Qué escándalo, aquí se juega

CE16 diciembre 2010
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–¿Tienes un billete? –me preguntó, sonriendo–. Mira, estas letras diferentes que están alineadas en la esquina de este billete de cincuenta rupias representan los diecisiete idiomas oficiales de la India, las diecisiete formas que tenemos de decir cincuenta rupias.

Intentar una breve semblanza de la India se antoja una empresa utópica. ¿Cómo resumir una realidad tan diversa? El segundo país más poblado del mundo; el séptimo más grande; con una cultura que se remonta hace cinco mil años; diecisiete lenguas regionales y un mosaico interminable de religiones y ritos. ¿Por dónde comenzar? Cualquier afirmación se verá contestada por decenas de tradiciones que prueban lo contrario. Otros países están marcados por rasgos más precisos, resulta más sencillo descubrir su fisonomía. Con la India, sin embargo, uno se siente perplejo y esa situación de perplejidad no te abandona nunca. En realidad, no sabemos cómo clasificarla.

El propio Amartya Sen, al llegar a la Universidad de Harvard a finales de los años ochenta, (The Argumentative Indian: writings on Indian culture, History and Identity), nos cuenta la impresión que le causó comprobar que en la famosa librería de Harvard Coop todos los libros sobre la India estaban clasificados en la sección de «Religión».

Siempre existe, claro está, la posibilidad de decantarse por los lugares comunes: las castas, la espiritualidad, el Taj Mahal, Bollywood y la comida picante. Pero al hacerlo, en realidad, estaremos tirando la toalla antes del combate. Quizá exista una solución intermedia: ofrecer un calidoscopio de impresiones, con la esperanza de que alguna pueda arrojar un poco de luz, pero sin la pretensión de ofrecer un retrato acabado. Unos cuantos versos sueltos, eso sí, de eso se trata.

EL AGUA, SIEMPRE EL AGUA.

Mientras espero en la terminal de Heathrow el avión con destino a Delhi, casualmente convergen a mi vista dos imágenes que me muestran el contraste radical entre dos realidades. La primera, transmitida por la BBC en el monitor de la sala de espera, recoge la escena de un equipo de salvamento, perfectamente equipado con trajes de agua y botas hasta la ingle, mientras se apresuran a rescatar un perro que se había quedado aislado debido a unas recientes inundaciones en Inglaterra.

La otra imagen –una foto de un artículo en The India Times– dibuja un grupo de personas en Mumbay: un par de mujeres están sentadas plácidamente en una plataforma elevada, que se encuentra por encima del nivel de la crecida ocasionada por las recientes lluvias del monzón; las dos leen relajadamente el periódico, una en posición de loto, la otra sentada al borde de la plataforma, con sus pies en remojo, como si se encontrasen descansando en una gran piscina; no muy lejos, un grupo de tres hombres conversan tranquilamente con el agua hasta las rodillas mientras toman una taza de té. Ninguno de los miembros del grupo parece conceder la menor importancia a estos aguaceros; forman parte de su rutina diaria, al igual que los rik-shaws o la comida picante.

Ningún pueblo está tan condicionado por el clima como la India. La vida en ese país gira alrededor de la llegada del monzón. De la intensidad de las precipitaciones depende cada año la suerte de cientos de millones de personas. La India sigue siendo un país en el que la agricultura todavía tiene un peso muy importante en el desarrollo económico. Cerca del 30% del PIB depende de la actividad agrícola, y ésta, en gran medida, de las lluvias de la estación del monzón durante los meses de junio y julio, que suponen cuatro quintos del total de las precipitaciones anuales. El monzón puede venir cargado de bendiciones o segar la esperanza de muchas almas.

La agricultura, pese a las inversiones en proyectos de irrigación, sigue dependiendo, en gran medida, de la «ruleta» del monzón.

Del aeropuerto al hotel me cruzo con hileras de personas vestidas con túnicas color naranja que acarrean en los hombros un palo alargado de cuyos extremos cuelgan unos cubos decorados con flores de diferentes colores y tamaños. Se dirigen a recoger agua del Ganges, el río sagrado, para llevarla a su aldea y derramarla a los pies de alguna divinidad de su templo. El agua una vez más.

EL TIGRE VUELVE A RUGIR.

En la última década, el «tigre» parece haber despertado. Da la impresión de que las palabras que pronunció Nheru el 15 de agosto de 1947, para celebrar la independencia de la democracia más grande del mundo, hubiesen necesitado 60 años para llegar a todos los rincones del país: «Hace muchos años fijamos una cita con el destino, y hoy ha llegado el momento de hacer realidad esa promesa… Con las campanas de la medianoche, mientras el resto del mundo duerme, la India se despertará para comenzar a vivir en libertad. Llega el momento, que no sucede sino muy raras veces en la historia, en el que daremos un paso hacia lo nuevo alejándonos de lo viejo, en el que una época termina y el alma de una nación, largo tiempo adormecida, encuentra su expresión».

Recuerdo, en un viaje anterior, los días previos a la celebración del sesenta aniversario. Todo el mundo se apresuraba a hacer balance. Aunque las opiniones sobre los logros conseguidos eran tan variadas como el color de los saris, existía un factor en el que parecían coincidir todos los análisis: el país se encontraba en una encrucijada; era el momento de aprovechar el boom económico para dar el salto definitivo que incorporase al país en el mundo desarrollado, eliminando las todavía enormes desigualdades y el peso de un Estado lastrado por la burocracia y el exceso de control. Ahora sí, se repetían, parece haber llegado el momento de hacer realidad las palabras de Nheru.

En realidad, como señala Gurcharan Das (India Unbound: From Independence to the Global Informatio Age; Gurcharan Das), el mandato de Nheru tuvo más sombras que luces. Su promesa de crear un socialismo que terminase con la pobreza e impulsase una sociedad más igualitaria acabó en un estatismo, que terminó por ahogar la actividad económica en una maraña de reglamentos y normas. Nheru nunca supo sacudirse sus prevenciones contra el «capitalismo», alimentadas por el tradicional desprecio de la casta superior de los brahmines a la actividad comercial y también por su ingenua confianza en el modelo económico desarrollado entonces por la Unión Soviética.

La situación no mejoró durante el gobierno de su hija, Indira Gandhi. En su mandato aumentaron los controles sobre la economía, el peso de la burocracia estatal y la consiguiente corrupción que se extendió a todos los niveles de la administración. A la ineficacia de la política económica se sumó más tarde el recorte de las libertades políticas, fruto de las medidas autocráticas que Indira tomó para evitar ser juzgada ante los tribunales por corrupción. Sólo la llegada al Gobierno de P. V. Narasimba Rao en 1991, un personaje quizá no tan grandilocuente como los anteriores pero con un gran sentido práctico, consiguió impulsar las necesarias reformas económicas. Y lo cierto es que las reformas no pudieron llegar en mejor momento.

Dos tendencias globales se han dado la mano en este comienzo de milenio, y las dos parecen soplar a favor de la India. La primera es la revolución liberal que ha barrido el globo en la última década, abriendo las economías que se encontraban aisladas e integrándolas en el movimiento de la globalización. Las reformas económicas impulsadas por la India en 1991 facilitaron e impulsaron, por primera vez desde la independencia, esta integración de la India en la corriente económica mundial.

Las medidas tomadas por el primer ministro P. V. Narasimba Rao: abriendo la economía a las inversiones extranjeras y al comercio, desmantelando los controles a las importaciones, bajando los impuestos aduaneros, devaluando la moneda, eliminando los controles estatales y las licencias sobre las inversiones privadas, bajando las tasas e impuestos y eliminando el monopolio del sector público, han sido el mejor bálsamo para impulsar el crecimiento económico del país. Como consecuencia de las reformas, el crecimiento económico se alzó hasta el 7,5% anual en los noventa, la inflación cayó del 13% al 7% en 1993 y las reservas crecieron de mil millones de dólares a veinte mil millones de dólares.

La segunda tendencia es la revolución de la sociedad del conocimiento dominada por las nuevas tecnologías de la información. En estas nuevas coordenadas, la India goza de una clara ventaja competitiva sobre los demás países por su extraordinario desempeño en la creación e impulso de las empresas tecnológicas, especialmente en el sector del software.

Y SIN EMBARGO…

Las calles de Delhi son como un gran dormitorio. He visto a gente dormitando como un gato en lo alto de una tapia, acurrucada encima de una mesa o, simplemente, apoyada en los troncos de los árboles. He descubierto cómo una pequeña taza puede hacer las veces de almohada, como una mesa, en la que por el día se vende fruta, se transforma por la noche en una cama de matrimonio.

He comprobado cómo en un pequeño armario pueden descansar contorsionados un par de mocosos. He visto «soñar» a decenas de criaturas en el regazo de sus madres mientras en un duermevela extienden las manos suplicando un poco de ayuda. He contemplado a decenas de escuálidos, derrengados en sus rickshaws al terminar su agotadora jornada, y no he podido evitar pensar que estos esclavos, encadenados en sus galeras a pedales, al menos disponen de un sitio donde reclinar la cabeza y un techo que les protege de la lluvia.

Así es la pobreza. Parece que no se puede estar más desnudo y de pronto tropezamos con alguien al que le falta la piel. Aquella familia cobijada bajo unos cartones desechados convive no muy lejos con otra que sólo dispone de unos cuantos plásticos. Los desechos de unos son recogidos por otros, las sobras de los más pudientes son aprovechadas por los que no tienen nada. Hay mucha gente en este país que ha consumido su vida reciclando, y no por motivos ecológicos sino porque nunca ha tenido en sus manos nada nuevo, su vida consiste en un intercambio de cosas usadas por otros.

Con las primeras luces de la mañana despertarán de su sueño –¿en qué soñarán?– y se dirigirán cansinamente en busca de un poco de agua. Agua, sí, pero no el líquido elemento al que todos estamos acostumbrados, sino cualquiera cosa que se le asemeje. Por supuesto no es agua potable y existe una gran probabilidad de contraer alguna enfermedad, pero la enfermedad es algo con lo que han convivido siempre. Están acostumbrados a saludar a la muerte como un familiar que aparece de visita con cierta frecuencia. En su interior saben que han sido llamados a este mundo para sobrevivir. Porque vivir supone tener un proyecto,

mirar al futuro con cierta esperanza. Pero ellos no tienen futuro, sino un presente inmediato que les interpela constantemente sin concederles respiro.

OLD DELHI.

«¡Turbans, turbans! ¡Good prices, very good prices!». Detengo el rickshaw y me paro un momento en una tienda de Kinari Bazar. Después de mucho mirar elijo un turbante y comienza el regateo. El dependiente se planta en las 800 rupias, si quiero seguir negociando tendré que hacerlo con el boss, que está sentado tranquilamente en la entrada de la pequeña tienda, tomando una taza de té. Me dirijo a él cantando un precio, casi sin mirarme me contesta: «This turban good quality, very good material», ahí sentado, como un buda en su templo, sin inquietarse, dominando la situación. ¿Cuántas generaciones de comerciantes correrán por las venas de este viejo tahúr?

Es posible que Chandni Chowk, como se denomina a Old Delhi, haya podido perder parte del antiguo encanto, tan celebrado por los antiguos poetas y viajeros. Como recuerda con nostalgia William Dalrymple, en su delicioso libro, City of Djims, el Moonlight Bazar, conocido por el Fabourg Saint Honore del Oriente, recordado por sus grandes avenidas, sus elegantes caravasares y los fabulosos jardines Mughal, ha pasado el testigo a pequeñas tiendas y sucios comercios en mal estado; ya no encontraremos las tiendas de jaspe y sardonyx para los constructores mughal, o las madreperlas incrustadas para los escultores de «pietra dura», ni tampoco las filas de camellos de Kashgar, ni los palos de canela de Madagascar ni a las concubinas Khemer venidas de más allá de Irranvay.

Sólo una mirada muy atenta nos permitirá descubrir algún vestigio de los antiguos habelis, las mansiones de los nobles y ricos mercaderes que imitaban los palacios de los maharajás.

Todo eso ha desaparecido. Sin embargo la ciudad vieja sigue conservando su atractivo. Hoy Old Delhi es un inmenso bazar. Decenas de miles de puestos y tiendas luchan por colocar sus productos. No existen espacios libres, la calle es un gran mostrador. La avenida Netaji Subash, frente al Red Fort, probablemente constituya el punto de venta más importante de calzado en el planeta. Una multitud intercambia zapatos y zapatillas de toda clase, color y tamaño. Algunos extienden sus puestos ambulantes a lo largo de la avenida, pero la mayoría lleva la mercancía en una bolsa y va recorriendo la calle mientras enseña las muestras. Hay quien arrastra un gran saco y otros que, simplemente, acarrean un par de zapatos en cada mano.

Todos participan, aquí no hay castas ni clases ni colores ni edades. Cualquiera que tenga algo que ofrecer es bienvenido. Cada cierto tiempo se forma un «corrillo», es alguien que ha llegado con nueva mercancía o mejores precios. La voz se corre, la gente se apelotona y el resto de los vendedores ajustan su precio con rapidez. Es el mercado en su estado más puro.

El Gobierno puede controlar las empresas, intervenirlas, limitar su actividad, someterlas a todo tipo de gravámenes, autorizaciones y permisos, pero ¿cómo se puede eliminar el bazar? ¿Cómo se puede impedir que la gente comercie? Imposible, resulta antinatural. Es cierto que de vez en cuando un policía se acerca y obliga a los vendedores a trasladar su puesto, pero lo hace sin ninguna convicción, como quien repite las palabras de un guión; al cabo de unos minutos se dará la espalda y esa será la señal «convenida» para volver a instalar el tenderete. Se repite la escena de Casablanca, cuando el inspector, que participa secretamente en las ganancias del casino, entra en Ricks y con voz afectada exclama: «¡Qué escándalo, aquí se juega!».

Por Javier Martín Cavanna
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