A propósito de la ética de Accenture

En una reciente entrevista en ‘Actualidad Económica’, Juan Pedro Moreno, actual presidente de Accenture, nos regalaba con algunas declaraciones propias de esta era Trump, en la que los ‘tweet’ se han convertido en el principal vehículo informativo y la estridencia de los mensajes el mejor reclamo para ser escuchados.
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Inauguración del Centro de Industria X.0, Industria Inteligente y Cibersegura, en el Parque Tecnológico de Zamudio (Vizcaya). Foto: Accenture.

El presidente de Accenture, Juan Pedro Moreno, ha elegido Actualidad Económica (AE) como soporte de sus proclamas. La elección no puede ser más acertada. Desde hace un par de años este medio se ha convertido en el altavoz del liberalismo más radical.

El título de la portada no puede ser más provocador: “Ni más impuestos ni más servicios sociales. Lo que hace falta son más empresas”. Para Moreno, los impuestos y los servicios sociales son un freno al desarrollo y al crecimiento económico. En su descargo hay que admitir que resulta muy natural tener esa visión cuando el mundo se contempla desde el la planta 31 de la Torre Picasso. Supongo que desde esas alturas todo lo de abajo resulta superfluo y prescindible.

Orson Welles nos transmitió en el Tercer Hombre esa particular sensación cuando, desde lo alto de la noria de Viena, señalando a unos niños que juegaban en el parque, pregunta a Josep Cotten: “Mira ahí abajo. ¿Sentirías compasión por alguno de esos puntitos negros si dejase de moverse? ¿Si te ofreciera 20.000 dólares por cada puntito que se apagase me dirías que me guardase mi dinero o empezarías a contar los puntitos que serías capaz de apagar? ¡20.000 dólares! Y libres de impuestos amigo”.

¡Libres de impuestos! No resulta sencillo cambiar la manera de pensar cuando uno ha crecido en una empresa cuya cultura y valores no se han distinguido nunca por su compromiso y responsabilidad fiscal. La segunda decisión que tomaron los directivos de Accenture, después de la de crear la empresa, fue domiciliar la compañía en las Bermudas; al cabo de unos años resolvieron fijar el domicilio en Irlanda, dos de los paraísos fiscales más conocidos.

Las desavenencias de la empresa con el fisco han sido frecuentes. La última de ellas se solventó el pasado año, mediante el acuerdo de pagar 200 millones de dólares a las autoridades fiscales suizas tras el Lux Leaks, el escándalo financiero que reveló en noviembre de 2014 los detalles de las operaciones secretas de 343 grandes empresas multinacionales para evitar el pago de impuestos.

Moreno, nos recuerda AE, es una persona importante y ocupada. Su tiempo es muy valioso y no se puede permitir el lujo de malgastarlo. Por esa razón, tras finalizar la entrevista, sin apenas despedirse, toma un avión para dirigirse a Bilbao donde lo espera el lendakari Urkullu para inaugurar un nuevo centro tecnológico. Hace un par de semanas acompañó en Málaga al presidente Pedro Sánchez en su visita a otro centro de innovación en el que emplean a 2.000 trabajadores, y a finales de junio le tocará abrir uno más en Alicante, especializado en big data y en inteligencia artificial.

El primer ejecutivo de Accenture nos confiesa que el modelo que más le convence es el del País Vasco. El centro tecnológico lo han instalado en Zamudio porque “da gusto trabajar donde te lo ponen todo tan a favor”.

¿Sabrá Moreno que  el parque científico y  tecnológico de Zamudio se ha puesto en marcha gracias a una inversión del gobierno vasco financiada vía impuestos? Probablemente, pero quizás lo que nos quería decir es que los impuestos son inútiles salvo, claro está, que se utilicen para financiar sus iniciativas.

¿Sabrá Moreno que el parque científico y tecnológico de Zamudio se ha puesto en marcha gracias a una inversión del gobierno vasco financiada vía impuestos?

¿Será consciente Moreno que esas “alegrías” del gobierno vasco solo se las pueden permitir porque esa comunidad autónoma disfruta de una privilegiada situación fiscal? Por supuesto todo eso lo sabe, pero no es algo que le interese. Sus reflexiones pueden ser un poco primarias, pero muy claras. Todo lo que contribuya a hacer crecer sus centros tecnológicos es bienvenido y todo lo que suponga un freno a la inevitable transformación digital debe demolerse, comenzando por la regulación.

Al igual que Zamudio y los vascos constituyen el referente a seguir en la colaboración público-privada, en los temas de regulación el faro que nos ilumina son los Estados Unidos: “Debemos analizar a fondo el modelo europeo donde todo está prohibido si no está regulado. Es un freno enorme al desarrollo. Me gusta mucho más el modelo norteamericano que regula los conflictos, pero espera a que se produzcan para hacerlo”.

Moreno debe ser el único ejecutivo que no ha oído hablar de Cambridge Analytica y no parece preocuparle mucho que el propio Mark Zuckerberg reclámese más regulación para Facebook el pasado mes de abril. (Vid. Facebook no ha hecho los deberes).

En realidad Moreno no entiende muy bien que es esto de la regulación, por eso a la hora de explicarse incurre en flagrantes contradicciones. Según el presidente de la consultora: “Nada es gratis. La ciberseguridad requiere un cambio social importante. Cada ciudadano debería decidir si le compensa o no y, más que aprobar leyes restrictivas, tendría que ser la propia sociedad la que se autorregulase”.

“Autorregulación” que palabra más bonita, está en boca de todo el mundo. Es otro de los mantras más repetidos por los capitalistas 5G para poder campar a sus anchas. La retórica de los defensores de la autorregulación es muy conocida. Cualquier intento de regular la necesaria competencia es un ataque a la libre iniciativa.

Pero cualquier estudiante de primaria sabe que para que haya competencia real deben existir reglas equitativas para todos. Plantear que los ciudadanos se asocien mediante una acción colectiva para defenderse de las grandes corporaciones es como decirles a los esclavos que recogían el algodón en las plantaciones de Georgia que su precaria situación se debía a su falta de iniciativa.

Para proteger los derechos de cada uno a usar y disponer libremente de sus datos, lo que se necesita es más regulación, no menos. La soberanía de los usuarios sobre sus datos requiere tener acceso a ellos, poder modificarlos y determinar quién y cómo deben usarse. Esas facultades solo se pueden ejercitar si están reconocidas legalmente, que es, precisamente, lo que ha llevado a cabo la Ley de Protección de Datos Personales aprobada el pasado año. Se necesita regular para asegurar la protección de los derechos y garantizar las condiciones para que exista una competencia leal.

Lo recordaba The Economist, un medio poco sospechoso de veleidades anticapitalistas, en uno de sus últimos números, Why big tech should fear Europe, al reconocer que Europa estaba liderando la protección de los consumidores en esta campo: “La idea de que la UE tome la iniciativa en estas cuestiones les parecerá extraña a muchos ejecutivos que la consideran un páramo empresarial y el refugio espiritual de la burocracia. Pero lo cierto es que Europa tiene influencia y nuevas ideas. Los cinco grandes gigantes de la tecnología, Alphabet, Amazon, Apple, Facebook y Microsoft, venden en promedio el 25% en el mercado europeo. Y las normas de la UE a menudo son un referente en los países emergentes. La experiencia de la dictadura en Europa hace que esté muy atenta a la privacidad. Sus reguladores están menos sujetos a las presiones e influencias de los lobbies estadounidenses y sus tribunales tienen una visión más realista de la economía. La falta de empresas tecnológicas en Europa les ayuda a adoptar una postura más objetiva».

Según Moreno “la protección excesiva frena el crecimiento y el progreso”. El crecimiento para él es el único criterio a tomar en cuenta y, en este sentido, “los valores éticos son el mayor freno a la tecnología”.

Según Moreno “la protección excesiva frena el crecimiento y el progreso”. El crecimiento para él es el único criterio a tomar en cuenta y, en este sentido, “los valores éticos son el mayor freno a la tecnología”.

La mayoría de los expertos no comparten la visión del presidente de Accenture. No solo no consideran que la ética sea un freno para el desarrollo tecnológico, sino que creen firmemente que los criterios éticos son los que deben orientar el desarrollo tecnológico.

El reciente informe de la Comisión Europea (High-level expert group on artifiical inteligence. Draft ethics guidelines for trustworthy Artificial Inteligence; The European Commision, 10 diciembre 2018) es muy claro al respecto. “La inteligencia artificial (IA) tiene una gran capacidad para generar enormes beneficios a las personas y a la sociedad, pero también genera riesgos que deben gestionarse adecuadamente. Dado que, en general, los beneficios de la IA superan a sus riesgos, debemos asegurarnos de seguir el camino correcto. Para garantizar que vamos por el camino correcto, se necesita un enfoque centrado en el ser humano para la IA, lo que supone a reconocer que el desarrollo y el uso de la IA no son un fin en sí mismo, sino que su fin es aumentar bienestar humano». Vid. En busca de una inteligencia artificial en la que confiar.

Entre los cincuenta expertos hay representantes de las universidades, de las empresas y de las organizaciones de la sociedad civil. Podemos estar tranquilos porque entre esos expertos no se encuentra nadie de Accenture. Sí hay representantes de Airbus, Google, Orange, Nokia, SAP, Bosch, IBM, Bayer o Axa, entre otras. Llama la atención la total ausencia de representantes españoles entre los cincuenta expertos. ¿Desinterés o casualidad? Lo desconocemos.

Los Telefónica, Banco de Santander, BBVA, Endesa, Caixabank, Inditex, Seat, Ferrovial y demás, deberían meditar detenidamente si quieren como compañero de viajes a una empresa que puede que tenga mucho conocimiento de las tecnologías, pero  las cuestiones éticas se las toma con mucha ligereza.

Y, desde luego, los socios de Accenture, por su parte, deberían sopesar si el desafío que tienen por delante consiste, exclusivamente, en abrir centros tecnológicos o deberían reflexionar un poco más sobre los valores y el propósito de su organización. Está bien correr, pero uno debe saber hacia dónde va o terminará tropezando. Y mucho me temo que la decisión sobre lo que queremos ser no nos la resolverá el big data ni la inteligencia artifical.
 

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