¿Es tan rica la Iglesia?

Cuando la revista ‘Foreign Policy’ le formuló al conocido vaticanista John l. Allen la pregunta de si la Iglesia era tan rica, el periodista contestó con un escueto “not really”, explicando que los “dineros” de la Iglesia se han exagerado indebidamente.
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“Con frecuencia escuchamos que el Vaticano posee inmensas riquezas, pero su presupuesto anual es inferior a los 400 millones de dólares. Una cantidad muy alejada del presupuesto de la universidad de Harvard, que sobrepasa los 3.000 millones de dólares. Otra cifra para meditar: la cartera de todos los fondos de inversión del Vaticano en acciones, bonos y valores mobiliarios apenas llega a los 1.000 millones de dólares”.

“En cuanto al rico patrimonio artístico, los tesoros que guarda el Vaticano, como La Piedad de Miguel Ángel, están valorados contablemente en los libros a un euro; en realidad no tienen ningún valor de mercado pues no pueden ser vendidos ni ser objeto de garantía”.

La situación económica, explicaba Allen, no es mucho más holgada en los Estados Unidos. “Si bien, allí la Iglesia tiene muchas propiedades, edificios, escuelas, hospitales y centros sociales, la realidad es que casi todos esos activos apenas generan ingresos suficientes para sostener sus actividades y programas, pues la mayoría de sus beneficiarios son personas con muy pocos recursos o totalmente indigentes”.

“En general, ese es el cuadro de la mayoría de las diócesis en todo el mundo, cuyos ingresos apenas sirven para cubrir los gastos mínimos, por no hablar de la situación de los miles de misioneros que a menudo viven en regiones remotas en la pobreza más absoluta”.

“Los católicos –desde el Papa hasta abajo– constantemente sugieren que la Iglesia debería adoptar una mayor sencillez, y ciertamente es justo esperar que la institución que demanda una mayor justicia con los pobres predique con el ejemplo. Pero las imágenes de bolsas de dinero amontonadas en el atrio de las Iglesias simplemente no responden a la verdad”.

La opinión de Allen confirma la realidad de la Iglesia en España: Los ingresos anuales no superan los 1.000 millones (924 millones de euros, según los últimos datos de 2017), una cantidad bastante modesta atendiendo a su dimensión. Basta compararlos con los ingresos de las principales empresas del país para darse cuenta que la Iglesia está muy lejos de ser una organización con poder económico. De acuerdo con Expansión, las empresas del IBEX 35 facturaron 209 mil millones de euros en el año 2019, es decir más de 200 veces el presupuesto de la Iglesia en España.

En cuanto a los salarios, los 17.754 sacerdotes de la Iglesia católica en España percibieron en el año 2017 un total de 174.223.441 euros, lo que supone una media de 10.240 euros anuales (el salario medio en el año 2017 fue de 26.500 euros, es decir dos veces y media más) o, lo que es igual, 854 euros mensuales, cuando el salario mínimo en España en el año estaba fijado en 825 euros.

Las retribuciones a los obispos alcanzaron la cifra de 2.264.069 euros, lo que supone alrededor unos 19.351 euros anuales o 1.612 euros mensuales. No parecen cifras muy exageradas si se comparan con los 120.000 euros anuales que cobra de promedio un director general de una empresa en España, ni incluso si se ponen al lado del sueldo de un director general de una ONG: 45.000-60.000 euros.

Solo organizaciones muy ideologizadas, como la Asociación Europa Laica, o medios muy sesgados en temas religiosos, como el Eldiario.es, pueden escandalizarse con estas cifras.

Sorprenderse, como lo hace el diario digital, de que la mayoría del dinero se destine a pagar los sueldos de los sacerdotes resulta chocante cuando la Iglesia es una actividad intensiva en mano de obra, cuyas actividades educativas, asistenciales, sociales y celebrativas la llevan a cabo personas. ¿A alguien le sorprende que la mayoría del dinero recaudado por Médicos sin Fronteras vaya destinado a pagar al personal sanitario?

Resulta, igualmente, chocante que se cuestione la transparencia sobre el destino de los fondos con el argumento de que no se puede distinguir lo que la Iglesia utiliza para financiar actividades mercantiles de lo que dedica a actividades “confesionales”, y que el sistema de asignación tributaria es una “legislación de privilegio”, “un sistema de subvencionar organizaciones privadas con los impuestos de todos”.

Los ingresos consolidados de la Iglesia proceden de distintas fuentes. La asignación tributaria es únicamente una de ellas. La principal fuente de ingresos que recibe la Iglesia es la que procede de las aportaciones de sus fieles, que suponen 320 millones de euros, un 35% del total; luego sigue la asignación tributaria (223 millones) y otros ingresos corrientes (212 millones), y, por último, los ingresos del patrimonio (122 millones) y extraordinarios (44 millones). La totalidad de esos ingresos (924 millones) se destina a financiar todos los gastos que comportan las actividades de la Iglesia.

Una de las características del dinero es que es bien fungible, puede ser sustituido por otro de idéntica calidad. La Iglesia distribuye los recursos que recibe para sostener todas sus actividades, no una en particular.

Por esa razón resulta incomprensible escandalizarse de que la Iglesia destine el dinero de la asignación tributaria a pagar sueldos de los sacerdotes, en lugar de, por ejemplo, financiar actividades asistenciales.

En primer lugar, porque gran parte de esas labores asistenciales se realizan gracias al impulso de los sacerdotes en sus parroquias, y, en segundo lugar, porque si la asignación tributaria no permitiera sostener a los sacerdotes y obligase a financiar actividades específicas, bastaría con que la Iglesia reasignase otros ingresos a la financiación de los sacerdotes.

Tampoco es cierto que la Iglesia goce de una “legislación de privilegio” y de “un sistema de subvencionar organizaciones privadas con los impuestos de todos”.

El sistema de asignación tributaria permite a los contribuyentes que libremente lo deseen financiar sin incrementar su cuota. Esos contribuyentes constituyen un 33% del total, en concreto 7.364.502.

Por otra parte, las exenciones fiscales de las que disfruta la Iglesia son las mismas que se aplican a las instituciones no lucrativas. Las ONG no pagan impuestos porque desarrollan actividades de interés general, no con fines lucrativos.

La actividad de la Iglesia, si dejamos las ideologías a un lado, también está destinada a impulsar fines de interés general, que no tienen por qué coincidir con las preferencias de cada uno, como tampoco tienen por qué encajar con los gustos particulares los fines que impulsa una determinada ONG y, sin embargo, ese no es un motivo para negarle el carácter de institución exenta fiscalmente.

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Comentarios

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  1. José Luis Lizcano

    Esclarecedor artículo sobre el bulo extendido de las grandes riquezas que atesora la Iglesia. Hasta el más radical de los que despotrican de la Iglesia podría entender unos argumentos tan claros¡¡¡