Del Lazarillo de Tormes a la RSC pasando por la transparencia

¿Quién de vosotros no ha sentido vilipendiados sus derechos cuando en virtud de la cláusula x de su contrato de seguro se ha encontrado indefenso al comprobar que su siniestro no estaba cubierto? ¿Quién no ha sentido profunda indignación cuando todo fueron facilidades para instalar su línea de Internet y constata cláusulas abusivas y desinformación al desear dar de baja el servicio? Son tantos los ejemplos… pero esto será objeto de otro artículo.
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Siempre es bueno volver a los clásicos y comprobar, en ocasiones con tristeza, cómo esa novela picaresca de tamaño éxito en los siglos XVI y XVII sigue siendo una realidad en la ‘letra pequeña’ de no pocos contratos mercantiles que venimos refrendando en nuestro día a día.

Si hay un subgénero literario de nuestra prosa que nos es propio es el de la novela picaresca. Nacida entre los periodos renacentista y barroco, llegó para enaltecer nuestro Siglo de Oro. Sin duda es la gran obra del Lazarillo de Tormes en 1554 el mejor de los exponentes, pero junto a ella, otras como el Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán, o La vida del Buscón de Francisco de Quevedo, no van a la zaga en cuanto a elocuencia e ingenio.

En este ‘volver a los clásicos’ debemos preguntarnos qué queda de ese Lazarillo de Tormes; recapacitar sobre la herencia de esa picaresca española. Plantearnos qué permanece, en nuestra España, de la figura del pícaro, de esa persona bufona, traviesa y descarada; qué queda de una persona que tiene como costumbre el hurto, un ‘hurto’ que no considera robo.

Hoy deberíamos pararnos a pensar qué nos resta del pícaro, de ese ser o empresa que no posee ambiciones, ni oficio, que se encarga de servir a un sinfín de amos para poder sobrevivir: “Poderoso caballero es don dinero”. Persona o entidad, de personalidad fría y distante, carente de romanticismo y completamente escéptica.

¿Qué resta hacer cuando la buena fe o buena voluntad de una persona se enfrenta a esa ‘letra pequeña’ y pícara que la gran empresa anexionó a nuestro contrato? ¿Indignarse? ¿Denunciarlo? En no pocas ocasiones… poco o nada.

Pero, para fortunio de los consumidores y usuarios de bienes y servicios, contamos cada vez más con más, mejor y variada información. Es la transparencia, pilar fundamental de eso que hoy convenimos en llamar responsabilidad social, quizá uno de los mejores antídotos para combatir y contrarrestar la picaresca de no pocas entidades que vienen deslegitimando el buen hacer de otras muchas.

Gran avance supuso la aprobación de la Ley 19/2013, de 9 de diciembre, de transparencia, acceso a la información pública y buen gobierno. Una ley que vino a reforzar el derecho de los ciudadanos a acceder a la información sobre actividades públicas y que hoy sigue pendiente de un mayor desarrollo reglamentario. Actualmente son públicos, entre otros, los sueldos de nuestros dirigentes, la adjudicación y proceso de adjudicación de los contratos públicos y, ante cualquier duda, siempre podremos preguntar en los distintos portales de transparencia cuanta precisión demandemos.

En el sector privado la ‘cruzada’ contra la ‘letra pequeña’ viene determinada por la aplicación voluntaria de la transparencia.

En el sector privado la ‘cruzada’ contra la ‘letra pequeña’ viene determinada por la aplicación voluntaria de la transparencia. Por el hecho de que las entidades comprendan que no es de ‘entidades honradas’ intentar vestir de lana al lobo y que el hurto de la novela picaresca, pese a no constituir delito de robo, no puede fundamentar el obrar de empresas que aspiran a convertirse en aquello que denominamos como ‘socialmente responsables’.

La ley 11/2018, de 28 de diciembre, en materia de información no financiera y diversidad obligará, a partir de 2021, a todas aquellas empresas de más de 250 trabajadores, a reportar sobre cuestiones medioambientales y sociales, así como las relativas al personal, al respeto de los derechos humanos y a la lucha contra la corrupción y el soborno. La ley forzará a las empresas a ser transparentes, a que se sometan a criterios de buen gobierno y a que la transparencia en el trato con sus clientes adolezca de ‘letras pequeñas’. Lo mejor de todo quizá sea su inevitable avance.

Pero si la empresa española, si la pyme y la multinacional, aspira de verdad a convertirse en modélica a nivel internacional, deberá dejar a un lado esa picaresca que cuenta ya con más de cinco siglos de existencia y dar un paso al frente. La empresa española, sobre la base de unos estándares de responsabilidad social, debe hacer de la transparencia una de sus características definitorias.

O la empresa entiende que la picaresca y el ‘hurto’ forman parte del pasado; que este subgénero literario que tanto dio a nuestra época dorada de las letras ya no es de este siglo, o será el consumidor, seremos los consumidores y usuarios, los que con nuestra opción cada vez más informada de pauta de consumo, lograremos dar la espalda a quienes no nos acompañen con su coherencia y praxis empresarial.

Si bien la picaresca pudo llegar a posibilitar, antaño, el crecimiento empresarial en el corto plazo, será hoy una de las principales amenazas para su subsistencia en el medio y largo plazo. La responsabilidad social y un consumidor cada vez más concienciado, serán las mejores herramientas para que la picaresca pase a ser, ‘simplemente’, parte de nuestro pasado.

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