Comercio justo certificado: menos justicia y más lógica de mercado

UNA IDEA CON GRANDES CONSECUENCIAS. Desde que a mediados de los años 40 se iniciara en Europa propiciado por una serie de organizaciones religiosas, el movimiento de Comercio Justo ha ido evolucionando hasta nuestros días.

En los comienzos las asociaciones compraban directamente a refugiados o productores del tercer mundo, artesanías y productos alimenticios para venderlos en sus comunidades de influencia. Esa compra directa, permitía acortar la cadena de intermediarios, lo que generaba una mayor ganancia a los productores.

El planeamiento inicial del comercio justo, enfatizaba el apoyo al productor, como única parte vulnerable del mercado internacional, donde el consumidor se esforzaría en comprar aquellos productos, obviamente no por su calidad ni por su seguridad, sino por su ingrediente solidario, basándose en la idea de que la solidaridad lleva asociada intrínsecamente la unilateralidad de la acción, es decir, que no espera ningún tipo de retribución o reconocimiento: uno es solidario o no independientemente de la contrapartida.

Este esquema mejoraba las vidas de aquellos que conseguían participar, pero el impacto estaba condenado a ser siempre reducido: tanto en términos de volumen de compras como en el número de beneficiarios.

Durante los años siguientes surgieron multitud de iniciativas apoyadas en este planeamiento, algunas de las cuales se concretaron en tiendas especializadas, y que parte de ellas actualmente se han constituido en cadenas de establecimientos.

COMERCIO JUSTO INJUSTO. Sin embargo, el perfil del consumidor fue cambiando a lo largo de los años. A partir de los 90, se puso de manifiesto que el consumidor medio poseía una nueva percepción del tiempo y el ocio, lo que le movía a dejar de realizar sus compras en tiendas especializadas (principalmente en cuanto a alimentos se refiere) para pasar al hábito de realizar sus compras en grandes superficies o supermercados de barrio.

Así mismo, el consumidor no estaba dispuesto a pagar un precio superior por un producto que no ofreciese la calidad asociada a ese valor económico.

Este cambio en las preferencias del consumidor puso sobre la mesa la problemática de que el planteamiento de partida de esta iniciativa estaba siendo tremendamente injusto con el consumidor, al cual se le estaba ofreciendo un producto de dudosa calidad, sin garantías de producción ni fabricación y por el que el consumidor tenía que asumir un precio mayor que si adquiriese el mismo tipo de producto pero no calificado como «justo».

Ante esa nueva realidad consumidora, el modelo de Comercio Justo convencional, está condenado a permanecer en un nicho de mercado alcanzando solamente a aquel grupo de consumidores altamente concienciados que decidan comprar por motivos ideológicos en tiendas especializadas.

Algunos actores del Comercio Justo han sabido entender y atender las necesidades del consumidor, lo que ha originado la propuesta de estándares orientados a garantizar la producción y fabricación de estos productos con el fin de ofrecer al consumidor final las mayores garantías en el momento de la compra, sin dejar por ello de procurar la mejora de las condiciones socioeconómicas de los productores a través del acceso al mercado.

Durante los últimos diez años el esfuerzo por establecer distintos estándares para la identificación de los productos ha permitido en primer lugar mejorar la comunicación con el consumidor y su reconocimiento.

Pero la comunicación y el reconocimiento tenían que ser secundados por un sistema de garantías que permitiese además a los consumidores disipar sus dudas sobre el impacto de su acto de consumo consciente.

Un sistema de certificación que permita al consumidor saber dónde se destina ese dinero que paga de más por aquel producto, que contribuya a hacer más accesibles los mercados a aquellos productores que cumplan los criterios mínimos (económicos, sociales y medioambientales), y que además aporte las garantías de calidad suficientes como para generar confianza en el consumo de dichos productos.

NUEVAS SOLUCIONES. Fruto de los esfuerzos por encontrar nuevas vías para el comercio de estos productos, en 2001 se diseña e implementa el sello Fairtrade auspiciado internacionalmente por la Fairtrade Labelling Organization (FLO) y que está establecido en 20 países, gracias al cual se consigue dar mayor acceso al mercado a los productos de comercio justo al tiempo que se ofrece garantías al consumidor de que el producto cumple los estándares internacionales de comercio justo. Y además de los criterios económicos tiene en cuenta valores éticos que abarcan aspectos sociales y ambientales.

«Fairtrade» pretende ser más que una promesa de un precio justo para los pequeños productores de países en desarrollo. Se trata de un innovador medio de promover el desarrollo sostenible a través del acceso al mercado.

A través del precio mínimo garantizado, el sistema pretende cubrir los costes de producción sostenibles. Es decir, aquellos que se internalizan como parte del coste de producción: el respeto al medio ambiente, a los derechos humanos y a las condiciones laborales, basadas en las Convenciones Internacionales de Derechos Humanos y de la OIT.

A través de su participación en una organización certificada Fairtrade, los pequeños productores consiguen mejorar su capacidad de negociación y tener contacto directo con sus compradores de los que reciben, en muchos casos, capacitación y apoyo en los momentos de crisis, servicios que el intermediario convencional no ofrece.

Gracias a este sistema transparente, que se aplica de manera idéntica en todo el mundo se logra proteger a los sujetos más vulnerables de la cadena del comercio justo, que son los productores y también los consumidores.

Y es a partir de la implementación de este sistema de certificación en el 2001, cuando lo que comenzó siendo un movimiento de nicho, se ha ido transformando paulatinamente en un movimiento de consumo ético a gran escala. En 2006 ya eran 586 las organizaciones productoras repartidas a lo largo de 58 países del Sur lãs que se han visto beneficiadas de la certificación Fairtrade.

CRECIMIENTO IMPARABLE. En 2005, las ventas de productos con el Sello Fairtrade ascendieron a 1.100 millones de euros en el mundo, lo que supuso un aumento del 37 % respecto a 2004. En el 2006 las ventas de café, producto de Comercio Justo por excelencia, se incrementaron en casi el 120%. Sólo en los Estados Unidos, el consumo de café certificado Fairtrade tuvo una media anual de crecimiento del 75%. El crecimiento en Europa se mantiene también en alza a una media que supera el 20% desde 2001.

Cada vez son más las empresas que empiezan a darse cuenta de que el Comercio Justo Certificado «Fairtrade» es un buen negocio, donde la gestión del riesgo y la buena reputación están bien amparados por un sistema de certificación consistente y serio. En la actualidad, sólo en Europa existen 3.000 tiendas alternativas que ofrecen productos de comercio justo (ya sea éste certificado o no), y las grandes cadenas de supermercados ofrecen productos con el sello Fairtrade en 60.000 puntos de venta.

La gigantesca red de cafeterías Starbucks ha venido doblando su compromiso con el café certificado Fairtrade desde que inició su andadura en el 2001, comprando más de 11 millones de libras en el 2005.

Equal Exchange dobló sus ventas de café, té, chocolate y cacao pasando de 10.4 millones de dólares en 2003 a casi 21 millones de dólares en el 2005. Café Bom Dia exportador brasileño, se alió con SAM’s Club para ofrecer café certificado. La alianza ya supuso la compra de más de 1 millón de libras de café el año pasado, lo que generó cerca de 700.000 dólares adicionales por encima de las ganancias comerciales para más de 2.000 productores brasileños y sus familias.

En Inglaterra, la cooperativa de servicios financieros CFS se ha convertido en el mayor lugar de trabajo donde se consumen productos certificados, y fue la primera compañía en el mundo en distribuir café Fairtrade en las máquinas expendedoras. Hoy en día, todas las bebidas calientes disponibles para sus 14.000 trabajadores y sus 7 millones de visitantes son Fairtrade. Lo mismo ocurre con las barras de chocolates, galletas, zumos de naranja y manzana.

Mientras que el consumo per cápita de productos certificados Fairtrade en Europa se coloca en torno a los 1, 50 euros, destaca el comportamiento del mercado suizo, donde los consumidores dedican casi 19 euros por cabeza, a sus compras Fairtrade. Los españoles sólo nos gastamos en productos de comercio justo 348 euros por cada 1.000 habitantes, la cifra más baja de la Unión Europea.

AVANZANDO HACIA LA LÓGICA DE MERCADO. El gran crecimiento de las ventas de comercio justo en los últimos años, es consecuencia de una relectura que el movimiento de certificación Fairtrade ha sabido dar al comercio justo desde una perspectiva global.

Todo parece indicar que nos encontramos ante un nuevo concepto de desarrollo sostenible bastante alejado del discurso asistencialista y mucho más preocupado en promover la calidad, el fortalecimiento de la cadena productiva y el respeto entre las partes, en términos de mercado.

«Para que el mercado sea realmente sostenible, productores, consumidores, industria y nuestro planeta, deben todos ellos beneficiarse», explica Paul Rice, presidente de TransFair USA, una de las ONGs que promueve el comercio justo certificado en el mundo.

Sin embargo, el comercio justo certificado no es la panacea. En demasiadas ocasiones, la lucha por las subvenciones y por acaparar cotas de poder, ha provocado que muchas ONG’s vendan el comercio justo como «la solución», sin adaptar la producción a las exigencias de calidad del mercado, o calculando costes de producción fuera de la eficiencia comercial.

La certificación, por definición no debe dejar espacio a flexibilizaciones o excepciones, y paradójicamente conforme se avanza en este sentido resurge con más fuerza la dificultad de crear criterios universales que puedan ser aplicados a las bien diferentes realidades de producción, desde India hasta México, desde Pakistán hasta Brasil.

Esto supone una llamada de alerta frente a la necesidad de crear otras alternativas paralelas que permitan apoyar realidades que no pueden ser certificadas.

El sello Fairtrade:

  • Un salario digno para los productores del Sur y la garantía para los consumidores de que los productores han recibido un precio adecuado.
  • Una mejora de las condiciones de trabajo de los productores del Sur respetando los derechos humanos y el medio ambiente, sin recurrir al trabajo forzado o al trabajo infantil, sin discriminación, respetando su libertad y conservando los ecosistemas.
  • Una mejora de las condiciones de vida de los productores del Sur gracias a las primas destinadas a realizar inversiones comunitarias (educación, sanidad, vivienda, formación) y a una autonomía reforzada de las organizaciones de productores del Sur, así como una seguridad duradera.
  • La garantía del origen de los productos mediante controles regulares.
  • Una especial atención a la calidad de los productos: sólo los productos de calidad, cultivados siguiendo métodos artesanales, obtienen el sello FAIRTRADE.
Por Verónica Rubio