Ética y moral, la mirada crítica de Astérix

“Nos encontramos en el año 50 antes de Jesucristo. Toda la Galia está ocupada por los romanos… ¿Toda? ¡No! Una aldea poblada por irreductibles galos resiste todavía y siempre al invasor”.

Así comienzan todas las aventuras de Astérix y Obélix, el mítico cómic repleto de gags, peleas y acaloradas discusiones en donde los romanos son derrotados por los galos que celebran sus victorias con banquetes de exaltación de la camaradería a la luz de la luna.

Pero ¿estamos hablando de un inocente tebeo cuya lectura es exclusiva para niños? No. Su visionado está especialmente recomendado para lectores adultos. Se trata de una cruda metáfora de la sociedad occidental actual.

La ética, en cuanto a la definición del bien y del mal y sus relaciones con la moral y el comportamiento humano, son temas recurrentes en la saga de los maestros Goscinny y Uderzo que retrata la decadencia romana y el derrumbe de su Imperio, temeroso de la barbarie a las puertas, pero sin recabar en la que crece en su interior.

En nuestros tiempos, la acomodada y altiva sociedad moderna, avanzada tecnológica y digitalmente, ofrece claros y oscuros, riesgos y amenazas, dudas e incertidumbres en un cóctel de violencia e intransigencia camuflado que el populismo disfraza de eufemismos.

En 2010 el consejero delegado de HP, Mark Hurd, tuvo que dimitir tras ser pillado agasajando a una colaboradora con cenas y viajes por todo el mundo, a costa del erario de la multinacional. Se conoce que tenía una estrecha relación personal cuya naturaleza ‘no estaba clara’.

En 2017 Dave McClure, el fundador de la firma de inversiones 500 Startups, confesó: “Soy un depravado”, tras reconocer que se propasó con muchas mujeres a quienes conocía por motivos laborales y de cuya situación profesional se aprovechaba.

Entre las viñetas de Astérix en Helvecia (1970) encontramos sórdidas orgías de lujuria y gula. Plebeyas ligeras de ropa danzan y escancian vino a orondos patricios. Una mujer azuza con una fusta a su montura, un noble y alcoholizado romano que engulle manjares directamente desde un plato en el suelo, entre restos de comida desperdigada.

En Astérix y el caldero (1968), las obras de teatro más rompedoras son aquellas que reclaman la libertad sexual (“¡Orgías, orgías, queremos orgías!”). Sin embargo, las que hacen lo propio con la libertad de pensamiento y osan afrentar al político de turno (“Están locos estos romanos”) serán censuradas. Si se producen protestas, la turba será sofocada con dureza por la guardia pretoriana y sus promotores encarcelados.

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Hoy en día, el Barómetro Global de la Corrupción (GCB- Global Corruption Barometer) de la Unión Europea elaborado por Transparencia Internacional reconoce que los europeos no piensan que la corrupción política sea un problema baladí.

Muchos la han sufrido de forma directa, debiendo hacer frente al pago de soborno o a la utilización de relaciones personales para acceder a los servicios públicos. En todos los tiempos ha habido corrupción, tráfico de influencias, maldad y estulticia. “¡Me han nombrado gobernador de Condate (Rennes) durante un año! ¡Dispongo de ese tiempo para hacerme rico! ¡Antes de que Roma reaccione ya estaré lejos y forrado!”, se relame Graco Ojoalvirus (Astérix en Helvecia). Por su parte, Grachus Astutus, el Gobernador de Lutecia (París) es capaz de organizar una red de tráfico ilegal de hoces de oro solo para distraerse: “Me aburro tanto”, afirma bostezando en La hoz de oro (1960).

La decadencia no es exclusiva de los romanos. Los egipcios fueron creadores de imponentes y majestuosas esfinges, templos y pirámides. En Astérix y Cleopatra (1965), sus decrépitos palacios y viviendas, de trasnochadas arquitecturas de tendencia cubista, parecen estar siempre a punto de derrumbarse.

Los constructores de la mítica Alejandría utilizan métodos, herramientas y materiales obsoletos. Las piedras que sirven de base se trasladan por el río Nilo desde lejanas canteras y sufren constantes saqueos y accidentes que retrasan y encarecen las obras.

Además, los esclavos se soliviantan exigiendo, no ya una manutención digna, sino una disminución de latigazos por parte del capataz que, en clara correlación con la productividad, dispara los índices de absentismo. Las técnicas de persuasión con los equipos directivos en pos del logro de los objetivos corporativos son extremos: o serán carnaza para los cocodrilos sagrados del Nilo o se les enrunará de oro.

Afortunadamente, nuestros galos favoritos propondrán innovadoras soluciones como remodelar la logística salvaguardando la trazabilidad de la valiosa cadena de suministros y apostar por el kilómetro cero invirtiendo en canteras que producen nuevas materias primas mediante la investigación y la innovación.

¿Cómo motivar a carretilleros, albañiles y peones? Mediante el diálogo con ese grupo de interés, los caciques comprenderán que el salario económico unido a salario emocional y al salario reputacional, alinea el cumplimento de los objetivos de todas las partes.

La poción mágica del druida Panorámix otorga fuerza sobrehumana por lo que los zurriagazos dejarán de ser necesarios, lo que aumentará su motivación y productividad. Sin penuria alguna, los trabajadores trabajan con jolgorio y armonía y las obras avanzarán sin pausa.

La extrema competitividad entre los insignes arquitectos Numerobis y Paletabis producía efectos perversos y prácticas indeseables rayando la elusión legal. Sin embargo, gracias a la leal intermediación de la administración pública liderada por Cleopatra, se entenderá que la colaboración es una herramienta que genera más valor.

De esta manera, emergen nuevas habilidades basadas en la especialización y el trabajo en equipo como la rehabilitación de edificios ya existentes antes que por desarrollar nuevos desde cero optimizando el uso de materiales y disminuyendo efectos perniciosos como la contaminación (estética o de generación de vertidos).

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