¿Formar personas o rentabilidades? Educar en RSC como modo de vida

“Las personas mayores me aconsejaron que dejara a un lado los dibujos de serpientes boas abiertas o cerradas y que me interesara un poco más en la geografía, la historia, el cálculo y la gramática. Así fue cómo, a la edad de seis años, abandoné una magnífica carrera de pintor. Estaba desalentado por el fracaso de mi dibujo número 1 y de mi dibujo número 2. Las personas mayores nunca comprenden nada por sí solas y es cansador para los niños tener que darles siempre y siempre explicaciones”. Antoine de Saint-Exupéry (1900-1944), ‘El Principito’.

Una pregunta recurrente a todo adolescente es “¿qué te gustaría estudiar? ¿Has pensado en hacer una carrera? ¿Ciencias o letras?”. Y, a continuación, bien de manera directa y en voz alta, bien como una vocecita interior, toda persona mayor se pregunta “¿cuál es la salida profesional? ¿Habrá pensado qué oportunidad laboral tendrá cuando concluya los estudios?”.

Y, desgraciadamente, esa es la pregunta que unos y otros, de manera consciente o inocente planteamos reiteradamente a nuestra juventud.

Recuerdo cuando a los 17 años tomé la decisión de descartar unos estudios en arquitectura o ingeniería para los que todos me animaban por mis resultados en matemáticas y las salidas profesionales que parecían dibujarse en aquel entonces.

Opté por iniciar unos estudios en Ciencias Políticas que en aquel año 2001 y en zona no urbana pocos conocían, y cuya salida profesional, fruto del desconocimiento, pocos contemplaban como halagüeña.

Un sabio consejo, como tantos otros, me propiciaron mis padres: “Estudia lo que te gusta, estudia por aprender, cinco años son muchos años”. Y así fue como, gracias al apoyo de mis padres, me enfrasqué en unos estupendos estudios que tanto me propiciaron y a los que tanto debo.

Desgraciadamente, esta no es la realidad para muchos de nuestros jóvenes en una sociedad donde el utilitarismo parece anteponerse al raciocinio y al sentido común. En no pocas ocasiones se estudia en base a la salida económica y profesional no por ejercer el día de mañana un trabajo en el que uno se sienta realizado y por el que sienta verdadera vocación. Si uno disfruta en su trabajo será un gran profesional, la aptitud siempre multiplica.

Hacia un Grado en responsabilidad social y sostenibilidad

El pasado mes de enero, tuvo lugar en Zaragoza el Séptimo Congreso Internacional de Responsabilidad Social que se organiza de manera bienal en la capital aragonesa. Como miembro del Comité Científico tuve el privilegio de moderar tres sesiones de diálogo sobre la formación y el modelo educativo de la responsabilidad social. Unas mesas que contaron con los responsables de los principales programas universitarios que, tanto en España como en Iberoamérica, se vienen impartiendo sobre la materia.

Las cuestiones a dilucidar eran claras: ¿Qué y cómo se imparte la responsabilidad social en las universidades y escuelas de negocios? ¿Son suficientes los aprendizajes y contenidos en materia de responsabilidad social? ¿Cuáles son las metodologías utilizadas?… pero por encima de todas estas preguntas había una que me sobrevolaba ¿es posible la confección ya no solo de un máster o un programa de postgrado, sino de todo un grado de cuatro años en materia de responsabilidad social y sostenibilidad?

Una de esas noches de Congreso debatiendo, entre otros, con mi buen amigo Álvaro Rodríguez, que entre otras funciones es el coordinador general en España de The Climate Reality Project (la Fundación de Al Gore sobre cambio climático), nos llegamos a plantear: ¿Tan complicado es pensar en un modelo educativo, ya no solo a nivel universitario sino de educación previa obligatoria, que anteponga criterios humanos y medioambientales a cuestiones meramente numéricas y de rentabilidad?

Es más, un modelo educativo asentado en paradigmas de rentabilidad, ¿no debería anteponer que una sociedad que no se preocupa por su medio ambiente está llamada más pronto que tarde a certificar su insostenibilidad? ¿De qué nos sirven los bienes materiales si somos insensibles e incapaces de empatizar con las personas que compartimos espacios y tiempos?

Un modelo educativo asentado en paradigmas de rentabilidad, ¿no debería anteponer que una sociedad que no se preocupa por su medio ambiente está llamada más pronto que tarde a certificar su insostenibilidad?

De El Principito a la realidad, pasando por el sentido común

Con estas preguntas es como llegué a uno de mis clásicos favoritos: El Principito. Casi un siglo de existencia y unas enseñanzas tan actuales. Parece mentira. El Principito ya nos alertaba de cómo los humanos limitamos la creatividad, de cómo damos por absolutas interpretaciones que podrían tener varias acepciones.

Probablemente, si acudiese a la Tierra un visitante de ese asteroide B 612 nos preguntaría: ¿De verdad sois capaces de vivir cuatro años enteros reflexionando sobre números y cuentas estudiando Matemáticas o Económicas?

Obviamente nunca abogaré por la eliminación de unos estudios en Matemáticas, Economía o Ingeniería, entre otras cosas porque son el futuro y porque, como me dijese mi buen amigo Carlos Barrabés: “Quienes sepan de números, quienes conozcan cómo interactuar con los robots liderarán el mundo”. Eso sí, deberíamos plantearnos que los números solos no bastan, que estos no son por sí mismos suficientes.

Como tantas cosas en esta vida, todo pasa por la complementariedad, por un término medio que apueste por las evidencias sin obviar o postergar lo humano y los recursos; esa debería ser la esencia de todo modelo educativo. No podemos olvidar que la medición de los impactos positivos que generamos en personas y naturaleza también deben ser medidos y que su ‘rentabilidad’ está más que demostrada.

Con todo ello me afianzo en mi reflexión: que no es solo posible la conformación de un grado de cuatro años en responsabilidad social y sostenibilidad que nos hable de números, de crecimiento económico, de análisis macro y micro poniendo en el centro a personas y naturaleza, sino que esos fundamentos básicos deberían empezar por impartirse en la educación primaria y secundaria, atestiguando que un modelo de empresa y sociedad sostenibles no son solo posibles sino necesarios.

De la obsesión por los números a la responsabilidad

Parafraseando a Saint-Exupéry ¿son los adultos los que se preocupan por las cuestiones numéricas? ¿Es la preocupación por personas y naturaleza una cuestión de niños, es una concepción de otro planeta o es simplemente una cuestión de sentido común?

“A los adultos les gustan los números. Cuando uno les habla de un nuevo amigo, nunca preguntan sobre lo esencial. Nunca te dicen: ¿Cómo es el sonido de su voz? ¿Cuáles son los juegos que prefiere? ¿Colecciona mariposas? Te preguntan: ¿Qué edad tiene? ¿Cuántos hermanos tiene? ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto gana su padre? Solo entonces creen conocerlo”.

“Si uno dice a los adultos: He visto una hermosa casa de ladrillos rosas, con geranios en las ventanas y palomas en el tejado… no lograrán imaginarse la casa. Es necesario decirles: He visto una casa de cien mil francos. Entonces exclaman: ¡Qué hermosa es! Si les decís: La prueba de que el principito existió es que era encantador, que reía y que quería un cordero. Cuando se quiere un cordero, es prueba de que se existe, se encogerán de hombros y os tratarán como se trata a un niño. Pero si les decís: El planeta del que venía es el asteroide B 612, entonces quedarán convencidos y no molestarán más con sus preguntas. Son así, no hay nada que reprocharles. Los niños deben ser muy indulgentes con los adultos”.

Antoine de Saint-Exupéry (1900-1944), El Principito

Es la obsesión por la ciencia exacta, por los números, por lo numérico, por la rentabilidad. ¿Tanto nos cuesta entender que vivimos en un mundo finito con recursos limitados? ¿Tanto nos cuesta dar valor a lo que realmente importa? ¿Tanto nos cuesta poner a la persona en el centro de nuestro modelo productivo y en el epicentro de nuestra sociedad?

Otro modelo de sociedad es posible, donde personas y naturaleza se respeten, y nosotros, los humanos, tenemos la responsabilidad de materializarlo.

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