¿Cuál es el mandamiento más importante?

Algunas iniciativas actualmente existentes en materia de responsabilidad social empresarial (RSC), mucho me temo que tienen el peligro de retrotraernos a los tiempos del Antiguo Testamento.
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«Maestro, ¿cuál es el principal mandamiento de la Ley? Él le respondió: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos pende toda la Ley y los profetas» Mt. 22, 36-40.

Uno de los problemas a los que se enfrentaban los judíos ortodoxos en tiempos de Jesucristo –y, en parte, todavía hoy en día– era la infinidad de preceptos de carácter moral y ceremonial que era necesario observar. Jesucristo, sin abolir la Ley antigua, puso el acento, principalmente, en la interioridad de los actos (en el corazón) y no en el cumplimiento externo de los miles de preceptos existentes.

La referencia viene al caso porque algunas iniciativas actualmente existentes en materia de responsabilidad social empresarial (RSC), mucho me temo que tienen el peligro de retrotraernos a los tiempos del Antiguo Testamento. La última de ellas ha partido de la Real Academia de Ciencias Económicas y Financieras. En efecto, en su libro-informe sobre La Responsabilidad Social de la Empresa (RSE): Propuesta para una nueva economía de la empresa responsable y sostenible, tan encomiable por muchos motivos, se descuelga con una propuesta final que, cuando menos, resulta algo inquietante: la creación de un nuevo Observatorio de medición y evaluación de la RSE.

La finalidad del futuro Observatorio –según apunta el informe– consistirá en hacer seguimiento y evaluar a las empresas de acuerdo con el cumplimiento de una serie de indicadores en materia de responsabilidad social elaborados en la mencionada obra. Los indicadores suman nada más y nada menos que un total de 120. El Observatorio se reserva la facultad de publicar un «ranking» de las empresas más «responsables», o sea, las que, en su opinión, cumplan más fielmente con esos indicadores.

En realidad, con la responsabilidad social empresarial está ocurriendo lo mismo que aconteció hace una década con la ética y las propuestas para impulsarla en el ámbito empresarial. La mayoría de las empresas se decantaron por elaborar códigos éticos.

Estos textos se elaboraron sobre la base de identificar una serie de conductas inapropiadas y sancionar la comisión de las mismas. Pero, como la vida es rica y no es fácil prever la infinidad de casos que pueden desviarse del comportamiento éticamente exigible, los códigos no hicieron más que engordar con los años, añadiendo al texto cada vez más supuestos.

La experiencia demostró que no era posible regularlo todo, y que una ética basada en normas, además de resultar siempre insuficiente, pues nunca podrá prever todas las situaciones, resultaba, además, muy negativa al apoyarse en limitaciones, y como tal carecer de la necesaria capacidad para inspirar conductas y motivar acciones. Quizá sea oportuno recordar que el código ético de Enron tenía una extensión de más de sesenta páginas.

Cualquier código debe poner los acentos en las aspiraciones, en las virtudes, en el «para qué» de los comportamientos. Al hacerlo así, se incentiva a los empleados para que innoven, es decir para que sepan enfrentarse con creatividad («moral») ante situaciones no previstas, y también para que asuman las responsabilidades sin descargarlas en la organización.

Si lo que ofrecemos a los empleados es un manual de instrucciones (semejante al manual de instrucciones de cualquier aparato mecánico), el inconveniente surge cuando se encuentran ante una situación que no está contemplada y reclama una decisión.

La naturaleza de la vida empresarial, en realidad de la vida en su conjunto, se caracteriza porque no siempre hay un taller cercano, o lo suficientemente cercano para que nos resuelva el problema con el carácter urgente que el caso requiere. Por eso, lo realmente importante es formar a los empleados para que sean capaces de dar una respuesta libre y responsable a los problemas que vayan surgiendo en un contexto caracterizado por el constante cambio.

Y si eso es así, tendremos que concluir que las empresas más responsables serán siempre las menos burocráticas, es decir aquellas que hayan sabido desarrollar una cultura que premie la capacidad de iniciativa y la innovación.

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