Fernando Iwasaki: Papel contra tijeras

CE31 octubre 2011
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Rosario Tijeras (1999) de Jorge Franco fue la última gran novela colombiana del siglo xx, aunque su heroína fuera la peor expresión posible de la miseria y la violencia, ya que Rosario era una hermosa sicaria. A Diana le faltan unos meses para cumplir la misma edad que Rosario tenía cuando murió de un balazo, pero mientras que nadie sabe nada de Diana, Rosario Tijeras tiene una novela, una película, una serie de televisión y más de 350 mil impactos en Internet. Por eso quiero –y estoy seguro que mi querido Jorge Franco estará de acuerdo conmigo–celebrar las virtudes de Diana y convertirme en su trovador ambulante.

Diana no tuvo una infancia sencilla, pues creció en un barrio peligroso y desde muy pequeña vendía quesos por esas mismas calles, para contribuir con la precaria economía familiar. A veces trabajaba de día y entonces no iba a la escuela, mas cuando trabajaba de noche tenía que esforzarse el doble para no estropear sus calificaciones, pues Diana era una excelente estudiante, a pesar de sus ausencias y amanecidas. Hasta aquí podría ser la historia familiar de millones de familias latinoamericanas, pero a Diana se le apareció un «hada cibernética», como la del poema de Carlos Germán Belli.

Albert Camus dedicó su discurso del Premio Nobel a Louis Germain, el viejo maestro de primaria que tanto batalló para que el pequeño Camus recibiera una beca y pudiera continuar sus estudios de Liceo. Siempre me conmueve releer las líneas que Camus le escribió a su antiguo profesor:

Querido señor Germain:

Esperé a que se apagara un poco el ruido que me ha rodeado todos estos días antes de hablarle de todo corazón. He recibido un honor demasiado grande, que no he buscado ni pedido. Pero cuando supe la noticia, pensé primero en mi madre y después en usted.

Sin usted, sin la mano afectuosa que tendió al niño pobre que era yo, sin su enseñanza y su ejemplo, no hubiese sucedido nada de todo esto. No es que dé demasiada importancia a un honor de este tipo. Pero ofrece por lo menos la oportunidad de decirle lo que usted ha sido y sigue siendo para mí, y de corroborarle que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso en ello continúan siempre vivos en uno de sus pequeños escolares, que, pese a los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido.

Lo abrazo con todas mis fuerzas.

Albert Camus

Todos sabemos quién fue el maestro que puso en nuestras manos la magia del conocimiento y la pólvora de la lectura, pero hoy en día son los ordenadores y las computadoras quienes procesan –lejos de las aulas– los nombres, las notas y las circunstancias de los miles de alumnos que cientos de profesores consideran merecedores de becas, ayudas y distinciones.

Así, una «hada cibernética» eligió a Diana dentro de una inmensa base de datos, para ponerle rostro, mirada y sonrisa.

Esa niña que nos sonríe desde la satisfacción de los deberes bien hechos, podría haber seguido vendiendo quesos por las noches. Esa niña que se contempla en el espejo con tierna coquetería, podría estar contando cuántas balas le quedan en su revólver. Esa niña que urde microcircuitos con delicada geometría, podría preparar con la misma delicadeza infinitas dosis de sueños blancos. Esa niña que acaricia y fantasea viajes marinos, podría estar malviviendo en una cárcel europea por viajar con paquetes sin remitente.

Por desgracia, aquellas también son historias familiares para millones de familias latinoamericanas.

Sin embargo, Diana no desperdició la oportunidad que se le presentó y pudo culminar sus estudios, ingresar a la universidad, aprender un oficio y conseguir un trabajo digno que colma sus necesidades y enorgullece a sus padres, aunque lo más importante es que su ejemplo permitirá que mañana, a otros chicos de su edad, de su país o de su continente, se les siga apareciendo una «hada cibernética» que los elija para que disfruten de becas, ayudas y distinciones.

El papel de esas cartas rebosantes de buenas noticias es como el papel de las páginas de este libro: invulnerable al corte de las Rosarios Tijeras.

Sevilla, verano de 2010.

Texto: Fernando Iwasaki. Imagen: Álvaro Ybarra Zavala.

Relato y fotografía extraídos de La hora del recreo. Erradicar el trabajo infantil en Latinoamérica. Fundación Telefónica, 2010

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