Durban entre la decepción y la esperanza

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La COP17 de Naciones Unidas sobre cambio climático se inauguró el pasado 28 de noviembre en Sudáfrica con el principal reto de extender más allá de 2012 el Protocolo de Kioto, el único tratado vinculante para la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero de los países desarrollados. Tras dos semanas de negociaciones, los más de 190 países reunidos en la cumbre se comprometieron a abrir un proceso de negociación para tener un pacto sobre el clima –no se sabe si será un tratado o un «resultado acordado con fuerza legal»– en 2015, que entre en vigor a partir de 2020. Pero queda todo por negociar.

La valoración de los resultados de este encuentro internacional ha sido muy diferente dependiendo de quién haga el análisis, pero se puede resumir en dos palabras: decepción y esperanza. Y es que la hoja de ruta, como se ha llamado, que ha salido de Durban ha sido considerada por la mayoría de observadores –no solo las ONG ecologistas– como débil, ya que deja muchas opciones abiertas y pendiente de tratar lo más duro: cómo se repartirá el recorte de las emisiones.

Las visiones más optimistas destacan que al menos EEUU, China, India y los demás grandes emisores se sentarán en la misma mesa, y que esa mesa estará dentro de Naciones Unidas. Pese a ello, la frase que más se ha repetido estos días sobre Durban es que lo único conseguido ha sido «un acuerdo sin cerrar».

Por su parte, la Unión Europea (UE) ha centrado en Durban toda la discusión, ya que tenía una «llave» que podía hacer descarrilar todo el proceso en la ONU: la prórroga de Kioto. Los países en desarrollo exigían mantener Kioto, cuyo primer periodo expira al final de 2012, pero solo la UE estaba dispuesta a ello. A cambio, los veintisiete, inusualmente firmes en esta cumbre, exigían un calendario para que se sumaran Estados Unidos y China.

En cualquier caso, el principal obstáculo para fijar un acuerdo legalmente vinculante en 2015 fue India, un país con unas emisiones por habitante que son un tercio de las chinas y que ve cómo en este proceso siempre acaba en el mismo «saco» que Pekín. Al final, sobre el escenario y ante todos los delegados, se escenificó un pacto con la UE para añadir eso de «un resultado acordado con fuerza legal».

En palabras de la secretaria de la ONU para el Cambio Climático, Christiana Figueres, «eso significa que aún tiene que ser decidido», lo que consideró «una de las salidas típicas de estas cumbres: acordemos un nuevo término y ya seguiremos debatiendo qué hemos querido decir».

A cambio, la UE acepta prorrogar Kioto «casi en solitario» –pueden estar Suiza, Noruega, Nueva Zelanda y quizá Australia– aunque en el encuentro no se acordó si será hasta 2017 o 2020. Esto, como otras cosas, se queda para la reunión de finales de este 2012 en Catar (COP 18).

Antes del final de la cumbre, las desesperanzadoras palabras del secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, en cuanto a que parecía realmente imposible lograr un acuerdo vinculante en este encuentro de Durban, fueron un reflejo de la gran distancia que existía entre las posturas de los diferentes bloques de negociación.

No obstante, antes incluso de que diera comienzo la cumbre ninguno de los países asistentes a la cita contaba con que de Durban saliera un tratado vinculante que sustituyera al Protocolo de Kioto. Esa que fue la gran esperanza de la COP de Copenhague en 2009, y lo fue después en la COP 16 de Cancún (México), en 2010. Parece que en todos los casos las negociaciones han sido un fiasco.

Punto muerto para el clima

Si bien el texto preparado por la presidencia de la cumbre reconoce que el proceso debe empezar de «manera inmediata y ser conducido como una cuestión de urgencia» por un grupo de trabajo que quedará establecido en la próxima cumbre, a celebrar en Qatar a finales de 2012, lo cierto es que las fechas que recoge son del todo beneficiosas para los países más contaminantes.

La, en esos momentos, secretaria de Estado en funciones de Cambio Climático, Teresa Ribera, que encabezó la delegación española, fue clara al respecto: «Es un texto descompensado» que responde a los intereses de Estados Unidos, China e India. Además, el hecho de que de una manera u otra se acepte una hoja de ruta para alcanzar ese marco mundial, condición impuesta por la UE, obligaría a Europa a cumplir con su parte del trato, esto es, adherirse a un segundo periodo de cumplimiento del Protocolo de Kioto (el primero expira en 2012). Las cifras de reducción ofrecidas hasta el momento implicarían un aumento de la temperatura de entre 3 y 3,5°C antes de final de siglo, muy lejos del límite de 2°C que los científicos apuntan como límite de seguridad para que el clima no se desboque.

Según un estudio del Programa de la ONU para el Medio Ambiente, incluso si todos los países aplicaran a rajatabla sus objetivos de contención o reducción para 2020, las emisiones de CO2 para ese año serían de 50 gigatoneladas (50.000 millones de toneladas), cuando los expertos calculan que deberían ser como máximo de 44 gigatoneladas para que ese aumento de la temperatura pueda mantenerse en 2°C. Y las emisiones no dejan de crecer.

Yvo de Boer, el hombre que dirigió la negociación del clima de la ONU entre 2006 y 2010, valoró el encuentro desde la tranquilidad que da estar «retirado»: «Los políticos no creen en la economía verde», dijo. «Los Gobiernos no quieren avanzar».

Este holandés nacido en 1954, y ahora vinculado a la consultora KPMG tras su dimisión del cargo una vez concluida la Cumbre de Copenhague, asegura que «por el momento, y por razones políticas, no hay ganas de alcanzar un acuerdo ambicioso en cambio climático».

Sin embargo, «veremos cada vez más impactos adversos relacionados con el cambio climático y eso va a despertar a la gente. Solo espero que no sea muy tarde», aseveró en una entrevista posterior a la clausura de Durban, en la que también se mostró moderadamente optimista con algunas «señales»: «En países como China existe ya la conciencia de que hay que ir hacia una economía verde, y espero que eso despierte a los Gobiernos al ver que pierden la carrera de la innovación frente a países en desarrollo».

«Hay compañías en todo el mundo invirtiendo en sostenibilidad y en tecnología verde. Lo hacen porque bajan los costes, porque pueden conseguir nuevas marcas en el mercado y, a la vez, diferenciarse de la competencia», asegura. Por eso confía en que «cunda» el ejemplo y pronto esta sea una tendencia mayoritaria.

En cuanto a alcanzar acuerdos ambiciosos en las cumbres internacionales es tajante: «El cambio climático está tan relacionado con los intereses económicos que la negociación necesita un empuje al máximo nivel».

«Y ahora no hay ese liderazgo. No lo hay en los países industrializados, más preocupados por la crisis económica y financiera, que además creen que debería haber más compromiso de los países en desarrollo. Y estos dicen que no se comprometen porque no ven liderazgo de los desarrollados. Solo los líderes pueden romper ese bloqueo», concluye De Boer. Todo parece indicar que nos encontramos en un «punto muerto» parta el clima.

En Durban los países acordaron la estructura del llamado Fondo Verde del Clima que, a partir de 2020 debe aportar 100.000 millones de dólares (74.794 millones de euros) al año de los países ricos a los países en desarrollo, pero de nuevo no se avanzó en lo fundamental: de dónde saldrá el dinero.

Una propuesta inicial para dotarlo con un impuesto a las emisiones de CO2 del transporte marítimo (hasta ahora exento de control) cayó antes de llegar a pleno. También se cerró que la captura y almacenamiento de CO2 en países en desarrollo genere derechos de emisión para las industrias en países ricos.

Esto supone un aval para la técnica, muy criticada por los ecologistas, pero que los Gobiernos ven como la única posibilidad para seguir quemando carbón y satisfacer la creciente demanda energética de China e India. La técnica sigue siendo demasiado cara y por ahora no cumple las expectativas puestas en ella.

Aunque algunos países y la ONU saludaron el acuerdo como «histórico» y otras hipérboles, el ambiente en la sala donde se aprobó in extremis no era festivo.

El plenario estaba medio vacío –debido a la prórroga de casi dos días muchos delegados habían vuelto a sus países y otros estaban descansando– cuando sobre las cinco y media de la mañana, la presidenta de la cumbre, Maite Nkoana-Mashabane, ministra de Exteriores, dio por cerrado el acuerdo. Solo recibió un tibio aplauso que dejó constancia de la «temperatura» de lo logrado.

Clima de opinión

La reacción de las ONG a lo logrado en Durban no se hizo esperar. Greenpeace consideró que se trata de «una victoria» de los grandes contaminadores en la que han perdido los ciudadanos. Eso sí, esta y otras organizaciones ecologistas se mostraron satisfechas por el hecho de que el foro de esta negociación siga siendo Naciones Unidas, ya que temían que se trasladara a un G-20 o foro similar, un formato que, pese a considerar «más reducido y manejable» también es «más opaco».

Y es que la mayoría de ellas han lanzado una cuestión clave: «¿Es realista pensar que este sistema de encuentros internacionales, en los que negocian los ministros de Medio Ambiente, pueda conseguir un tratado o similar que efectivamente revolucione el sistema energético y el transporte para abandonar los combustibles fósiles y recortar las emisiones?».

Ya se dio un paso en 1997, en Kioto, pero entonces los países desarrollados solo se comprometieron a reducir un 5% sus emisiones en el periodo 2008-2012 respecto a 1990. Desde entonces, las emisiones mundiales han crecido un 49%, y el nuevo Kioto cubrirá aún menos porcentaje de emisiones: un 15% en el mejor de los casos.

Ahora se trata de algo infinitamente más complejo: aplicar recortes a todos los grandes emisores, incluidos países en desarrollo y con millones de pobres que, con razón, reclaman su derecho al desarrollo, y hacerlo en una escala mucho mayor.

En palabras de la organización Amigos de la Tierra, «el texto salido de Durban ni contempla acciones justas y vinculantes para reducir las emisiones de CO2, ni presenta ningún avance de provecho en el Fondo Verde para el Clima». A su juicio, «no solo legitima falsas soluciones como el comercio y la captura y almacenamiento de carbono», si no, «lo que es más grave, entierra el único acuerdo legalmente vinculante internacional, el Protocolo de Kioto».

Como señaló en Durban el economista Nicholas Stern, «si de verdad el mundo quiere limitar la concentración de CO2 en la atmósfera en 450 partes por millón –lo que según el Panel Intergubernamental de Cambio Climático podría impedir que el calentamiento subiera más de dos grados–, el mundo deberá recortar las emisiones por habitante entre siete y ocho veces».

En palabras de Cristina García-Orcoyen, directora gerente de Fundación Entorno BCSD España –el Consejo Empresarial Español para el Desarrollo Sostenible– «Durban ha tropezado con el miedo de algunos países a comprometer el desarrollo de su economía, a lo que se suma una UE que necesita sobreponerse a la crisis reduciendo el gasto público y unos Estados Unidos sin agenda política frente al cambio climático».

A su juicio, «es indispensable mejorar y legitimar la gobernanza global ya que es el único instrumento con el que contamos para gestionar la compleja interdependencia entre lo económico y lo ambiental». «Si cada uno decide ir a lo suyo el desastre global estará asegurado en unos años y no habrá quien lo remedie», sentencia esta experta.

En resumen, y a caballo entre los más optimistas y los más catastrofistas, lo que sí parece cierto es que el documento cerrado en Durban ha sido un acuerdo «de mínimos». Lo único que salió del plenario es que en 2015 habrá que tener «un protocolo, un instrumento legal o un resultado acordado con fuerza legal» que limite las emisiones de todos los países «a partir de 2020, pero lo cierto que la fecha en que este futuro acuerdo sería aplicable no queda clara». Y aún hay que negociar cómo se reparte esa «tarta» de los recortes de CO2.

Tras vivir en primera persona las dos intensas semanas de debates en Durban, algunos enviados especiales de los principales medios de comunicación de todo el mundo coincidieron en la idea de que la lucha contra el cambio climático discurre «a trompicones» y sin avances importantes, y que en este momento se está «en el mismo lugar que hace cuatro años».

Todo parece indicar que de nuevo el clima ha perdido la partida.

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