Hacia la conservación ambiental y social a través del turismo

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Yves Lesenfants, responsable de Turismo Sostenible en el BID

Biólogo de formación, belga de origen, Yves Lesenfants se especializó en contaminación de aguas. Llegó a Venezuela para trabajar en una organización de conservación de este país. Allí descubrió que era posible preservar el medio ambiente y fomentar el desarrollo social de las zonas con interés cultural o ecológico a través de la actividad turística. Hoy, 24 años después, además de continuar con estos proyectos, ejerce desde Washington como asesor del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) en materia de sostenibilidad. En octubre viajó a Madrid para participar en el I Foro Iberoamericano de Fundaciones Empresariales, que la Fundación Compromiso Empresarial organizó con la presencia de más de 120 expertos en RSC de España y Latinoamérica.

En 1986 Yves Lesenfants aterrizó en Venezuela para poner en práctica sus conocimientos sobre hidrotoxicología y con el fin de colaborar con una organización sin ánimo de lucro del país en el análisis del uso indiscriminado de pesticidas en el campo venezolano andino. A este problema se sumaban otros relacionados con el uso del territorio y las relaciones entre la comunidad en aspectos como la gestión de los Parques Nacionales.

Tras su convivencia con estas comunidades descubrió que el origen de los problemas ambientales estaba en las malas prácticas agrícolas, pero también en el hecho de que los habitantes del entorno «no contaban con otras actividades productivas alternativas». Fruto de estas observaciones y de una gran idea que nació de este emprendedor social a finales de los años noventa se hizo realidad el Programa Andes Tropicales (PAT).

¿Qué es lo que le hizo plantearse que era posible cambiar la situación de estas personas a través de proyectos relacionados con la actividad turística sostenible?

Era evidente que se había producido una saturación en los sistemas productivos utilizados: había desorganización en la siembra, en la comercialización, en el uso masivo de pesticidas, etc., pero también había paisajes maravillosos, poco y mal explotados, que además implicaban muy poco a los habitantes locales. De aquí surgió la idea de poner en marcha el proyecto PAT con el fin de desarrollar todo un sistema de rutas guiadas por los propios campesinos, a los que previamente se les capacitaba para ello. Nació entonces toda una red de alojamientos y guías financiada a través de la creación de lo que llamamos Fondo de Crédito Verde, microcréditos que respaldan estos pequeños negocios y que han transformado totalmente la actividad productiva de las gentes locales.

PAT es hoy una fundación dedicada a preservar los ambientes andinos tropicales mediante el desarrollo de un modelo de turismo de base comunitaria en los estados de Mérida, Trujillo y Barinas. En este modelo los verdaderos protagonistas y beneficiarios son las comunidades locales que se encuentran dentro de áreas protegidas o ecológicamente sensibles.

¿Qué hace diferente este proyecto? ¿Cuál es su finalidad?

Su principal objetivo es darle valor al uso de los paisajes y los ecosistemas. El turismo depende de la calidad del negocio. El modelo PAT ya ha sido replicado en otros países, como Argentina o Bolivia, y la fundación ya cuenta con más de cuarenta proyectos en todo el mundo. En todos ellos la clave para su funcionamiento es ser conscientes del valor económico de los ecosistemas.

Actualmente esta conciencia es cada vez mayor, pero los métodos para conseguirlo son complejos. El «truco» es no hacer de la conservación de la biodiversidad una traba, sino al contrario, un negocio incluyente. ¿Cómo funciona este modelo de turismo? ¿Cómo son los alojamientos en los que se basa este tipo de proyectos, las llamadas mucuposadas? La red se cimenta en alojamientos familiares.

A estos alojamientos se les da un «sello» característico, la familiaridad, la cercanía y la gestión personal de los propietarios de estas casas. Para su gestión los campesinos locales reciben formación a través de talleres de organización comunitaria, contabilidad, guía turística, veterinaria para equinos, gestión hotelera, primeros auxilios, etc. Con la concesión de los microcréditos (financiados por la Unión Europea, la Fundación Codespa y la Agencia de Cooperación Belga), se les brinda además herramientas para que puedan crear y manejar sus propias microempresas turísticas.

‘Mucu’, en el idioma indígena original significa «el lugar de», por eso decidimos llamar así a los alojamientos. Nos pareció un nombre auténtico, y autóctono. Distingue un tipo de alojamiento que creemos que es único, porque permite al turista disfrutar del paraje de forma más auténtica, convivir realmente con la comunidad local y conocer de cerca sus costumbres.

El perfil de los turistas que reservan estas «mucuposadas» es muy variado: llegan muchos europeos, sobre todo franceses y españoles procedentes de zonas como el País Vasco o Galicia. No se trata de «mochileros» de pocos recursos, sino de un turista que busca conocer el país de la forma más auténtica y original posible, concienciado además con la contribución a la mejora de la calidad de vida de los habitantes locales.

También se aloja en esta red el turista nacional, procedente de otras zonas de Venezuela, que desea conocer el propio país de forma diferente. Todos buscan una experiencia outdoor, un turismo de naturaleza, de contacto con el entorno, de aire libre.

¿Cómo le apoyó la red internacional de Emprendedores Sociales Ashoka y cómo ha evolucionado el proyecto PAT desde sus orígenes?

Actualmente la fundación funciona desde Venezuela con un equipo de 18 personas. Ashoka, aunque el proyecto ya estaba iniciado, siempre ha respaldado nuestra labor, fundamentalmente a través de una importante red de contactos en todo el mundo.

Además, y debido a que los comienzos son siempre duros, Ashoka facilita al emprendedor social un estipendio económico para sustentarse el tiempo en el que se dedique a poner en marcha la iniciativa, cuando ésta aún no es rentable o al menos hasta que es económicamente viable. Eso permite al emprendedor dedicarse al cien por cien a ponerlo en marcha, sin preocuparse de sus necesidades básicas. Hoy en día PAT cuenta con cinco grandes proyectos, que han sido financiados por la UE con algo más de seis millones de euros. Hemos concedido más de 450 microcréditos y desarrollado más de siete nuevos destinos turísticos de base comunitaria en Venezuela, y tres más en Bolivia y Argentina.

¿Cómo recibe la comunidad local este cambio, esta mejora en su calidad de vida, en su actividad productiva, siendo una sociedad tradicional que lleva siglos dedicada a la misma actividad, la agrícola y ganadera?

Son muy receptivos a este cambio, y especialmente a la formación. Los más jóvenes siempre han tenido asumido que sus posibilidades de desarrollo eran escasas y que su futuro laboral estaba forzosamente ligado al cultivo del campo, como le ocurrió a sus bisabuelos, a sus abuelos, a sus padres… Existía un gran éxodo de estas nuevas generaciones, que salían de la zona para buscar nuevas oportunidades. Ahora se quedan, porque el turismo les permite seguir viviendo en su comunidad, formarse, mejorar y estar en contacto con turistas de todo el mundo: aprenden mucho, aprovechan el intercambio, interactúan con otros jóvenes turistas que llegan a la zona, aprenden de otros guías que llegan de otros países… Los hombre suelen formarse como guías, y las mujeres como gestoras de los establecimientos y mucuposadas.

Como experto en biodiversidad y asesor del BID, ¿cómo valora la reciente Cumbre celebrada en Nagoya (Japón) y la nueva COP 16 de Cancún, que cerrará el año? Estos encuentros son útiles para llevar al terreno internacional los grandes retos ambientales a los que se enfrenta el mundo?

Mostrar el valor y la urgencia de atender los problemas ambientales es un paso muy importante que ya se ha dado con la celebración de este tipo de cumbres. Lo preocupante en mi opinión es que en muchas ocasiones son las mismas personas las que se reúnen y vuelven a encontrarse. Es necesario más partnership, más colaboración, más interacción entre todas las partes interesadas. Es urgente asumir que la conservación de la biodiversidad debe ser parte de los modelos de negocio de las empresas. Si no incorporamos eso a la agenda global, empresarial, política estas reuniones se convertirán en un gran «salón de té» y conversación tras los que no va a ocurrir nada.

El problema es que a este tema le rodea un gran extremismo, y la conservación se ha alejado de la empresa. Por eso son necesarios espacios de negociación y de acuerdo para evitar que el sector empresarial lo vea como una limitación, en lugar de como un valor potencial de crecimiento para ella. Lo determinante va a ser la presión del mercado y las decisiones de compra. Pero eso es algo difícil con algo tan «intangible» como la biodiversidad.

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