Del oso panda a la conservación con rostro humano

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Si bien la pobreza o la mortalidad infantil son temas muy sensibles atendidos por numerosas organizaciones y gobiernos, sus efectos no suelen ser tan perceptibles para cualquier habitante del planeta como lo son los generados por la degradación ambiental.

En efecto, para una gran parte de la población, los problemas de pobreza se reducen a unas cuantas imágenes que desaparecen al apagar el televisor. No afectan directamente a sus vidas. Por el contrario, los problemas ambientales aprovechan su ubicuidad y su globalización para infiltrarse en la vida de cada uno, perjudicándola en grados diferentes, y generando un proceso de sensibilización constante.

Tal es el caso del recalentamiento del planeta, tema que ha hecho que las poblaciones más diversas comiencen a relacionar las transformaciones climáticas locales con la situación climática global.

Esta combinación de sensibilidad y de realismo sobre cómo los problemas ambientales afectan nuestra vida diaria, ha dado un gigantesco crédito al esfuerzo de protección medioambiental.

LA ERA DE LA PROTECCIÓN DE LAS ESPECIES. En los años 70, surgió la figura del oso panda como imagen que representaba la necesidad de proteger la naturaleza y en particular las especies en peligro de extinción.

La dificultad de entender la complejidad de los ecosistemas, cuestión que la joven ciencia ecológica puso al descubierto, favoreció, paradójicamente, la emergencia en esta época de un imaginario colectivo muy mediatizado que utilizaba numerosos elementos simplificados (y no siempre científicos) del lenguaje ecológico.

Es así como el comandante Cousteau con las hazañas de su Calypso o la actriz francesa Brigitte Bardot con la defensa de las crías de foca y otros personajes famosos generaron en esa época impactos e interés entorno a esta nueva y loable preocupación.

La evolución y la organización del mundo conservacionista se fue estructurando alrededor de una estrategia que dividía en tres períodos la relación de los humanos y la naturaleza: el pasado harmonioso, el presente catastrófico y el futuro redentor. Con esta estrategia, las jóvenes ONGs de protección de la naturaleza abrieron rápidamente enormes mercados de sensibilidad.

Si bien al principio su credibilidad ante el mundo científico era muy limitada, ya que las ONGs eran vistas como las instrumentalizadoras de la información científica con fines de recaudación de fondos, rápidamente se llegó a una simbiosis entre (los) dos tipos de instituciones: las que se centraron en la denuncia de los grandes males y las que intentaban actuar sobre el entorno a través de la ejecución de programas y proyectos.

En efecto, en los países occidentales, este nuevo universo de sensibilidades emergentes dio origen a un mercado de donantes individuales muy importante, y tal y como ocurre en la mayoría de los mercados, la oferta se diversificó y se hizo más competitiva.

De esta manera, estas sensibilidades fueron aprovechadas de formas muy variadas por diferentes grupos de protección de la naturaleza, desde el enfoque light y científico adoptado por instituciones como WWF, hasta las operaciones «comando» que distinguieron el activismo ecológico promovido por Greenpeace. Si bien las dos estrategias parecen filosóficamente muy diferentes, ambas buscaban el mismo objetivo: el bolsillo del consumidor bien intencionado.

El pensar y el actuar de las ONGs de este periodo está igualmente marcado por el todopoderoso concepto de «vida silvestre».

Este concepto representaba una visión de la naturaleza como «santuario», que buscaba satisfacer las necesidades espirituales y de recreo de una creciente población urbana, que a su vez representaba a la mayoría de los donantes. Este concepto excluía al ser humano, y en particular al poblador originario de los espacios naturales. Se generó así una lógica maltusiana que asignó a los pobladores de estas zonas no urbanas el calificativo de predadores y destructores de los recursos naturales.

CONSERVACIONISTAS CON CORBATAS. A principios de los años 80, ya existían muchos competidores en el mundo de la protección de la naturaleza. La gran mayoría seguía apuntando al bolsillo del consumidor que, gracias al apoyo creciente de los medios de comunicación, se encontraba cada vez más informado, sensible y, por ende, generoso.

Para muchas organizaciones fue el momento de cambiar de estrategia, de ampliar su market share y apuntar a otros tipos de bolsillos.

Si bien la mayoría de los logos de las instituciones de protección de la naturaleza en los años 70 y mediados de los 80 mostraban un enfoque específico relacionado con la protección de determinadas especies (Panda de WWF, Oryx de Fauna and Flora Preservation Society, Ranas de Rain Forest Alliance, aves, flores, hojas, etc.), a partir de la segunda mitad de los 80 comenzaron a aparecer logos más ecosistémicos, con representaciones del medio natural (Conservation International, Wildlife Conservation Society, etc.).

Si se quería conservar el oso panda, ahora estaba claro que primero se debía proteger su ecosistema, su territorio de vida.

En la segunda mitad de los años 80, el mundo de las ONGs de conservación se consolidó de forma importante.

Tanto los nuevos enfoques territoriales como sus estrategias de marketing, alcanzaron no sólo al consumidor individual sino también a las empresas y corporaciones que, en un mundo en plena globalización, comenzaron a sentirse interesadas por la protección del medio ambiente. Al esfuerzo de las ONGs conservacionistas se unió la corporación global, que aprovechó todas las bondades de la conservación ambiental para pintar su imagen de verde e incursionar en los territorios acotados de las organizaciones conservacionistas.

En esta época, el mundo del activismo ecológico «de calle» cedió parte de su espacio a conservacionistas sin barba y con corbata, cuyo objetivo era negociar y trabajar con el «enemigo». El lema: «si no eres parte de la solución, eres parte del problema», hizo milagros y mantuvo sutilmente al empresariado entre la amenaza y la solución.

Los grandes desastres ambientales (Seveso, Bhopal, Amoco, Tchernobyl) ocurridos entre finales de los 70 y mediados de los 80 conseguieron sensibilizar tanto al público como al empresariado, que empezó a ver ahora como sus operaciones se encontraban «bajo la lupa» de unas instituciones cada vez más tecnificadas y organizadas.

El activismo ecológico ya no era asunto de unos cuantos hippies, y su creciente poder podía perjudicar seriamente la imagen y los negocios de la empresa.

La Cumbre de la Tierra celebrada en Río de Janeiro en el año 1992 impulsó otro cambio en la evolución del concepto de conservación y el papel de las ONGs. La consagración del concepto de «desarrollo sostenible» permitió por primera vez a las ONGs conservacionistas situarse como los actores principales de una nueva comunidad global.

Con este posicionamiento, estas organizaciones pudieron acceder de forma privilegiada a nuevas mega-herramientas financieras y programas de cooperación internacional específicos. Así, luego de haber garantizado su acceso al bolsillo del individuo y de las empresas, el concepto de desarrollo sostenible les permitió ahora tener acceso al bolsillo de los gobiernos.

Cabe remarcar que la Cumbre de Río representó un notable cambio dentro de las prioridades internacionales en términos de cooperación. En efecto, luego de la caída del Muro de Berlín, el concepto de desarrollo, promovido desde el final de la segunda guerra mundial, se había venido cuestionando y replanteando sobre la base de un nuevo escenario mundial.

De manera alternativa, el nuevo concepto de desarrollo sostenible ofreció una nueva base para las políticas de cooperación. Se abrieron entonces para las ONGs ambientalistas nuevos retos y oportunidades.

¿NEOCOLONIALISMO AMBIENTAL? Apoyándose en el concepto de desarrollo (ecológicamente) sostenible, las ONGs de conservación fagocitaron paulatinamente gran parte de los espacios y fondos tradicionales dedicados al desarrollo social. Con una visión más moderna y tecnificada, apoyada por el carisma de su misión y el apoyo de los medios de comunicación, estas organizaciones consiguieron desplazar a actores tradicionales de la cooperación en el ámbito social.

En efecto, más allá de la protección de especies, los conservacionistas y ambientalistas actuales trabajan sobre espacios territoriales (protegidos o por proteger) y con los habitantes que allí trabajan y desarrollan sus vidas. De este modo, cuando no les es posible «expulsar» a las comunidades de esas áreas, emprenden programas orientados a hacer más sostenible el esquema de desarrollo local mediante el impulso de mecanismos socioeconómicos.

Se podría decir que desde una visión inicial de protección de determinadas especies en peligro de extinción, se pasó a un concepto de conservación del territorio y, más específicamente, de desarrollo de áreas protegidas.

Posteriormente, al ver que estas áreas estaban muy relacionadas con el contexto socioeconómico circundante, fue necesario ampliar la escala del trabajo hacia un nuevo concepto: el de «paisaje productivo». De acuerdo con este nuevo esquema, en las estrategias de conservación se incluyen por vez primera a las comunidades locales como factores imprescindibles para la conservación.

Desaparece la disyuntiva poblaciones o naturaleza, para ser sustituida por un enfoque integrador que proporcione a las comunidades locales incentivos económicos para la conservación del territorio.

Con este enfoque y esta amplitud de actuación, las ONGs conservacionistas «aglutinaron» una gama mucho mayor de las opciones de financiamiento, desde fondos para la investigación hasta programas de microfinanzas dedicados al mejoramiento de la sostenibilidad de los sistemas productivos.

A estos esfuerzos, se fue incorporando cada vez más el mundo empresarial y corporativo.

Así, por ejemplo, se ha podido observar la rapidez con la cual programas de certificación de café con enfoques de conservación de la biodiversidad, han sido «adoptados» por grandes empresas como Starbucks.

La capacidad de consolidación de las ONGs de conservación no sólo está estrechamente relacionada con su creatividad, sino también con su capacidad de lobby ante empresas, corporaciones e instituciones dedicadas al desarrollo. Esta capacidad institucional no se encuentra por igual en todas las organizaciones.

Es de destacar que el 70% del gasto global en conservación es manejado en la actualidad por tan solo cinco organizaciones no gubernamentales internacionales: Unión Internacional de Conservación de la Naturaleza – IUCN, World Wide Fund – WWF, The Nature Conservancy – TNC, Conservation International – CI y Wildlife Conservation Society – WCS. Estas llamadas BINGO (Big International NonGovernmental Organizations) reúnen miles de empleados distribuidos entre sus sedes y su oficinas en más de cincuenta países .

Cada vez más estas grandes ONGs se han «corporativizado». The Nature Conservancy, por ejemplo, declara tener casi dos mil empresas comerciales como patrocinadoras.

De igual modo, Conservation Internacional ha obtenido importantes donaciones de grandes fundaciones, como la Ford o la McArthur. También ha recibido el financiamiento de fondos multilaterales como el Global Environment Facility y, más recientemente, un «megaGrant» de unos 280 millones de dólares de la Fundación Betty y Gordon Moore, record a nivel de la conservación para la región Andes-Amazonia.

Figuras muy populares como el actor Harrison Ford, miembro del consejo de administración de CI, proporcionan la credibilidad y visibilidad necesarias a las grandes campañas de «fundraising», mientras revistas como National Geographic resaltan en sus páginas las labores institucionales de estas organizaciones.

Si bien las herramientas de trabajo han cambiado, el objetivo de estas organizaciones sigue siendo la conservación de una serie de hotspots ricos en recursos naturales y distribuidos en países en desarrollo.

Esta estrategia territorializada ha tenido un enorme costo en cuanto a la credibilidad de estas organizaciones en los países en desarrollo. En muchos casos se ha interpretado su actuación como una suerte de neocolonialismo ambiental post guerra fría. Las experiencias de canje de deuda por recursos para la conservación realizadas en varios países, han sido interpretadas por muchos sectores como un asalto a la soberanía de los países y una compra indirecta de sus recursos.

El hecho es que entre el año 1962 y hoy, el trabajo conservacionista, encabezado por las cinco ONGs líder, ha logrado pasar de un número de 1000 áreas protegidas a 108.000, lo cual representa el 12% de toda la superficie terrestre y equivale a la superficie continental de África. Este esfuerzo ha sido acompañado y facilitado por una gran cantidad de gobiernos de los países en desarrollo.

Si este proceso está acompañado por acciones de transferencia tecnológica y mejoras de políticas públicas que permitan que realmente estas áreas estén protegidas más allá del papel, se puede considerar estas cifras como muy exitosas para los conservacionistas y para el género humano, pero ¿qué pasa con la gente que vive en estos territorios?

PARQUES Y GENTE. Como hemos visto, desde sus orígenes el tema de la protección del medioambiente ha venido marginando al ser humano. Así, los primeros pasos de la conservación se dieron sobre la base de que los seres humanos destruían la naturaleza y era necesario por tanto crear santuarios a los que no pudieran acceder con facilidad.

Este concepto inicial se ha extendido paulatinamente a diversas esferas que van más allá de las áreas protegidas. En efecto, se ha llegado incluso a una visión que culpabiliza a las personas pobres de gran parte de los problemas ambientales.

En este contexto, ciertos sectores radicales de la conservación parecen seguir priorizando «la naturaleza» (y sus recursos) sobre las comunidades humanas. De este modo, se siguen «congelando» cada vez más hectáreas de territorios en nombre de la biodiversidad y del bienestar de la humanidad, sin paralelamente medir las consecuencias que estas acciones generan a nivel de las poblaciones locales.

La creación de santuarios medioambientales se impone cada vez más en los países en desarrollo, donde miles de personas son desplazadas de su lugar de origen debido a la creación de nuevos espacios protegidos.

El turismo, como panacea para crear bienestar en poblaciones locales, ha servido, en la mayoría de los casos, de justificación para crear nuevos productos turísticos en espacios naturales, donde, paradójicamente, los visitantes occidentales tienen más derechos que los pobladores locales, relegados a proveedores de servicios. A modo de ejemplo, pueblos completos se quemaron y más de 10.000 personas fueron desplazadas en Togo para la ampliación del parque Kéran como reserva del elefante africano (también principal atractivo turístico); muchos Masais han sido expulsados de sus territorios de cacería en Kenya.

El caso extremo es el del parque Kruger en África del Sur, que se encuentra físicamente cercado y rodeado por pobladores locales desprovistos de fuentes de ingresos, mientras los turistas se desplazan dentro del parque de un lodge de lujo a otro. Las estimaciones mundiales sobre los desplazados por la conservación manejadas por la Organización de las Naciones Unidas oscilan entre 5 y 15 millones de personas en los países en desarrollo.

Esta situación genera fuertes tensiones entre los protectores de los derechos humanos y los defensores de las comunidades indígenas, por una parte, y los conservacionistas, por otra. Estos últimos justifican su actuación con el argumento de preservar los bienes y servicios que ofrecen los bosques tropicales para el desarrollo y bienestar de la humanidad. Además, se apoyan en la idea de que mantener las poblaciones autóctonas en áreas ecológicamente sensibles significaría condenar a largo plazo los recursos naturales.

La conservación se encuentra hoy en día ante un reto de enormes magnitudes, tomando en cuenta su influencia global y su impacto potencial, no sólo sobre el porvenir del planeta sino también sobre la humanidad en todas sus escalas.

El problema de las organizaciones conservacionistas es que durante mucho tiempo han estado centradas exclusivamente en la defensa del medio ambiente y de los ecosistemas, demonizando o, en el mejor de los casos, ignorando a las poblaciones de dichos ecosistemas. Esa estrategia ha producido resultados muy pobres, y sólo ha conseguido enfrentar a las poblaciones rurales con los responsables de proteger los parques naturales.

Cada vez está más claro para todos que la mejor manera de conservar la biodiversidad es convertirla en un instrumento de desarrollo para la población, particularmente la población rural. En la medida en que su calidad de vida y la satisfacción de sus necesidades socioeconómicas mejoren gracias a la conservación, se consolidará la decisión de preservar la naturaleza. Los seres humanos sólo conservamos lo que nos es útil, valioso.

Ahora bien, mientras no se creen incentivos económicos para conservar, será muy difícil, por no decir imposible, que las iniciativas para preservar los ecosistemas consigan resultados.

Por Yves Lesenfants
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