“Parte del éxito de los filantrocapitalistas dependera de su capacidad para cambiar las políticas de los gobiernos”

CE16 agosto 2012
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Matthew Bishop, autor de Philanthrocapitalism

Matthew Bishop, junto con Michael Green, describen el «filantrocapitalismo» en su publicación como «una forma nueva de hacer filantropía, que refleja la forma en que se hacen los negocios en el mundo capitalista con fines de lucro. Los empresarios no solo quieren dar cheques. Ellos quieren estar involucrados, aportando ideas innovadoras para aumentar el alcance e invirtiendo su tiempo y energía». «En un nivel macro –argumentan–, el filantrocapitalismo» explica cómo «el capitalismo en sí mismo puede ser filantrópico, trabajando por el bien de la humanidad».

¿Qué ha cambiado desde que escribió Filantrocapitalismo, en 2008, en esta era posterior a la crisis?

Incluso sin la crisis, habría habido muchos cambios en cuatro años, porque esta generación actual del movimiento «filantrocapitalista» es muy nueva. Los empresarios que entran en la filantropía tienden a cometer muchos errores al principio, así que hay mucho de aprendizaje y evolución. La crisis ha acelerado ese proceso.

Pasar de un sentido de abundancia a una sensación de escasez ha hecho que todos nos centremos más en cómo podemos conseguir la máxima repercusión posible con nuestro dinero. En algunos casos hubo un paso atrás; la gente perdió mucho dinero y se dio cuenta que las cosas eran más volátiles de lo que pensaban.

La mayoría de las personas sobre las que escribimos en el libro continuaron con su filantropía y creo que han acelerado la formulación de preguntas y la toma de decisiones difíciles sobre cómo priorizar las organizaciones.

¿Cree usted que los «filantrocapitalistas» son más propensos a aprender de sus errores que los filántropos tradicionales?

Sí. En primer lugar, las personas que crean riqueza tienden a estar mucho más dispuestos a correr riesgos, porque es su dinero. Creo que para los gestores de fundaciones establecidas por empresarios que no están presentes en ellas es más difícil asumir riesgos.

En segundo lugar, creo que muchos de los «filantrocapitalistas» son emprendedores. Ciertamente, si uno crece como empresario en los Estados Unidos, parte de su «rito de paso» es fracasar un par de veces y querer hablar de ello. No se escucha tanto esta historia en la filantropía. Las fundaciones defienden de boquilla la idea de que en filantropía hay que tomar riesgos, pero no hay el mismo entusiasmo al hablar acerca de lo que salió mal que el que hay en el mundo empresarial.

Es una verdadera lástima, porque una de las razones por las que muchas compañías se han vuelto mucho más eficientes y productivas en los últimos veinticinco años ha sido el grado de transparencia, el grado de aprendizaje que ha venido de cometer errores.

La filantropía aún se siente demasiado opaca y reacia a hablar honestamente acerca de lo que se ha probado y ha fracasado. Hay mucho de reinventar la rueda, de repetir el ciclo de fracaso y de no permitir que las nuevas ideas consigan la financiación que deberían estar recibiendo, porque el dinero todavía está comprometido en conceptos anquilosados que deberían haber sido descartados.

¿Qué más ha cambiado en 2012?

La crisis de financiación en el gobierno y los sectores sin fines de lucro ha aumentado la necesidad del «filantrocapitalismo». Puede haber una mayor voluntad de colaborar y estar de acuerdo con algunas de las ideas de los «filantrocapitalistas» a las que tradicionalmente estos sectores han sido bastante hostiles.

Al mismo tiempo el contexto social ha cambiado. Terminamos el libro con una larga discusión acerca de en qué va a consistir el contrato social. Queríamos que los «filantrocapitalistas» hicieran frente al hecho de que, si realmente quieren jugar un papel activo en la solución de problemas, tienen que buscar la aprobación de la gente. Recientemente ha habido un mayor esfuerzo por hacerlo.

Uno de los resultados ha sido la financiación de iniciativas filantrópicas masivas como Kiva, Donors Choose, Charity Water, etc., que llevan las alianzas entre los ricos y el resto de nosotros a otro nivel. Estos grupos promueven cambios y sentido de unión en las comunidades y ofrecen a la gente común la oportunidad de recibir comentarios e información para ver dónde va su dinero realmente. Ha habido cierta democratización de la filantropía.

Sin embargo, al mismo tiempo, debido al papel central de Wall Street y los ricos en la crisis, hay una sensación de que parte de la filantropía de Wall Street, que señalamos como un modelo en el libro, ya no es suficiente. Por ejemplo, Goldman Sachs, de la que se habla de forma muy positiva en el libro por su cultura filantrópica.

En los últimos cinco años, Goldman puso en marcha las iniciativas 10.000 mujeres y 10.000 pequeños negocios y un gran fondo de donaciones corporativas. Pero toda la cuestión de la legitimidad de las finanzas se ha trasladado a un orden superior. Ahora hay un interrogante de fondo acerca de si estas instituciones, como Goldman Sachs, están cumpliendo una función social que nos parezca valiosa.

Uno de los desafíos a los que se enfrentan los «filantrocapitalistas», sobre todo los que salen del sector financiero, es tener un debate sobre el contrato social, acerca de lo que se espera de los ricos. ¿Será suficientemente adecuada y dimensionada la filantropía para alcanzar un grado de eficacia capaz de satisfacer el apetito del público de sentirse de nuevo bien con el sistema? Creo que esa es una pregunta mucho más abierta de lo que era hace cinco años.

¿Ve usted algunos puntos positivos?

Veo un montón de cambios positivos, por ejemplo, en el esfuerzo liderado por la Fundación Gates sobre la malaria. Esta es la primera gran campaña mundial basada en los principios de «filantrocapitalismo».

Ha reunido a todos: iglesias, grandes empresas como Exxon Mobil, gobiernos africanos, iniciativas de masas como One, el Banco Mundial o la propia fundación; y ya ha producido una disminución drástica de las muertes por malaria. Es una prueba del modelo, estamos empezando a obtener resultados.

Las grandes empresas como Coca-Cola o Unilever están comprendiendo su contexto social mucho mejor. Al mismo tiempo que buscan crecer en países en desarrollo también hay una tendencia mayor a estar «en el lado correcto del progreso», a ayudar al progreso en el marco de su estrategia corporativa, en lugar de «expulsarlo» a su fundación. La filantropía empresarial es cada vez más importante y ya no es simplemente un bote de dinero que se arroja a otros países. Se está convirtiendo en algo mucho más inherente al corazón de lo que las empresas hacen.

En el pasado usted ha lamentado la falta de continuidad en la filantropía corporativa. ¿Esto está cambiando?

Históricamente la llegada de un nuevo consejero delegado implica contratar una nueva agencia de publicidad y también un cambio en la estrategia de donaciones. Ahora creo que hay un entendimiento, aunque no se han cambiado del todo las prácticas, sobre el hecho de que las empresas tengan que integrar este trabajo en sus estrategias de negocio a largo plazo. Mantener el rumbo es mejor para todos los interesados.

El hecho de que Apple esté atrayendo la atención por sus prácticas laborales también es un giro interesante y positivo. En los últimos veinte años los problemas de la cadena de suministro han originado muchas de las mejores ideas para el negocio al verse obligados a hacerles frente. Por ejemplo, asociaciones de Nike y The GAP con las ONG. Pero hay todavía un largo camino por recorrer. Ahora que Apple está en la línea de fuego y su marca es tan importante tiene la oportunidad de renovarse y presentarse como un modelo, ya sea por hacer las cosas bien o por hacerlas mal. Pero creo, dado el riesgo para su marca, que ahora van a hacer mucho bien.

Un tercer aspecto que está cambiando es el papel cada vez mayor de los medios de comunicación social. Las empresas están empezando a aprender más acerca de cómo construir movimientos de masas para el cambio social, para resolver problemas sociales. Todavía es muy temprano, pero si se trata de temas como la primavera árabe o el vídeo Kony, aun con todos sus defectos, el éxito de Kiva, Donor’s Choose, Water, Avaaz o Purpose, hay un montón de cosas realmente interesantes que están ocurriendo. La consecuencia será un mayor poder de las personas y los «filantrocapitalistas» están jugando un papel muy importante en la financiación de este tipo de trabajos, aunque no se note su participación, incluso sin visibilidad.

Por último, se está prestando una mayor atención a las consecuencias políticas del hecho que los ricos se enganchen con la sociedad, ya se trate de los hermanos Koch y George Soros, o quien sea. No está claro cómo va a sentir eso el público a medio plazo, sí se tiene la percepción de que se hace una filantropía con una base lo suficientemente transparente y demás.

Esto coincide con un creciente reconocimiento por parte de los «filantrocapitalistas» de que parte de su éxito dependerá de su capacidad de hacer que el gobierno cambie sus políticas. Así que no son simplemente empresas enseñando músculo, de modo que pueda verse como un limitado interés propio y en contra de la voluntad popular; también están pisando los filántropos en el mismo espacio. Ellos aparentemente lo están haciendo por buenas razones, pero se arriesgan cada vez más a entrar en una controversia política.

Por el momento las entidades no lucrativas y los filántropos parecen gozar de una confianza del público elevada en comparación con las empresas, los periódicos y los políticos, pero si se introducen cada vez más en la arena política. ¿Cambiará esto? ¿Podría cuestionar su legitimidad?

Bill Gates estuvo en España recientemente para alentar al gobierno a mantener su gasto para el desarrollo internacional. ¿Cuál es la influencia de alguien como Bill Gates?

Está claro que tiene una posición relevante; la gente le va a escuchar. Él puede tener acceso a cualquier persona que quiera conocer. Sin embargo, el acceso tiene un precio. Creo que los políticos como David Cameron en Gran Bretaña, que ha mantenido su compromiso de ayuda, están siendo elogiados por Gates. Eso probablemente tiene un valor político.

Por otro lado, el gobierno italiano fue criticado por Gates por su falta de mantenimiento de los compromisos de ayuda. ¡Y no creo que esa fuera la razón por la que Berlusconi dejó el cargo! Lo que Gates está haciendo en el terreno político refleja el hecho de que incluso una enorme fundación como la de Gates, la mayor creada hasta el momento, no puede obtener éxito en asuntos de gran relevancia a menos que pueda obtener la financiación adicional del gobierno. Gates tiene que involucrarse en el desorden de la política. Eso es un asunto arriesgado, ya que significa que tienes que moverte con cuidado para saber cuándo criticar o cuándo alabar a un gobierno, y puede que esto se vuelva en tu contra.

Usted habla de una campaña de prevención del VIH realizada por Nike que fue mucho más eficaz que los esfuerzos del gobierno, ¿cómo puede suceder eso?

El gobierno de Sudáfrica se acercó a Nike y les dijo: «Ustedes inspiran más confianza que nosotros en este tema ¿podrían hacer alguna publicidad?». Y Nike, por supuesto, la hizo muy bien. El gobierno no es una entidad de confianza en ningún lugar del mundo en este momento. Sin embargo, las empresas (aunque algunas han sido gravemente dañadas por la crisis financiera), sobre todo las marcas de consumo, dedican mucha energía a la construcción de lazos de confianza con sus clientes.

Hace unos meses George Overholser habló sobre el potencial de los Bonos de Impacto Social para orientar a los gobiernos hacia programas más eficaces, teniendo menos riesgo. En España se empieza a hablar de ellos. ¿Qué valor le otorga a los Bonos de Impacto?

Los Bonos de Impacto Social podrían ser inductores de transformación, llevando la creatividad del sector privado y el sector no lucrativo al corazón del gobierno de manera que supere la inercia propia, y es muy prometedor. El problema es que estos Bonos de Impacto Social son todos diferentes; es necesario que se estandaricen.

Pero es emocionante que se pongan a prueba no solo en Gran Bretaña, sino también en otros lugares. Hay un verdadero potencial.

Por Kristin Majeska y Catalina Parra
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