Yo no soy racista, pero…

Así empiezan el 100% de comentarios de discriminación racial que oímos a diario, y que nos muestra lo poco que hemos evolucionado en materia de tolerancia hacia las personas de otras razas. Hoy celebramos el Día internacional de la eliminación de la discriminación racial con un baño de realidad: queda mucho por hacer desde el punto de vista legal y, sobre todo, social.
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Hay jornadas en las que uno se levanta con un baño de realidad. Y hoy, 21 de marzo, Día internacional de la eliminación de la discriminación racial, es una de esas jornadas. Una en la que nos damos cuenta de lo poco que hemos evolucionado en materia de racismo y xenofobia, de que estamos a años luz de que nadie vea diferencias en el color de la piel y el país del que se provenga. De que la canción de El emigrante, que hace más de dos décadas nos regalaba Celtas Cortos, sigue estando de rabiosa actualidad.

Todo ello lo vemos, como siempre, en las cifras que recogen diversos estudios, que muchas veces pasan desapercibidos, y en las reclamaciones que nos hacen desde organismos europeos. España es uno de los pocos países del Consejo de Europa que no tiene un organismo independiente para combatir el racismo. De hecho, recientemente se nos instaba a establecer esta figura “con carácter urgente”, y se nos daba un toque de atención por la falta de medidas existentes para integrar a los migrantes y evitar la segregación de los niños gitanos.

Lo vemos también en las noticias y en las redes sociales. No ha sido difícil recoger ejemplos: en menos de dos semanas las redes han ardido con muestras de desprecio hacia el color de la piel. Una, provocada por el vil crimen de Gabriel, el ‘pescaíto’ de ocho años asesinado en Almería. España entera ha llorado de rabia al enterarse de cómo ha sido su muerte, y una buena parte ha arremetido contra la comunidad negra tras saber quién (y de qué color) era la autora de tan deleznable acción. Diseminando el odio.

Otra, tras la muerte de Mame Mbaye, que ha pasado a la historia como el ‘mantero’ de Lavapiés. Y no como la persona que era: un chico de Senegal de 35 años que saltó la valla de Melilla en busca de una oportunidad. Que llegó a Madrid con los bolsillos vacíos y cayó presa de las mafias de las falsificaciones para poder sobrevivir. Que no contaba con recursos para ir al médico y descubrir que tenía una enfermedad congénita que provocaría su prematura muerte.

Un triste final que le ha convertido en un símbolo para los que viven como él vivía y que ha servido para reavivar la llama de una lucha de ideologías que creíamos no muerta, pero sí aletargada. Y también para poner sobre la mesa una serie de reivindicaciones olvidadas por la mayoría de votantes y votados, políticas que eviten la exclusión social de personas como Mbaye.

Agrupaciones como SOS Racismo han denunciado cómo la Ley de Extranjería condena a muchas personas a vivir excluidas y sin derechos.

Agrupaciones como SOS Racismo han denunciado cómo la Ley de Extranjería condena a muchas personas a vivir excluidas y sin derechos. Por eso, desde esta entidad se ha solicitado su derogación y la de todos los mecanismos de control y exclusión amparados bajo ella, como las redadas racistas, las paradas por perfil étnico, los Centros de Internamiento de Extranjeros y las deportaciones.

Tolerancia en la distancia

Por supuesto, esta realidad también está en nuestro día a día, aunque no somos capaces de verlo porque, en vez de ser un baño que cala y empapa, es solo un goteo que nos resbala. Nos llega en esos mensajes instantáneos que arremeten contra los ‘privilegios’ que tienen los inmigrantes en nuestro sistema que les permite vivir sin trabajar, a costa de los impuestos que los demás pagamos. Son mensajes que convencen a muchos de los que viven a nuestro alrededor y que son reenviados sin miramientos, diseminando más odio hacia otras culturas que viven entre nosotros.

Un desprecio latente en el lenguaje de nuestros abuelos, de nuestros padres, de nosotros mismos… De nuestras bocas salen palabras como ‘moro’ o ‘panchito’, hablamos entre nosotros de forma despectiva de chinos, negros y gitanos, sin ver a la persona que hay detrás. Sin embargo, es curioso cómo somos capaces de conmovernos ante el sufrimiento de las imágenes que nos llegan de Siria, de los campos de refugiados, de las aldeas sin recursos del África subsahariana… “¿Racista yo? Si tengo un niño ‘guachumino’ de Guatemala apadrinado”. Es el nivel de tolerancia al que hemos llegado.

¿Hemos ido hacia adelante? No lo vamos a negar, afortunadamente se ven muchos menos ataques callejeros de grupos de violentos de extrema derecha. Y muchas más personas que se sientan en un vagón del metro sin mirar con recelo a la persona que ocupa el siguiente hueco. Ha habido una evolución positiva, pero muy lenta, casi estancada.

¿Y si miramos hacia el futuro? Veo las clases de mis hijos, multiculturales a más no poder, compartiendo espacio, pensamientos, juegos y amistades con niños españoles hijos de inmigrantes de todas las partes del globo. Y veo un futuro con posibilidades. Pero se me cae el alma a los pies cuando me cuentan las comidillas del patio: “Mamá, cuando jugamos al fútbol a Samuel le llaman ‘negro’. ¿Es un insulto?”.

Ellos mismos, desde la inocencia del niño, ven desprecio no en la palabra, sino en la forma de decirlo. No les podemos negar que existe esa diferencia física: Samuel es negro, ellos son blancos. Debajo de la piel todos somos personas, y si no se lo enseñamos desde su más tierna infancia seguiremos estancados en la asignatura de la tolerancia. Como decía la canción de Celtas Cortos, “somos distintos, somos iguales”. Así se lo tenemos que transmitir.

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Comentarios
  1. GertyMigue

    Estimada Gema: Buenos dis!! Gracias por este artículo. Yo soy cubana y llevo aquí 20 años, cada vez más cuesta arriba. No hay manera de que me den espacio. Vine aquí en el.año 1998 a la universidad de Alicante y ahí conocí al que sería muy futuro esposo. No me quedé, de hecho e expuesto mis obras en muchos otros países. Con el tiempo me casé, y decimos, también con el tiempo vivir aquí, mi.esposo es español. Somos unas personas normales y hacemos.lo que hacen las personas normales. La agonía y el daño que nos ha provocado el racismo oculto, el institucional, a nivel.peesonal. Las constantes etiquetas etc es horrible. Ojalá y un día toda la ignorancia, y los intereses económicos, que rodean el racismo y lo xenofobia se elimine y podamos todos vivir en paz, en armonía, con igualdad de oportunidades.