, es decir, “sobreiluminación”,  para realizar actividades que se desarrollan en zonas alumbradas.

En opinión de ONG como Ecologistas en Acción “es preciso que aumente la conciencia social respecto al grave problema de la contaminación lumínica dadas sus numerosas y perjudiciales consecuencias: el aumento del gasto energético y económico, la intrusión lumínica, la inseguridad vial, los problemas en el tráfico aéreo y marítimo, el daño a los ecosistemas nocturnos y la degradación del cielo nocturno, patrimonio natural y cultural de toda la ciudadanía”.

A su juicio, “sí, es posible evitar este tipo de contaminación”, lo que no implica “vivir a oscuras, ni reducir la visibilidad nocturna, ni la seguridad”. “Se trata de iluminar de forma adecuada y eficiente, evitando la emisión de luz directa a la atmósfera y empleando la cantidad de luz estrictamente necesaria dirigiéndola allí donde necesitamos ver: hacia el suelo”, defiende la ONG, que recuerda que “iluminando bien emplearemos menos dinero y energía, veremos mejor, conseguiremos mayor calidad de vida y preservaremos el medio nocturno”.

Entre las soluciones que proponen desde Ecologistas en Acción se encuentra emplear de forma generalizada luminarias apantalladas cuyo flujo luminoso se dirija solo hacia abajo, utilizar lámparas de espectro poco contaminante y gran eficacia luminosa, preferentemente de vapor de sodio a baja presión –VSBP- o de vapor de sodio a alta presión –VSAP-, con una potencia adecuada al uso, o iluminar solo aquellas áreas que lo necesiten, siempre de arriba hacia abajo y sin dejar que la luz escape de estas zonas.

Asimismo, apuestan por ajustar los niveles de iluminación en el suelo a los recomendados por organismos como el Instituto Astrofísico de Canarias o la Comisión Internacional de Iluminación, regular el apagado de iluminaciones monumentales, ornamentales y publicitarias, prohibir cañones de luz, láser o cualquier proyector que envíe la luz hacia el cielo y reducir el consumo en horas de menor actividad -de madrugada- usando reductores de flujo o apagando las luminarias innecesarias.

En opinión de la ONG, “es fundamental la aprobación de ordenanzas municipales y legislaciones autonómicas verdaderamente eficaces que prevengan este tipo de contaminación y tengan siempre en cuenta los estudios científicos y las normativas europeas más avanzadas en este ámbito”.

“Iluminando bien emplearemos menos dinero y energía, veremos mejor, conseguiremos mayor calidad de vida y preservaremos el medio nocturno”. Ecologistas en Acción

Buenas prácticas e impulso local

Según datos del Instituto para la Diversificación de la Energía (IDEA) el funcionamiento de todas las luminarias repartidas en España suponen el 42% del consumo total de energía del sector de servicios públicos, y la inversión en su mejora ahorraría un 30% de este consumo. El 95% del consumo energético de este sector corresponde a instalaciones propiedad de los ayuntamientos.

Por eso, las iniciativas a nivel local y municipal son fundamentales para avanzar en la lucha contra la contaminación lumínica. Uno de los mejores ejemplos es el del municipio tinerfeño de Los Realejos, que en 2105 apostó por la instalación de luminarias con tecnología led PC Ámbar, telegestión punto a punto y sistemas de detección de movimiento. En total se instalaron 3.200 puntos de lámparas LED, lo que supuso la renovación del 50% del total. La mitad restante son de sodio de bajo consumo.

En palabras del gobierno local, «todas estas medidas han supuesto un ahorro energético que ronda el 50%, así como dejar de emitir cada año a la atmósfera 530 toneladas de dióxido de carbono». Según señala Federico de la Paz, de la Oficina de Calidad del Cielo del Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC), “con el led PC Ámbar se cumple con los dos objetivos fundamentales que exigimos: usar luminarias de vidrio plano, colocando la luz dentro de la zona a iluminar y, por otro lado, emitir luz que no contamina el espectro luminoso».

Parece que las ciudades y municipios tienen un papel fundamental a la hora de impulsar una iluminación respetuosa y una normativa regulatoria que reduzca la contaminación que genera la luz mal orientada o excesivamente brillante, estableciendo criterios científicos sólidos para establecer los umbrales de intensidad del alumbrado, no solo para reducir la contaminación, sino también para ahorrar dinero público.

Sobreiluminación y problemas ambientales

Pere Horts, vicepresidente de Cel Fosc, Asociación contra la Contaminación Lumínica, alerta de los efectos que suponen los elevados niveles de iluminación para el medio ambiente y también para la biodiversidad, “al alterar los ciclos día-noche de las especies y ecosistemas y afectar a la propia salud humana por el impacto que supone la luz artificial en nuestros relojes biológicos”.

En el caso de las especies –anfibios, reptiles y mamíferos- éstos sufren problemas de orientación, extensión de conductas diurnas a horas nocturnas (incremento artificial de la actividad biológica crepuscular), alteración en las conductas reproductivas o de la relación depredador/depredado.

Asimismo, “muy poco o casi nada sabemos de lo que sucede en los trastornos de la actividad biológica nocturna en el mar, pero lo que es evidente es que iluminando playas, puertos y paseos marítimos estamos trastocando los ritmos naturales de las especies que viven en estos ecosistemas”, explica Horts. “Mientras, algunos alcaldes de poblaciones costeras han convertido sus playas en prolongación de las discotecas, sin caer en la cuenta, o sin importarles en absoluto, que sus aguas costeras se conviertan, en consecuencia, en auténticos eriales biológicos”, añade.

En esta línea, los científicos concluyen que para combatir la contaminación lumínica y poner fin al derroche y a los efectos nocivos que tiene sobre la salud humana y la biodiversidad, habría que llevar un control de las emisiones de luz similar al que se hace con las de CO2 y desarrollar políticas de alumbrado que tengan en cuenta cómo utilizar las LED de manera eficiente, porque bien usados, este tipo de iluminación podrían ser la solución.

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