Ni subvención ni mecenazgo: hacia una financiación mixta de la cultura

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Los recortes en la financiación pública de la cultura y la propuesta de reforma de los incentivos fiscales al mecenazgo han generado, al fin, un debate acerca de los modelos de financiación. Se discute la conveniencia de sustituir el modelo de financiación basado fundamentalmente en la subvención pública, predominante en España y otros países mediterráneos, por un modelo de financiación predominantemente privada, cuyo paradigma serían las grandes instituciones culturales estadounidenses (los casi 156 millones de dólares de presupuesto del Moma neoyorquino en 2010 proceden en un 100% de recursos privados).

Las siguientes preguntas pretenden contribuir a ordenar dicho debate, con el fin de convertir la crisis en una oportunidad para repensar los modos de gobernar y gestionar la cultura en España.

¿Qué cultura se quiere? Es momento de reflexionar sobre la visión de la cultura y sobre la misión que persiguen los agentes culturales tras una reflexión participativa, rigurosa y constructiva tanto a nivel sectorial como individual. La cultura ya no es un bloque monolítico, ni un discurso dominante, ni el trasunto del pensamiento de las élites intelectuales; las industrias culturales de hoy son el patrimonio cultural de mañana, y viceversa.

¿Para quién? Los cimientos de la cultura son sus públicos, presentes y futuros. La cultura tiene un valor social incuestionable porque se construye individual y colectivamente, y se necesita como consumidor y como ciudadano; pero ese valor social no es autoevidente. Aunque la web 2.0 ha facilitado la accesibilidad de la cultura, las principales barreras de acceso siguen siendo educativas. El valorar la cultura se educa.

¿Cuál es la demanda? Los indicadores de muchos consumos culturales apuntaban claros signos de agotamiento antes de la llegada de la crisis. Pero si se piensa en positivo, la demanda de cultura no se extingue, solo se transforma.

Algunos consumidores migran hacia la gratuidad digital o se recogen en el hogar, lejos de las instituciones culturales y de los espacios públicos. Y otros muchos demandan, y no siempre encuentran, canales de participación comunitaria. Las organizaciones culturales deben saber escuchar esa demanda en transformación y adaptarse.

¿Cómo se construye? Una vez definida la visión que de la cultura se tiene, el tipo de misión de interés general de cada organización y sus públicos prioritarios, se estará en condiciones de discriminar las actividades de la organización en función de si son imprescindibles para avanzar la misión, si están simplemente vinculadas a ella o si, no teniendo relación, suponen una oportunidad comercial que, sin distraer de lo importante, ayuda a generar recursos para hacerla realidad.

¿Qué tiene que hacer la oferta? La crisis ha incidido sobre un sector que, desde el lado de la oferta, acusaba un exceso de capacidad. No solo por la alegría con la que se dotaron equipamientos culturales que no respondían a ninguna visión ni misión más allá de la materialización de un gesto político (con dinero de los contribuyentes) o de un alarde empresarial (con dinero de los accionistas o de los impositores). También porque buena parte de la oferta cultural adolecía de falta de diferenciación. Si las culturas y los públicos son diversos, también debieran ser las formas de participación en la construcción de cultura.

¿Cómo sumar esfuerzos? Mecenas individuales y empresariales, artistas, donantes, voluntarios, coleccionistas, consumidores, intelectuales, gestores, organizaciones filantrópicas, conservadores, administraciones, críticos… necesitan redes que faciliten la participación, el aprendizaje mutuo, el encuentro entre oferta y demanda y un proceso de internacionalización apalancado sobre la marca España.

Y los ciudadanos demandan transparencia antes de prestar su colaboración. Para que la cultura importe a la ciudadanía hay que explicar su valor social y económico y rendir cuenta de los recursos empleados para generarlos.

¿Cómo financiarla? La mejora de los incentivos fiscales es una necesidad, pero no es suficiente. Si la financiación pública masiva ya no es una opción, tampoco tiene sentido adoptar como meta la financiación pública cero. La filantropía institucional y el mecenazgo empresarial, aun siendo conveniente su fomento, significan en los países occidentales una fuente de financiación minoritaria. Por tanto hay que aspirar a medio plazo a un equilibrio entre financiación pública y privada.

También es necesario poner medios para reforzar la capacidad de las organizaciones culturales de construir sus propios endowments y orientar sus esfuerzos comerciales en apoyo de su misión de forma rentable.

¿Cómo gobernar las organizaciones culturales? El gobierno de las instituciones culturales ha de protegerse por igual de los vaivenes políticos y de las agendas de mecenas cortoplacistas. Si la mejora de eficacia de la gestión pasa por la paulatina profesionalización, el buen gobierno pasa por reforzar órganos que velen por el cumplimiento de la misión de las entidades y por aumentar su independencia en el largo plazo.

¿Cómo incentivar el avance sectorial? La cultura necesita un órgano independiente impulsado desde la sociedad civil que escuche y formule las ideas que el sector puede aportar; que recoja información sobre él para generar conocimiento útil para la formulación de políticas públicas más eficaces; que facilite la interlocución público-privada, la planificación sectorial y la creación de redes profesionales; y que se ocupe de valorar los resultados de la implantación de esas estrategias.

Por Marta Rey

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