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Desde la cárcel: La libertad de un empleo

La privación de libertad desencadena, o intensifica, el desarraigo social sacando a relucir ciertas carencias previas o adquiridas en prisión, como es la falta de una cualificación profesional. Para allanar el difícil camino hacia la reinserción laboral de los más de 70.400 presos en España, fundaciones y ONG trabajan dentro y fuera de los centros penitenciarios para contrarrestar las circunstancias de exclusión sociolaboral que la cárcel llega a hacer crónicas en muchos casos.
Nuria García31 enero 2013
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Datos oficiales cifraban en 70.472 el número de personas cumpliendo condena en España a finales de 2011. Esto sitúa al país a la cabeza de la Unión Europea en número de reclusos por cada 100.000 habitantes, según las informaciones que baraja Fundación Atenea, una de las organizaciones españolas con más experiencia en programas de reinserción.

“Las penas privativas de libertad y las medidas de seguridad estarán orientadas a la reeducación y reinserción social”, reza el artículo 25.2 de la Constitución Española. La formación para el empleo y la actividad laboral de los internos está encomendada al Organismo Autónomo de Trabajo Penitenciario y Formación para el Empleo, dependiente de la Secretaría General de Instituciones Penitenciarias.

Sin embargo, la coordinación de este ingente trabajo solo es posible gracias a las más de 500 entidades colaboradoras en España. Hasta ahora, esta alianza ha sido un instrumento eficaz de reinserción dentro de los establecimientos penitenciarios y en dependencias de medio abierto.

Fundación Atenea, creada en 1985, es una de estas organizaciones. Está entre las 10 entidades con representación en el Consejo Social Penitenciario, el órgano consultivo adscrito a la Secretaría General de Instituciones Penitenciarias. Según datos de esta fundación, el 32,4% de la población penitenciaria se encontraba en paro antes del ingreso en prisión y el 35,8% solo contaba con recursos procedentes de la economía sumergida. Sólo un 5% de las personas reclusas en España tiene estudios universitarios.

“Cifras como éstas demuestran la necesidad de trabajar en las cárceles la reinserción social de reclusos, tanto en programas de atención psicológica y social como de integración laboral en el medio abierto”, afirma Henar L. Senovilla, directora de Comunicación, Incidencia Política y Responsabilidad Social de Fundación Atenea. “Solo mediante una reinserción efectiva es posible evitar la reincidencia y romper la inercia de exclusión social de las personas reclusas y ex reclusas”.

Reincorpora

Fundación La Caixa tiene en marcha un amplio programa que, desde 2011, persigue el objetivo de facilitar itinerarios de inserción sociolaboral en centros penitenciarios. La iniciativa no es del todo nueva. Reincorpora tiene su origen en el programa Becas para Reclusos, un programa de formación “pura y dura”, como explica el coordinador, Josep Oms.

Una de las novedades que trae Reincorpora es el acceso a actuaciones de servicio a la sociedad al término de las sesiones formativas. “En esta fase de trabajos de ayuda a la comunidad, el recluso, después de años fuera de la sociedad, ensaya su regreso prestando un servicio útil y necesario. Este tipo de actividad ayuda a normalizar la vuelta a la sociedad”, según Oms.

El montante de la financiación por parte de Fundación La Caixa para Reincorpora asciende a unos 6,8 millones de euros. Las cifras de 2012 hablan de una participación de 66 entidades sociales, 72 centros penitenciarios de toda España y también 89 centros de formación. El programa benefició a un total de 1.364 internos el pasado año.

A todos los participantes se les exige compromiso de 6 meses para el itinerario formativo, periodo en el que Fundación La Caixa les ofrece una ayuda mensual de 150 euros. El control de resultados es crucial: existe una aplicación informática que lleva el seguimiento de toda la actividad de Reincorpora en España. “Sabemos perfectamente dónde está cada participante en cada momento, en qué situación está dentro del itinerario”, garantiza Josep Oms.

Prisión, drogas y exclusión

Fundación Atenea también está vinculada al programa Reincorpora desarrollando su trabajo desde dentro de las prisiones, más concretamente en Extremadura y Andalucía. Esta última comunidad es la que más reclusos acoge actualmente en sus centros penitenciarios.

La palabra cárcel va inevitablemente ligada a la exclusión social y las drogodependencias. Entre del 70% y el 80% de los presos en España están privados de libertad por delitos relacionados con drogas, bien por consumo, o bien por lo que se conoce como delito funcional, es decir, acciones cometidas bajo la influencia de estupefacientes o con el fin de conseguirlos. El 79,7% de las personas que entran en prisión consumían drogas antes de su ingreso, especialmente alcohol, cocaína y heroína. Son datos aportados por la Unión de Asociaciones y Entidades de Atención al Drogodependiente (UNAD).

En el momento de la liberación de un interno, se evidencian sus problemas de integración social, familiar y laboral. La cárcel no forma profesionalmente y hace perder ciertos hábitos laborales, de ahí el énfasis de Fundación Atenea en la necesidad de la “formación antes de la libertad”.

La preparación para el empleo en libertad se lleva a cabo mediante talleres formativos (cocina, viverismo, carpintería, etc.), que “les permitan acreditar luego dicha formación y estar más preparados para entrar en el mercado laboral”, indica Henar L. Senovilla.

A su vez, el programa tiene un apartado de acciones a la sociedad. Un bonito ejemplo en Extremadura: un grupo de reclusos de la cárcel de Badajoz, tras realizar un curso de 200 horas sobre instalaciones, ha impulsado la creación de un huerto urbano en un colegio público a fin de fomentar la educación medioambiental y favorecer la calidad de la dieta del comedor escolar.

Al margen de esto, Fundación Atenea impulsa otros programas de apoyo al empleo en libertad para reclusos de la Comunidad de Madrid y de Castilla-La Mancha. Senovilla comenta que aquí se trata de “una intervención individualizada y consensuada con cada persona en dos momentos diferentes”: en el medio cerrado (la prisión) se realiza ya un diagnóstico de la empleabilidad del recluso, de sus capacidades, habilidades y su actitud para la búsqueda de empleo; y también en los talleres de motivación al empleo y competencias pre-laborales para personas con una excarcelación efectiva menor a un año que estén disfrutando de permisos penitenciarios, en vías de obtener la libertad condicional o el tercer grado.

La calle a la cárcel

La Unidad Terapéutica y Educativa (UTE) del Centro Penitenciario de Villabona, Asturias, representa un modelo alternativo a la cárcel tradicional intentando eliminar la subcultura carcelaria y buscando crear un espacio educativo. En esta UTE conviven hoy 480 internos e internas y desempeñan su labor cerca de 79 profesionales en un equipo multidisciplinar formado por trabajadoras sociales, maestros, educadores, psicólogos y monitores ocupacionales.

Luis Lera es un voluntario de la ONG Pastoral Penitenciaria en este penal situado entre Avilés y Gijón. Relata cómo las autoridades penitenciarias solicitaron en los entornos de la Iglesia “personas que llevaran la calle a la cárcel”. Mediante una formación de casi un año, se pretende “mentalizar a los internos de que hay otra forma de vivir”.

Este voluntario se siente plenamente convencido de que una formación profesional buena no es completa si no va acompañada de una formación humana. Comenta un caso que genera esperanzas: “Tenemos a Lázaro que, después de 30 años de prisiones, hizo un curso de ayuda a domicilio a los 47 de edad y ya trabaja a nivel particular. Va a empezar en una residencia de mayores”

En los módulos de la UTE de Villabona las actividades más habituales están relacionadas con la cocina, la jardinería, los invernaderos, la limpieza o las reparaciones. Luis Lera y otros colaboradores han intentado organizar tai chi, religión, lecturas, pero los participantes van abandonando: “No hay continuidad. No se les puede obligar”, sentencia el voluntario.

De Asturias a Madrid. Conchi Corona, desde Fundación Tomillo, explica la pauta de trabajo que desarrolla su equipo de reinserción en el mundo de la cocina con reclusos de tercer grado: “Se hace una selección de personas para ver su nivel motivación. El primer bloque consiste en una formación de unas 280 horas donde, aparte de las competencias técnicas relativas al trabajo en cocina, hay competencias transversales que tocan el aspecto de la autonomía, del trabajo en equipo y otros aspectos que tienen poco desarrollados por su estancia en prisión”.

En una tercera fase, se implican con ellos en la orientación e intermediación laboral con posteriores prácticas en empresas. Los alumnos reciben consejos de los profesionales de Fundación Tomillo en cómo resolver conflictos a nivel laboral, en imagen personal, trato con los compañeros o, simplemente, en cómo afrontar las órdenes. Y es que no basta con saber cocinar.

Aunque se les forma para ser ayudantes de cocina, muchos participantes vienen de diversos sectores del mercado. No resulta raro que muchos no sepan siquiera lo que es tener trabajo fijo. “El objetivo de reinserción ronda el 30% de los reclusos participantes, que, en general, son jóvenes de hasta 36 años. Muchos han dado tumbos por el mercado laboral sin una profesión concreta”, comenta Conchi Corona. ”Es importante que en la etapa de las prácticas laborales lo hagan bien en las empresas, porque es su oportunidad para que les conozcan y quedarse allí a trabajar”, subrayan desde la Fundación Tomillo.

Por Nuria García
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