Los desafíos de adoptar una economía circular en América Latina

Si bien hay interés en el modelo de economía circular en Latinoamérica, todavía hay mucho camino por recorrer. Una de las claves para que esta iniciativa sea posible es la colaboración entre los distintos sectores.
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Las nuevas generaciones son responsables, en gran medida, del impulso de cambios en los modelos de negocios. Ellas son quienes a la hora de elegir sus productos exigen que el circuito productivo no sea dañino con el medio ambiente y genere algún impacto social positivo.

Si bien ya son muchas las empresas de América Latina que están buscando la forma de incorporar el paradigma de la economía circular, este modelo es un proceso complejo y aún hay muchos obstáculos en el camino por vencer. Por eso, es primordial que los distintos actores de la cadena se involucren y se comprometan a trabajar de forma articulada con los consumidores y con los sectores público y privado para avanzar hacia una nueva economía.

“La economía circular se propone romper el paradigma lineal vigente desde la Revolución Industrial, cuando el mundo no tenía conciencia ambiental, no se veían problemas de abastecimiento de materias primas, nadie hablaba de la extinción de recursos no renovables, la emisión de gases de efecto invernadero (GEI), la crisis climática o la necesidad de la sustentabilidad”, explica Julián D’Angelo, coordinador ejecutivo del Centro de Responsabilidad Social Empresaria y Capital Social de la Universidad de Buenos Aires y autor del libro Responsabilidad Social y Universidad. Agenda Latinoamericana.

“Este concepto en la región está penetrando muy lentamente en el ámbito de la producción y recién solamente desde lo discursivo –continúa-. Por supuesto hay algunas experiencias destacables, pero siempre en las grandes empresas, en su mayoría filiales de multinacionales”.

En opinión de D’Angelo, “claramente la situación crítica de la economía en países como Argentina o Brasil no ayuda a que estos temas sean apropiados debidamente por las agendas empresariales, más allá de que formen parte de los temarios en foros o publicaciones de negocios”.

Al pensar en los desafíos, el especialista considera que en Latinoamérica, en general, en materia de economía circular, está todo por hacerse. “En Argentina, por ejemplo, tenemos una deuda muy importante en materia legislativa que no permite generar incentivos, positivos o coercitivos para que las empresas empiecen a modificar su matriz productiva: los proyectos de ley de envases o de responsabilidad extendida del productor en materia de aparatos eléctricos y electrónicos, duermen el sueño de los justos en los escritorios del Congreso”.

“En consecuencia, -prosigue- muy lejos estamos de llegar a proponer directrices para la economía circular, como la BS 8001:2017, lanzada en Inglaterra hace dos años. O las Directivas de 2015 de la Unión Europea, que animaron a los países a dar financiamiento a iniciativas alineadas con la economía circular y a fijar marcos normativos que la promuevan”.

Las multinacionales, las primeras

A pesar del contexto, importantes empresas multinacionales con presencia en América Latina, como Unilever, Nestlé, Dell y Danone están estableciendo objetivos ambiciosos para 2030, para poner fin a los desperdicios plásticos y proponer su reinserción en el proceso productivo.

En Tierra del Fuego (Argentina), el fabricante de electrodomésticos y aparatos electrónicos Newsan recicla más del 96% de los residuos industriales y los incorpora hasta tres veces a la cadena productiva. Asimismo logró reducir un 50% la huella de carbono y un 40% el consumo energético en el proceso productivo. Más del 80% del packaging utiliza pulpa de papel reciclado, 100% biodegradable.

En cuanto a los materiales, en 2017 Unilever se comprometió a garantizar que para el 2025 todos los envases sean reciclables, reutilizables o aptos para compostaje. Por ejemplo, se desarrollaron dos nuevas tecnologías, innovadoras y pioneras en este concepto. Se trata de materias primas totalmente renovables, biodegradables, e incluso compostables, ya que en el caso del bioplástico, provienen del descarte de cáscara de patatas y en el caso de eucaplack, del descarte de ramas de eucaliptus, sin tala de árboles.

Estas nuevas materias primas, generan una reducción de emisiones de CO2 de un 98%, y una rentabilidad del 50% de la inversión destinada a estos proyectos.

“Uno de los mayores desafíos se encuentra en el momento del posconsumo. Bajo una visión de responsabilidad compartida, creemos que el consumidor también tiene un rol fundamental en la gestión de los residuos. Tenemos que informar y empoderar a los consumidores para que separen residuos y elijan productos que generen menor impacto”, señala Mariana Reñe, gerente de Sustentabilidad y Comunicación Interna Cono Sur de Unilever.

Por eso trabajan, desde 2017, junto al Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires en el proyecto Reciclando en la Ciudad, “una campaña de consumo responsable que incentiva a los vecinos a llevar sus envases limpios a los puntos verdes y obtener a cambio un cupón de descuento de 40 dólares (0,8 euros) para la compra de productos de Unilever”.

Reñe considera que estamos frente a la necesidad de pensar los negocios de otra manera, guiados por un nuevo paradigma, donde los residuos se convierten en recursos o en nuevas materias primas para otros productos. “Para lograrlo, necesitamos, por un lado, reflexionar en la forma en que las empresas diseñamos nuestros productos y, por otro, promover la construcción de alianzas para facilitar el cambio. El éxito depende de movilizar las voluntades colectivas de todos. En línea con esto, el crecimiento del negocio solo puede lograrse a través del desarrollo sustentable, contemplando a las personas y el planeta”, enfatiza la ejecutiva de Unilever.

Para el lanzamiento de su producto Dove Super Acondicionador Unilever trabajó en asociación con Braskem, una empresa petroquímica en Brasil, ubicada en Río Grande do Sul. Braskem recibe el etanol de la caña de azúcar que luego pasa por un proceso de deshidratación y se transforma en etileno verde. Seguidamente va a las plantas de polimerización y se transforma en el bioplástico. “Gracias a ello, logramos el sello I´m Green, que ayuda al consumidor a identificar el bioplástico y su uso, aumentando el valor percibido de los productos”, comenta Reñe.

Todos los envases de cartón de Tetra Pak son reciclables, y más de 46.000 millones fueron reciclados solo en 2017 en el mundo. Un ejemplo de inspiración en el caso de Tetra Pak, es el programa Educlar, una iniciativa de economía circular que promueve la educación ambiental a través del reciclaje y que además potencia la sinergia entre diversos actores de la sociedad.

Tiene como objetivo equipar escuelas y comedores sociales con mobiliario producido a partir de envases de Tetra Pak reciclados, donde se fomenta la fabricación de sillas, pupitres y pizarrones escolares con contenido reciclado, demostrando que un envase puede seguir siendo útil aún al terminar su misión primaria.

En 2017, entregaron cerca de 200 de estos muebles a escuelas de Sanagasta, La Rioja, San Fernando, Gran Buenos Aires y Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Nespresso también ha comenzado en Argentina, en alianza con organizaciones ambientalistas, a recolectar y reciclar las cápsulas de café, tanto el aluminio que se reconvierte, como el propio café para su utilización como compost. La firma envía las cápsulas usadas a una planta de tratamiento especializada, donde se separa el aluminio del café.

“El desafío del mundo corporativo es pensar cada vez más en la cadena de valor y cómo trabajar alineados con otros sectores. Gran parte de los retos pueden superarse a través de alianzas que engloben y activen distintos actores. Se trata de extender el compromiso a todas las partes interesadas y liderar un proceso de concienciación y transformación”, afirma Mara Schlein, consultora de Sustentabilidad y Relaciones Gubernamentales de Basf.

“La magnitud de los desafíos globales que enfrentamos es demasiado compleja para que una persona o una única compañía los resuelva. La colaboración entre distintos actores y la cocreación se vuelven claves”, reflexiona Schlein.

El rol de los recicladores informales

Desde Fundación Avina señalan que solo dos de cada cien ciudades tienen programas formales de reciclaje, e incluso en esas ciudades, el funcionamiento de dichos sistemas es deficiente y se recupera apenas una pequeña fracción de los residuos potencialmente reciclables.

El grueso de los residuos que se reciclan llegan a la industria a partir del trabajo que realizan alrededor de dos millones de recicladores informales que trabajan en las calles de las ciudades y en los basureros de toda la región.

“Con su trabajo no solamente disminuyen la cantidad de desechos que se disponen en basurales y rellenos sanitarios, sino que además generan un flujo de insumos para la industria que disminuye la presión sobre los ecosistemas por la extracción de recursos naturales. Además, crean una fuente de empleo para ellos mismos y para otros miles de trabajadores de la industria del reciclaje y mejoran los presupuestos municipales al reducir los costos de la gestión de residuos”, enfatiza la organización.

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