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La otra cara de la Villa 21: una esperanza para los más vulnerables

Es lunes por la noche y nos reunimos en una de las casas dependientes del Centro Barrial Hurtado, en la Villa 21, perteneciente al Hogar de Cristo, una organización de la Iglesia Católica en Argentina que agrupa a todos los Centros Barriales de las villas del país. El joven sacerdote Carlos Olivera, párroco de la Iglesia de la Virgen de los Milagros de Caacupé localizada en esta villa, más conocido como el padre Charly, es el responsable y principal dinamizador de las actividades en esta comunidad. Como todos los lunes, esta noche un grupo de voluntarios saldrá a recorrer la villa para dar de cenar a los pibes de la calle.
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Celebración de cumpleaños infantiles en el Centro Barrial Hurtado.

La Villa 21 es uno de los tantos asentamientos informales que se encuentran en la mayoría de las grandes urbes latinoamericanas que sólo se mencionan en los medios de comunicación para poner de manifiesto su cara más oscura y menos atractiva: los altos índices de consumo de droga y de violencia. Es la villa más grande y con más población de la capital de Buenos Aires. Cincuenta mil personas viven actualmente en esta zona de la ciudad. La mayoría de ellas proceden originariamente de Paraguay y Bolivia de donde emigraron a mediados del siglo pasado en busca de un mejor futuro.

Pero no todos dan la espalda a estos núcleos de población alejados de las tradicionales rutas turísticas. La Villa 21 es una de esas “periferias” tan queridas por el papa Francisco, donde se escapaba con frecuencia cuando era obispo de Buenos Aires y dónde animó a “emigrar” a muchos de sus sacerdotes. “Acá me envío Bergoglio en el año 2002 para atender a esta comunidad”, recuerda el padre Charly. Y así hizo también con dos docenas de sacerdotes más que tienen el encargo de servir a la población de estas zonas ignoradas y desatendidas. Para mucha gente, estos “curas villeros”, como se les conoce, son los discípulos preferidos del papa Francisco.

En la casa no seremos más de veinte personas. Al echar una mirada a mí alrededor no puedo evitar el pensamiento de que formamos un grupo muy peculiar. Por una parte los voluntarios y voluntarias del Hogar de Cristo: universitarias, profesionales y algún jubilado. La mayoría vive fuera de la villa y viene a echar una mano todos los lunes, respondiendo a la llamada del padre Charly.

El otro grupo, también voluntario, está integrado por antiguos pibes de la calle adictos al paco (es la pasta de cocaína que se consigue a través de la maceración de hojas de coca, mezcladas con parafina o solventes) que han conseguido reintegrarse o están en camino de conseguirlo. En este grupo destaca sobre los demás un muchacho moreno, de unos cuarenta años de edad, al que llaman Maxi. Aunque no para de “hacer bulla”, pues todavía se encuentra bajo los efectos de la bebida, no ha querido faltar a la cita de los lunes.

Todos se saludan con un beso. El padre Charly nos hace un ademan y rápidamente formamos un corro en torno a él y comienza una breve tertulia en la que se dan noticias de la labor. Papito y Ron, otros dos antiguos pibes de la calle, cuentan que acaban de regresar de una misión en la que habían ido a prestar ayuda a otro centro barrial.

Antes de salir a recorrer las calles, el padre Charly, como es habitual, dirige una oración y nos invita a unirnos con nuestras peticiones. Rosa pide por todas las personas que se encuentran en situación de calle y el padre aprovecha para pedirnos que recemos por Eduardo al que acaba de dar la extremaunción en el hospital… “Sí, para que no sufra” –comenta alguien en voz alta. “Para que no sufra, pero, sobre todo, para que muera en paz” –matiza el padre Charly.

El padre añade que hoy quiere dar gracias por varios motivos: “por los frutos de la misión de Papito y Ron, por el grupo que está hoy reunido y -mirándome a los ojos, agrega- por Javier, que es un periodista, que viene de España y hoy nos va a acompañar”. Terminamos con la lectura de un pasaje del evangelio, que el padre comenta brevemente, y con el rezo final del Padrenuestro.

Calles de la Villa 21.

La ruta del guiso

Como si se hubiese dado el disparo de salida, todos se ponen manos a la obra. De una habitación situada al fondo salen por parejas portando unas cacerolas de aluminio de veinte litros llenas de un guiso. “¿Qué tiene?”-pregunto. “Pues, tiene arroz, carne, cebolla, tomate. Es muy sabroso”, me contesta, sonriendo, Patricia.

Las cacerolas se introducen en un tipo de bicicleta, similar a los carritos del helado. Junto al carrito cuelgan unas bolsas que contienen unas bandejas de plástico que se usan para repartir las raciones del guiso. La otra bolsa está llena de unos cartones de unos diez por veinte centímetros. “¿Para qué es esto?”-me intereso. “Para que apoyen la bandeja en el cartón y no se quemen, pues el guiso está muy caliente”. El guiso se acompaña de un refresco y una rebanada de pan.

El padre nos divide en tres grupos, cada uno de los cuales seguirá un itinerario distinto. “Javier -me indica- tu acompañaras al grupo de Papito”. Papito me saluda con un fuerte apretón de mano y me presenta a un joven de unos veinte años alto y fornido. “Este es Matías, él se ocupará de ti”. Le saludo y nos ponemos en marcha.

Nuestro grupo está formado por diez personas; Gustavo, un magistrado, al que acompaña su mujer y dos de sus hijas. Papito y Maxi, su hermano, que no para de moverse de un lado a otro; Patricia, voluntaria de Cáritas; Ron y Matías, antiguos paqueros, que han comenzado el camino de recuperación; y Francisco, amigo de la infancia del padre Charly que, actualmente, trabaja en un organismo nacional de servicios sociales.

Nos ponemos en movimiento, empujando el carrito y al llegar a la esquina de un cruce alguien del grupo grita un nombre. “¡Fabio!” A lo lejos distingo arrastrándose por el asfalto a un hombre. Ron sale corriendo con una bandeja, le saluda y se la entrega, mientras Rosa le acerca un vaso con el refresco.

Médico a domicilio

Tras atender a Fabio, reiniciamos nuestro recorrido empujando el carrito cuesta arriba. Al cabo de unos minutos se incorpora al grupo Jorge Poliak, un médico reumatólogo del Hospital de Penna, ya jubilado. Jorge me explica que colabora con el Hogar desde hace años. Mientras el resto de los voluntarios dan de comer a los pibes, él se acerca a ellos y les pide que escupan en unos frasquitos de plástico que luego analiza en el laboratorio para comprobar si tienen tuberculosis. “La única manera de tratar a esta población es ir a su encuentro, pues los adictos al paco que viven en situación de calle no se acercan al centro médico. Hay que ir donde ellos conviven, sin esperar que llamen a la puerta”, explica.

El doctor me cuenta que la costumbre de recoger muestras directamente de la calle se originó cuando las personas del Hogar de Cristo, que estaban en contacto diario con los pibes de la calle, advirtieron que muchos de ellos estaban afectados por la tuberculosis. El procedimiento previsto por los servicios de salud pública era completamente ineficaz. “Llevaban a los pibes al Hospital Muñiz, el más cercano, pero el protocolo oficial para los afectados por esta enfermedad requiere un periodo de internación y luego seguir un tratamiento de toma de dosis bastante exigente. Pero se trata de un procedimiento absurdo, pues los usuarios del paco no siguen rutina alguna. Cada jornada es una batalla contra la abstinencia. Puede que acudan algún día aislado a por su toma, pero al siguiente te los encuentras tirados en una esquina noqueados por la droga. Los servicios de salud no aceptaban que se les llevase el medicamento a las “ranchadas”, que es donde se reúnen los que consumen el paco, porque iba contra el procedimiento establecido.

El procedimiento previsto por los servicios de salud pública para la detección y tratamiento de la tuberculosis es completamente ineficaz.

El carro se detiene para atender a dos más. El grupo los conoce por el nombre, ya sabe dónde localizarlos. Patricia y Ron dejan un par de bandejas junto a un habitáculo hecho de cartón y plástico en el que no hay nadie, pero, me explican, “ya regresará, está haciendo la calle y aguarda su bandeja”.

Un poco más adelante encontramos un colchón de goma espuma en el que con dificultad se adivina un cuerpo envuelto en varias mantas sucias y desvaídas; un improvisado toldo, hecho de plástico y algunos tablones de madera suelta, cumple las funciones de un techo en caso de lluvia. Un cuerpecito de mujer, escuálido y tembloroso, extiende las manos para tomar la bandeja y nos pide otra para un compañero que se encuentra haciendo la “ronda”.

Marcos me comenta que suele ser habitual que soliciten una bandeja para su compañero o compañera. La gente “en situación de calle” tiene fuertes vínculos de solidaridad entre ellos. Jorge se acerca a la mujer, le toma la mano y le muestra el frasquito de plástico. Le explica que está tomado muestras para detectar si tiene alguna enfermedad  y que para obtenerla necesita que escupa en el frasquito. Pero ella apenas tiene fuerza y, somnolienta, se cubre de nuevo con las mantas para seguir su duermevela.

Nuestra ruta nos conduce ahora a un grupo numeroso que se encuentra reunido en la calle Cruz, junto a un altarcito improvisado al Gauchito Gil, un personaje que forma parte del santoral profano objeto de gran devoción en Argentina, especialmente entre las clases populares. Su origen histórico es confuso, al parecer fue un gaucho, ajusticiado injustamente, que protegió a los pobres, una suerte de Robín Hood. Los paqueros se juntan en este lugar para pedirle protección. Matías me comenta que él tiene gran devoción al Gauchito Gil, “me hizo grandes favores cuando estaba en la calle”, y que llegó a peregrinar a su tumba en la ciudad de Mercedes, localizada en la provincia de Corrientes.

Como quiera que sea, el pequeño santuario del Gauchito Gil se ha convertido en un punto de encuentro de los pibes de la calle. En apenas unos segundos el carrito se encuentra rodeado por media docena de “clientes” que solicitan impacientes su ración de guiso y refresco, formándose, como si de un establecimiento normal se tratase, una cola de consumidores en espera de su turno. La mayoría pide más de una bandeja para compartir con algún compañero y, poco a poco, el nivel de la cacerola va descendiendo. Patricia se ofrece a acompañar a un paquero a su habitáculo, ayudándole a cargar con las bandejas y Matías con un gesto le desanima enseguida: “No vayas, no es seguro”.

Caigo en la cuenta que ir acompañados de personas como Matías, Papito, Maxi y Ron, antiguos adictos al paco que han conseguido o están en camino de desengancharse, cumple un doble objetivo. Por una parte, como me explicó el padre Charly, “no sirve de nada dejar el paco si no ofreces a los pibes un plan que ordene y dé sentido a su vida, y la mejor terapia es ocuparse de los demás. Si los pibes no ven una alternativa a su vida, vuelven a reincidir en sus malos hábitos. Es preciso acompañarles a lo largo de todo su camino, que será largo y lleno de obstáculos”.

El hecho de que ellos nos acompañen también constituye un ejemplo vivo a todos los pibes, una prueba de que se puede salir de la adicción. Pero, además, ir escoltados por ellos nos permite acercarnos con más seguridad y confianza a los que se encuentran “en situación de calle”. Ellos conocen los códigos y costumbres de esta vida tan dura. Han sufrido la soledad, el frío, el hambre y la violencia. Tienen el cuerpo lleno de cicatrices, externas e internas, y esa carta de presentación les da una gran autoridad frente a todos.

“No sirve de nada dejar el paco si no ofreces a los pibes un plan que ordene y dé sentido a su vida, y la mejor terapia es ocuparse de los demás”. Padre Charly

Papito, el mayor del grupo, el que más horas de vuelo tiene en la calle y en la cárcel, me explica que algunos de los que acuden a la llamada del guiso, “todavía no saben lo que es la calle. No han pasado muchas noches, temblando de frío y de hambre, sin nada que echarse a la boca”. El habla con orgullo de su situación actual. Junto con Matías, vive en una casa, atendida por un matrimonio paraguayo que colabora con el Centro Barrial el Hurtado. La casa se compró y se puso en marcha hace años para ofrecer un hogar y acompañar a todos los que comienzan el camino de la recuperación. Matías hace tres meses que vive en la casa, y ya comenzó un oficio. “Hago buzos –chándales-, y en una semana aprenderé a hacerlos con capucha”, comenta ufano.

Son cerca de las diez y media de la noche cuando regresamos a la casa de donde partimos. Han sido dos horas empujando la bicicleta por las calles de la Villa 21 y Zabaleta. Ya no queda guiso en la cacerola. Más de cien bandejas distribuidas. “Cada vez terminamos antes el reparto. No es que haya más pibes, es que cada vez están más enganchados por el paco”, comenta Marisa con la preocupación reflejada en su semblante. El padre Charly se despide de todos, alternando besos y abrazos.- “Muchas gracias y que Dios los bendiga”. “Buenas noches padre. Hasta el próximo lunes”-, contestan agradecidos.

Inventariar el conocimiento

A primera vista los Centros Barriales son como cualquier otra dependencia, pública o privada, que presta servicios sociales a los colectivos vulnerables. Los centros son sedes localizadas en cada una de las diferentes villas que se crearon para dar una respuesta integral a las situaciones de vulnerabilidad social y ayudar a las personas que consumen drogas.

A diferencia de los modelos de servicios públicos, cuyo funcionamiento está estandarizado y responde a un esquema cerrado de prestación de servicios, los Centros Barriales son muy flexibles y sus servicios se adaptan a la realidad cambiante y compleja de la población vulnerable. Desde los centros se coordinan los diferentes servicios y dispositivos de ayuda: alojamiento, comida, higiene, educación, salud, etc.

A lo largo de estos nueve años –el primer Centro Barrial del Hurtado se inauguró en la Villa 21 en el año 2008-  se han ido desarrollando diferentes dispositivos e iniciativas para acompañar a las personas más vulnerables en el camino de la recuperación. La conveniencia de recoger toda esta rica experiencia impulsó a la Dirección de Innovación Social de CAF-Banco de Desarrollo de América Latina a llevar a cabo un proyecto con Cáritas Argentina que permitiese sistematizar los conocimientos que se han venido generando para así poder transmitirlos y tener garantías razonables de calidad en los procesos a implementar en el futuro.

Para conseguirlo se pretende crear una Escuela de Formación de Centros Barriales que forme, sistematice e impulse la extensión del modelo mediante misiones a diferentes poblaciones y núcleos urbanos de Argentina.

Como señala Ana Botero, directora de la Dirección de Innovación Social: “La investigación sobre problemas que emergen de la complejísima combinación entre la adicción y la exclusión representa un conocimiento nuevo y práctico de gran utilidad para muchos actores, y particularmente para los hacedores de política pública, con el potencial de replicar y ampliar a otros territorios, esta forma novedosa de hacer las cosas”.

Esa capacidad de adaptación que tienen los Centros Barriales para atender con flexibilidad a las necesidades de cada persona, les ha hecho tremendamente eficaces en los índices de recuperación de la población atendida. Lo más paradójico es que esos resultados los han conseguido aplicando una lógica contraria a los sistemas tradicionales de prestación de servicios sociales.

Se trata de una experiencia basada más en principios inspiradores de actuación que en procesos y servicios sistematizados. El trabajo que se realiza en el Hogar es un recordatorio vivo y elocuente de lo que las instancias burocráticas no pueden proporcionar y que es lo que el hombre, en todo tiempo y lugar, más anhela: una entrañable atención personal.

Taller de percusión organizado por el Hogar de Cristo.

  1. Una respuesta integral

La vulnerabilidad y la exclusión son fenómenos complejos que no admiten soluciones parciales y aisladas. No se puede pensar en una recuperación plena e integral de los drogadictos si quien consume está solo, vive en la calle o no tiene un DNI que le permita tramitar los beneficios sociales o acceder a cualquier institución sea pública, de salud o social. Sin esas condiciones básicas resulta imposible que alguien pueda pensar en replantearse su vida. No es posible un proyecto de vida que no contemple la inserción laboral. No es aconsejable que una persona que se ha incorporado al mercado laboral y cuenta con una fuente de ingresos no reciba orientación sobre la administración de su dinero. Por esa razón, en los Centros Barriales acompañan todos los aspectos de la vida de la persona ofreciendo distintos servicios.

“Pero además -agrega Ana Botero-, esta respuesta representa una oferta única. ¿Cuál es la mejor manera de acompañar, aconsejar y contener a una persona que vive en condiciones de pobreza extrema, en situación de calle, en las calles de un barrio marginado en el que las condiciones de sanidad son paupérrimas, que tiene una adicción fuerte a una droga experta en matar pobres como el paco, y que tiene una enfermedad infecto contagiosa como la tuberculosis? Éste es el tipo de situaciones que abordan los Centros Barriales; situaciones no abordadas de forma integral por ninguna organización pública ni privada”.

  1. Un plano inclinado

En el Hogar tienen claro que el camino de la recuperación debe transitar por un plano inclinado y gradual en el que es necesarios ir paso a paso. El primer contacto con las personas que consumen suele comenzar en la calle. Ese encuentro constituye el primer paso para iniciar un diálogo. Las personas adictas al paco van ganando confianza poco a poco tras esos encuentros y terminan acercándose a los Centros Barriales para solicitar algún tipo de ayuda. Allí se les atiende, se les proporciona ropa, comida, higiene.

En alguna de esas visitas, los jóvenes pueden solicitar ayuda y manifestar su deseo de recuperarse de la adicción. Es el momento de iniciar una conversación más profunda y prolongada y plantearles la posibilidad de que vivan temporalmente en una de las casas de acogida.

El Centro Barrial Hurtado tiene distintas modalidades de casas de acogida en función de las circunstancias de cada persona (Centros de Bajo Umbral, Hogar de Bajo Umbral, Casa de Medio Camino y Casas amigables), lo que es importante es que los interesados sean conscientes de que se trata de un situación temporal hasta que se recuperen y constituyan su propio hogar y ayudarles a formular un proyecto de vida. Como ellos dicen, “es necesario un plancito y mucha paciencia”.

  1. De uno en uno

Los centros barriales no atienden a colectivos, grupos o poblaciones con determinadas características socioeconómicas, sino a personas con nombre y apellido, cada una de las cuales tiene unas necesidades concretas que satisfacer. No hay soluciones pret-a-porter, sino trajes a medida.

Uno de los términos que más se utiliza entre los trabajadores y voluntarios de los centros es la expresión “acompañar”. No es una expresión retórica. Se trata de servir a los demás, no de prestar servicios. Son las necesidades concretas de cada persona las que determinan y configuran la ayuda que necesita en cada caso. Se trata de adaptar los programas e iniciativas a la realidad no la realidad a los programas e iniciativas existentes. Todas las iniciativas de los Centros Barriales han surgido como respuesta a una situación personal.

Los centros barriales no atienden a colectivos, grupos o poblaciones con determinadas características socioeconómicas, sino a personas con nombre y apellido.

  1. Salir a buscarlos

En los Centros Barriales no se espera que nadie llame a la puerta para atenderle. Sus responsables y voluntarios acuden en busca de los muchachos y muchachas donde habitualmente se encuentran: “en las calles, los pasillos y ranchadas”. Los “pasillos” hacen referencia a la estrechez de algunas calles de las villas donde se encuentran los adictos al paco. El término “ranchada” tiene sus origen en la cultura criolla, en el campo ranchar quiere decir comer; luego paso a formar parte de la jerga carcelaria y de la calle para referirse a las bandas que se forman en los pabellones carcelarios o a los grupos donde se juntan y reúnen los que consumen el paco.

Un buen ejemplo de esta manera de actuar es el dispositivo que se creó para atender a los enfermos de tuberculosis. Gracias al contacto directo que desde los Centros Barriales se tiene con las personas adictas se dieron cuenta que los casos de tuberculosis entre esta población eran muy numerosos. Esa información no figuraba en los datos de los centros de salud pública por la dificultad de realizar diagnósticos oportunos debido a la falta de accesibilidad de esos servicios. Las personas adictas al paco no suelen acudir a los centros de salud, cuando acuden no “se les recibe bien” porque causan rechazo y si se les interna terminan escapando debido a la abstinencia.

Por otra parte, el tratamiento de la tuberculosis requiere acudir a los centros ambulatorios para recibir la medicación, una rutina que los adictos al paco son incapaces de mantener. Tras años de lucha, el Hogar logró convencer a los responsables de salud pública que les dejasen colaborar con ellos realizando el servicio de control y administración de los medicamentos. Jorge Poliak es una de las personas que realiza este servicio, acompañando a los voluntarios del Hogar a las “ranchadas” y lugares donde se encuentran los muchachos para recoger directamente las muestras, analizarlas y, en su caso, administrar el tratamiento.

  1. Sembrar, sin esperar resultados

En el Hogar no se buscan resultados inmediatos. Se hace lo que se debe, pasito a pasito. Son muy conscientes de que los cambios sociales necesitan mucho tiempo. No solo porque el enfoque integral exige profundizar en las causas e ignorar las soluciones parciales y simplistas, sino también porque para ellos no hay personas “descartables”, por utilizar una expresión del papa Francisco, principal inspirador de esta labor. Las personas vulnerables tienen una puerta permanentemente abierta.

Paradójicamente esta manera de trabajar que no mide las acciones por su eficacia a corto plazo sino por el sentido que tienen en sí mismas, es la que termina teniendo más resultados en extensión y profundidad. Los índices de recuperación de los adictos que tienen los centros barriales son muy superiores a los de cualquier iniciativa, pública o privada, similar. Aunque a los curas villeros no les gusta calcular porque “basta con que uno se salve”. Se resisten a mirar la realidad social desde los papeles de las estadísticas, desde los fríos números. “Desde esta perspectiva un adolescente que comienza hoy a consumir paco, es sólo uno más (…) Nosotros queremos intentar mirar la realidad desde el corazón de Dios. Es que Dios no quiere que ninguno de sus hijitos se pierda, para todos quiere una vida plena” (Mensaje de los sacerdotes para las villas de emergencia, 25 de marzo de 2009)

“Para mí –señala Ana Botero- ha sido una experiencia fuerte e inspiradora. Hay que conocerla, no de otra manera puedes entenderla. No es una metodología específica, es más bien una forma de vida, un acompañamiento integral que se nutre principalmente del afecto, del amor y de un sentido de comunión permanente”.

El padre Charly motiva a los chavales en el torneo de fútbol de los Centros Barriales.

Cuentan que en una ocasión un conocido personaje venido de un rico país le preguntó a Santa Teresa de Calcuta cómo comenzó su obra. “Madre Teresa -le inquirió- ¿cómo inició su labor? ¿Cómo consiguió evitar el desaliento ante tanta pobreza? ¿Cómo sacudirse la desesperanza ante el exceso de las necesidades y lo limitado de nuestras actuaciones?”.

La Madre Teresa le contestó sonriendo: “¿Qué cómo comencé? Pues empecé un día que iba caminando por las calles de Calcuta y me encontré con una mujer tirada en plena calle. Se la estaban comiendo las ratas y las hormigas. La recogí, con ayuda de unas personas y me la lleve a mi casa. Esa fue la primera, y luego vino una segunda y, después, ¡una tercera! Desde entonces (era principios de la década de 1970) hemos recogido por las calles de Calcuta más de veinte mil personas. ¿Me pregunta que cómo comencé? ¡¡De uno en uno!!”.

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