La industria del salmón y sus consecuencias en la Patagonia

Chile es el segundo país productor de salmones a nivel mundial y desde hace 30 años lleva adelante esta actividad. El problema es que estos peces no están en su ambiente natural, por lo tanto generan profundos impactos ambientales.
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En el mundo, la acuicultura es la actividad relacionada con la alimentación en mayor expansión. Es responsable de una parte significativa de la producción global de peces y moluscos. Sin embargo, muchas de estas prácticas provocan un impacto negativo en los ecosistemas marinos. En Latinoamerica, se pueden ver los efectos provocados por esta actividad en Chile, que es el segundo productor mundial de salmones y truchas de cultivo, después de Noruega.

El cultivo intensivo de salmónidos tiene un alto costo ambiental en la Patagonia chilena. “La demanda creciente de salmón en países como Estados Unidos y Japón hizo que Chile aumente su producción en hasta 900.000 toneladas”, señala Liesbeth van der Meer, directora ejecutiva de Oceana.

El agravante en este tipo de países está dado por la calidad de especie exótica de los salmónidos, lo que conlleva impactos diferenciales a los de la práctica en regiones en las que las especies son nativas. Las aguas patagónicas marinas o lacustres no son el ambiente natural para estos peces. Según el Foro para la Conservación del Mar Patagónico, la introducción de estos animales representa desoír los aportes de la ciencia en cuanto a los costos de estas prácticas.

Los principales problemas ambientales documentados y asociados a esta industria son: el escape de salmónidos, lo que implica la introducción de especies exóticas, desde las jaulas de cultivo al ambiente natural; el abuso de antibióticos, antiparasitarios y otras sustancias químicas; la introducción y propagación de enfermedades y de sus agentes causales, o la acumulación de residuos sólidos y líquidos en el fondo marino, derivadados de los alimentos no consumidos, fecas y mortalidad de los salmónidos.

Pero también los desechos industriales que las empresas han dejado en los fiordos, como jaulas abandonadas, plásticos, boyas, cabos, etc.; la presión pesquera sobre especies silvestres usadas para harina y aceite de pescado que acaban como alimento de salmónidos, y las interacciones negativas directas e indirectas con mamíferos marinos y aves, algunas de estas especies con estados de conservación delicados.

De acuerdo con van der Meer, en Chile se utilizan 500 veces más antibióticos de lo que usa Noruega para producir la misma cantidad de salmones. “Según la Organización Mundial de la Salud, para el 2050 la mayor causa de muerte en los humanos va a ser la resitencia bacteriana. Una de las industrias que aumenta la utilizacion de antibióticos a grandes niveles es la salmonicultura, y eso puede generar la resitencia bacteriana en el medio donde estos se cultivan”, explica la referente.

La resitencia bacteriana es la capacidad que tienen las bacterias de sobrevivir a la acción de los antibióticos. Es un proceso natural pero que se ha visto potenciado con el abuso de estos medicamentos en la industria de producción animal y en el tratamiento de enfermedades en humanos. La resistencia bacteriana se puede esparcir rápidamente entre las bacterias, por lo que es una problemática que requiere acciones inmediatas para controlar su difusión.

La regulación que rige a la industria salmonera en Chile es débil en cuanto a materia de impacto medioambiental y de los procesos de cultivo. Esto ha permitido que haya jaulas con altas densidades de salmones, siendo lugares con características óptimas para la generación y transmisión de enfermedades. Para tratar a los peces,se utiliza una alta cantidad de antibióticos, mayoritariamente se utiliza el florfenicol, perteneciente a la familia de los fenicoles, usado en el tratamiento de enfermedades humanas.

Durante la alimentación de los salmones en jaulas, el 75% del nitrógeno, fósforo y carbono contenidos en el alimento no es consumido por los peces, lo cual genera un exceso de nutrientes bajo las jaulas y en las aguas aledañas. Este exceso de nutrientes conlleva una pérdida de biodiversidad en los fondos debajo de las jaulas, y el aumento de las concentraciones de amonio liberado en los excrementos de los peces fomenta el crecimiento de microalgas, incluyendo fitoplancton tóxico.

Esta concentración de desechos orgánicos puede favorecer los florecimientos de algas, tanto del tipo que afectan a los propios salmones, como los de marea roja que afectan a moluscos y a la salud pública.

El problema latinoamericano

Chile es el único país latinoamericano que desarrolló de manera industrial el salmón. Cuenta con 30 años de experiencia en la materia. “Tenemos suficientes elementos para concluir que la salmonicultura es una actividad no sustentable. Si bien, produjo grandes ingresos económicos a los dueños de las salmoneras esto fue a costa de un impacto ambiental, sanitario y social enorme. Los ecosistemas patagónicos solían ser libres de impactos humanos. Allí se realizaba turismo de naturaleza y pesca artesanal. Hoy, grandes áreas de estos ecosistemas están completamente dañados”, cuenta Alex Muñoz, director para América Latina del programa Pristine Seas de National Geographic Society.

De cara a futuro, Muñoz sugiere: “En Chile, hay que desinstalar salmoneras para recuperar los ecosistemas deteriorados más valiosos, especialmente los cercanos a los parques nacionales. Además, es importante que la salmonicultura no se instale en aguas argentinas porque eso podría llevar  a un camino sin retorno con más impactos negativos”.

Hace un año, se firmó un convenio entre el gobierno nacional argentino, el gobierno de la provincia de Tierra del Fuego y Noruega, para impulsar el desarrollo de la salmonicultura en Canal de Beagle. Con la intención de analizar la potencialidad de la actividad, se llevó adelante un estudio de factibilidad económica. Recientemente, el gobierno de la provincia comunicó que por ahora no se instalarán salmoneras en el país, ya que el tema está fuera de agenda.

“Hay que estar atentos a lo que pase este año. Hay que ver si se busca avanzar en otros lugares del país o tras las elecciones en la provincia se cambia la decisión. Vamos a prestar atención por si se toma la decisión de instalar salmoneras sin tener en cuenta el impacto ambiental”, señala Ana Di Pangracio, directora ejecutiva adjunta de la Fundación Ambiente y Recursos Naturales (FARN).

“Las mismas empresas que pretenden instalarse en Argentina llevan 30 años operando en Chile, donde han causado un daño de enorme magnitud en un ecosistema que no solo es único, sino que tiene un potencial extraordinario para el turismo de naturaleza. La experiencia chilena debería servir para no replicar el mismo camino en la Argentina”, argumenta Muñoz.

En este sentido, el Foro para la Conservación del Mar Patagónico alienta en su informe al gobierno argentino a dar el ejemplo en relación a la responsabilidad que implica el cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), a los cuales la provincia de Tierra del Fuego adhirió en 2016, prohibiendo la acuicultura de especies introducidas, como es el caso de los salmónidos, que conllevaría impactos ambientales, sanitarios, sociales y económicos.

Otro tema que resalta Di Pangracio es que en Chile se demostró que en épocas de crisis lo primero que hacen los responsables de las salmoneras es despedir gente. “Por lo tanto, no es tan cierto cuando se dice que la actividad genera puestos de trabajo sostenidos y de calidad”, agrega.

Frente a la posibilidad de la instalación de salmoneras en Argentina, un grupo de chefs realizaron una campaña online para convocar a la población a oponerse a la salmonicultura en el Canal de Beagle. Promueven el consumo de peces nativos, que no tienen impactos negativos como los salmones cultivados.

Lino Adillón es un reconocido cocinero de la ciudad de Ushuaia (Argentina) y cree que los referentes gastronómicos tienen que hablar sobre lo que dan de comer en sus restaurantes: “En mi carta pusimos un cartel que dice que el salmón está suspendido. Tengo la esperanza de que vuelvan las buenas prácticas en relación a esta actividad. Por lo pronto, no lo vendo ni lo recomiendo más. Poner salmón en la carta es muy chic, pero el desafío es poder ofrecer otras cosas”.

“Hay una corriente de la gastronomía que trata de ser lo más natural y fresca posible. Tenemos que informarnos respecto a cómo se producen los salmones. No podemos ofrecer un producto cuestionado. Si no hay clientes no hay salmoneras”, enfatiza.

¿Es posible producir de otra manera? Los referentes coinciden en que lo mejor que hay es consumir un salmón que está libre en el mar, en su hábitat natural. En países como Cánada y Estados Unidos existe el salmon salvaje. Ese no fue cultivado en hacinamiento. Otra opción, para minimizar los efectos indeseados, es la de desarrollar cultivos de peces marinos en piscinas ubicadas en tierra, evitando el contacto con el mar y sus inevitables consecuencias.

“La tecnología chilena de jaulas flotando en el agua es de los años 80. Las jaulas son como un kiosco abierto, donde tratan de acercarse los lobos marinos. Los cuidadores lastiman a los lobos y, mientras tanto, muchos peces se escapan. Como son exóticos, compiten con las especies autóctonas y producen en desbalance ecológico”, explica para concluir Gustavo Lovrich, biólogo marino e investigador principal del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet).
 

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