Transgénicos: ¿solución o amenaza?

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Los OGM (organismos genéticamente modificados) han suscitado, y siguen suscitando, un intenso debate entre quienes contribuyen al aumento de productividad y a la reducción del hambre en el mundo y la seguridad alimentaria en los países desarrollados, y los que alertan de los riesgos que puede tener su utilización masiva para la salud humana y el medio ambiente, y la convicción de que el problema del hambre no se debe a la falta de producción de alimentos, si no a actitudes políticas y al mal reparto de los recursos existentes.

La discusión sobre si los alimentos transgénicos (organismos genéticamente modificados, OGM) son o no perjudiciales para la salud humana abarca muchos otros aspectos igual o más importantes que éste, y se extiende además a la salud animal y ambiental.

Sus defensores exponen sus ventajas y esgrimen que no hay base científica para rechazarlos. Sus detractores alegan que se trata de un negocio muy lucrativo controlado por unas pocas empresas multinacionales químicas propietarias también de todo el paquete tecnológico asociado a este tipo de cultivos: semillas, herbicidas, insecticidas, etc., sin contar con unas consecuencias a medio y largo plazo que aún se desconocen.

El pasado año 2010 fue declarado por Naciones Unidas Año de la Biodiversidad. Según el secretario de la Convención sobre la Diversidad Biológica de la ONU, Oliver Hillel: «Estamos perdiendo la biodiversidad a un ritmo mil veces mayor que la tasa normal en la historia de la tierra». Según estas predicciones, en 2030 el 75% de las especies vegetales y animales estarían en peligro de extinción. Hoy ese número es del 36%. Una de las causas sugeridas por la FAO para este fenómeno es la homogeneización de la base genética de los campos cultivados en el mundo con la introducción de semillas híbridas y transgénicas.

En la misma línea, organizaciones ecologistas y detractores de este tipo de agricultura alertan de que con este tipo de prácticas muchos pequeños y medianos productores quedan arruinados y endeudados al crearse una gran dependencia de insumos, semillas OGM, herbicidas y carísimas maquinarias de siembra directa.

El debate está abierto; frente al aumento de productividad y el valor nutritivo de estos productos para contribuir a la reducción del hambre en el mundo y al incremento de la seguridad alimentaria en los países desarrollados, existe el temor a los riesgos que pueda tener su utilización masiva para la salud humana y el medio ambiente, y la convicción de que el problema del hambre no se debe a la falta de producción de alimentos, sino a actitudes políticas y al mal reparto de los recursos existentes.

Desde que la biotecnología contribuyó a la aparición de vegetales transgénicos, su superficie de cultivo se ha incrementado año tras año. Según datos del International Service for the Acquisition of Agri-biotech Applications (ISAAA), en 2002 los cultivos transgénicos ocupaban 59 millones de hectáreas en todo el mundo, lo que supone un incremento del 12% con respecto al año anterior.

Los cultivos modificados genéticamente más utilizados son la soja (36 millones de hectáreas), el maíz (12 millones de hectáreas), el algodón (7 millones de hectáreas) y la canola o colza (3 millones de hectáreas).

Por países, la mayor parte de los cultivos transgénicos se encuentran en países desarrollados, en consonancia con su capacidad de invertir en investigación. Los líderes son, por orden en el número de hectáreas, Estados Unidos, Argentina, Canadá y China. A mayor distancia se encuentra Europa, donde no se han observado grandes incrementos en el número de hectáreas cultivadas en los últimos años, mientras que otros países como India, Colombia y Honduras han comenzado recientemente a utilizar cultivos transgénicos por primera vez.

PROS Y CONTRAS DE LOS OGM

Aunque las empresas del sector insisten en que el cultivo de variedades vegetales que contienen genes de resistencia a plagas reducen el riesgo de malas cosechas y la necesidad de aplicar sustancias químicas para proteger los cultivos –asegurando una mayor productividad y reduciendo la contaminación por pesticidas y herbicidas–, este tipo de agricultura también presenta algunos aspectos negativos, relacionados sobre todo con el desconocimiento de las consecuencias que pueden tener sobre otras especies vegetales, y sobre poblaciones como las aves silvestres, los insectos polinizadores y los microorganismos del suelo (bacterias y hongos).

Los genes introducidos en los cultivos OGM pueden transferirse a organismos de la misma especie o incluso de especies distintas. La competencia y el cruzamiento de los OGM con especies vegetales no modificadas afectaría a la biodiversidad agrícola; los cultivos transgénicos podrían desplazar a las variedades tradicionales e incluso a las variedades silvestres de las que proceden.

La contaminación de cultivos tradicionales por coexistencia de cultivos transgénicos es otro de los problemas que algunos detractores de los OGM esgrimen para defender el uso exclusivo de la agricultura tradicional, a lo que añaden cómo afectan a la biodiversidad.

Y es que, organizaciones no gubernamentales, asociaciones de consumidores, ecologistas y algunos científicos consideran que, aunque en teoría el cultivo de plantas transgénicas supone una reducción en los costes de producción y mayores rendimientos, existe la preocupación de que unas cuantas empresas dominen este mercado. Agricultores y campesinos podrían perder el acceso al material vegetal, teniendo que pagar la adquisición de semillas a las empresas que han patentado procedimientos de modificación genética específicos, aunque estas variedades fueran obtenidas a partir de material genético originario de los campos de los agricultores.

Además, añaden, los derechos de propiedad intelectual podrían demorar la investigación, ya que impedirían a los investigadores del sector público acceder a los conocimientos de productos y procesos biotecnológicos de interés. Las repercusiones de esta situación serían especialmente negativas para los países en desarrollo, donde prácticamente no existen iniciativas privadas de investigación.

Por último, está la polémica relacionada con las tecnologías características de este tipo de cultivos, que impiden que éste se pueda reproducir a partir de su propia semilla al año siguiente, lo que supone que los campesinos estarían obligados a comprar semillas en cada etapa de siembra. Para regular los movimientos transfronterizos de organismos vivientes modificados, existe el «Protocolo de Cartagena sobre Biodiversidad», ratificado por 51 países y que entró en vigor en septiembre de 2003.

Se trata de un tratado ambiental obligatorio para las partes, cuyo punto más relevante es el procedimiento AIA (Advanced Informed Agreement, Acuerdo de Información Avanzada), según el cual aquel país que exporte un OMG con la finalidad de que sea liberado en el medio ambiente debe informar previamente al país importador, por ejemplo, el caso de exportación de semillas. En el caso de comercio de «commodities» o grano, cuyo destino no sea su liberación al medio ambiente sino ser utilizado en alimentación animal o fabricación de harinas, éstos deberán ir acompañados con una documentación específica.

La mayoría de las autoridades nacionales consideran que es necesario someter a los OGM a evaluaciones específicas y rigurosas distintas a las que habitualmente se someten los alimentos tradicionales, con el fin de asegurar su inocuidad para la salud humana.

En cuanto a la reglamentación de los alimentos GM en distintos países, la situación es variada. Algunos, no tienen ninguna reglamentación. Otros centran su legislación en evaluaciones de riesgos para la salud de los consumidores.

Aquellos países que tienen disposiciones para los alimentos modificados genéticamente también reglamentan los OMG en general teniendo en cuenta los riesgos para la salud y el medio ambiente, así como todo aquello relacionado con su control y comercio, (es el caso del etiquetado, por ejemplo). No obstante, y teniendo en cuenta la dinámica del debate sobre alimentos transgénicos, es muy probable que la legislación continúe evolucionando.

EL SECTOR Y LA AGRICULTURA SOSTENIBLE

La industria y empresas punteras en el sector, como Monsanto, se defienden y aportan respuestas contundentes a estos supuestos riesgos. En su página web Monsanto se define como «proveedor global de tecnologías y productos para la agricultura que mejoran la productividad del campo y la calidad de la alimentación». La compañía se refiere en su site oficial a conceptos como agricultura sostenible, mejora de la calidad de vida de los agricultores o responsabilidad ante el reto futuro de cubrir las necesidades alimenticias de un planeta en continuo crecimiento.

Lo que Monsanto denomina «el reto del mañana» hace referencia al hecho de, según datos de Naciones Unidas, para 2050 la tierra deberá duplicar el nivel de producción de alimentos para poder atender a una población anticipada de 9.300 millones de personas (un 40% superior a la de hoy, que asciende a 6.600 millones). La compañía suma además otros «obstáculos»: el limitado suministro de agua, la restricción del suministro de electricidad, además de los cambios climáticos.

Su respuesta es sencilla: la innovación en la agricultura como solución esencial. «Y Monsanto se compromete a realizar su parte». ¿Cómo?: «ayudando a los agricultores a lograr una mayor producción y conservación con la creación de semillas mejoradas que duplican los niveles del 2000 en las cosechas de maíz, soja, algodón y colza de primavera».

Según Monsanto, estas semillas requieren una tercera parte menos de recursos esenciales por unidad de producción para su cultivo, contribuyendo así a reducir las pérdidas y daños en el hábitat y la mejora en la calidad del agua. Así define la compañía el concepto de «agricultura sostenible»: «Y eso es exactamente lo que representan las semillas de Monsanto», recalca.

Según datos de la compañía, durante siete de los últimos ocho años se han consumido más granos de los que se han producido, reduciendo los inventarios a niveles sin precedentes, y provocando una inflación importante en los precios de los alimentos por primera vez en décadas.

«Los precios de la energía se han cuadruplicado durante los últimos cinco años, con precios en el petróleo crudo alcanzando los niveles más altos en la historia», señala. A ello añade el calentamiento global, recalcando que «los expertos han sido testigos de los ocho años con las temperaturas más altas durante la última década».

El Informe del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático de Naciones Unidas (IPCC) de 2007 también indica –recuerda Monsanto– que la agricultura contribuye con un 13,5% al total de los gases de efecto invernadero a nivel mundial.

Por ello consideran que en un futuro inmediato «será de vital importancia una continua mejoría en el uso eficiente de las tierras, si tratamos de cubrir las demandas crecientes de alimentos y fibras, y evitar al mismo tiempo ejercer mayor presión sobre nuestros recursos ambientales», añade la compañía, citando datos del Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF).

«Monsanto ayuda a que los agricultores siembren alimentos de una manera más eficiente y más sostenible», resume la compañía, que explica que lo hace «a través de la ciencia y el desarrollo de la tecnología agrícola». «Nuestros productos han cambiado la forma en que se cultivan los alimentos y así se beneficia tanto a los agricultores como a los consumidores», agrega.

Sin embargo, la compañía reconoce que los cambios «a menudo suscitan interés, preguntas y con frecuencia, preocupación; especialmente si repercuten en la alimentación y en el medio ambiente».

«Debido a que Monsanto es uno de los líderes en este sector, nuestra empresa y nuestros productos son habitualmente tema de noticia en los medios de comunicación y en las campañas de activistas. Desafortunadamente, la información facilitada por nuestros críticos no siempre es precisa y equilibrada», explican desde la compañía estadounidense.

HABLAN LAS ONG

Desde ONG internacionales, como Greenpeace se defiende la agricultura «beneficiosa para el planeta y para las personas que lo habitan», rechazando la liberación de cultivos transgénicos, al considerar que «amenazan la salud, deterioran el medio ambiente y destruyen la agricultura familiar y sostenible, agravando el hambre en el mundo».

«Es urgente aplicar el principio de precaución y parar el experimento genético que se está llevando a cabo a escala mundial», alertan en este sentido.

Según datos de la ONG, sólo diez multinacionales controlan casi el 70% del mercado mundial de semillas, lo que significa que los agricultores «tienen poca capacidad de elección».

Según señala Greenpeace, los cultivos transgénicos «no alimentan al mundo». El 99,5% de agricultores no los cultivan. Asimismo, afirma la ONG, la agricultura industrial usa fertilizantes sintéticos y agroquímicos que contaminan los suelos y aguas, recursos necesarios para producir alimentos sanos ahora y en el futuro. «El excesivo uso de fertilizantes de síntesis en la agricultura industrial contribuye al agravamiento del cambio climático», agregan. Greenpeace se opone a toda liberación de OMG al medio ambiente, ya que los ensayos en campo o cultivos experimentales, incluso a pequeña escala, «presentan igualmente riesgos de contaminación genética, por lo que también deben prohibirse».

La ONG aclara que no se opone a la biotecnología «siempre que se haga en ambientes confinados, controlados y sin interacción con el medio».

«A pesar del gran potencial que tiene la biología molecular para entender la naturaleza y desarrollar la investigación médica, esto no puede ser utilizado como justificación para convertir el medio ambiente en un gigantesco experimento con intereses comerciales», explica desde Greenpeace el responsable de la Campaña de Transgénicos, Juan Felipe Carrasco, que recalca «el derecho y la responsabilidad de conocer y decidir cómo y dónde se producen los alimentos».

La ONG, junto a otras organizaciones como Amigos de la Tierra, Ecologistas en Acción, COAG, Plataforma Rural y CECU, pidió recientemente a la ministra de Medio Ambiente y Medio Rural y Marino, Rosa Aguilar, que la política española sobre organismos modificados genéticamente (OMG) «deje de estar controlada por las multinacionales» y una moratoria inmediata a su cultivo en España.

Los transgénicos ¿son seguros?, ¿presentan riesgos inherentes?, ¿implican nuevas formas de dependencia para agricultores y consumidores?, o sin embargo ¿son la solución a la creciente demanda de alimentos y contribuyen a la mayor y mejor producción de éstos y a la conservación de los recursos y el medio ambiente? El debate sigue, y seguirá, abierto a la polémica.

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