Cómo los filántropos persiguen el “Santo Grial” de la medición de impacto

CE4 febrero 2013
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Si evaluar el impacto de una sola intervención social es complejo, la evaluación del impacto de toda una cartera de donaciones puede parecer inalcanzable. Pero cada vez más filántropos exigentes están encontrando fórmulas de evaluación para asegurar que sus recursos consigan el máximo impacto posible.

La última tendencia de la filantropía anglosajona es financiar proyectos «basados en la evidencia» (evidence based practice); proyectos que gozan de evaluaciones por terceros que demuestran su eficacia. Hace un año en el Reino Unido se formó la Alianza para Evidencia Útil para abogar por dar más peso a las evaluaciones de evidencia en el reparto de fondos públicos, a las métricas cuantitativas que forman los cimientos de los bonos de impacto social en el Reino Unido, Australia y EEUU (Vid. Bonos de impacto social. Financiando el éxito y no solo las buenas intenciones) y una larga lista.

Parece de sentido común financiar proyectos con resultados comprobados, pero aún no es la norma. Pocas ONG poseen tal grado de documentación de su impacto, y aún menos entre ONG locales y pequeñas que, por su cercanía a la comunidad y su alto grado de compromiso, sí están consiguiendo resultados importantes. Por eso algunos financiadores proveen dinero y asistencia técnica para que las entidades sociales desarrollen sus capacidades de evaluación: lo ven como una inversión en su sostenibilidad (Vid. Los filántropos que invierten en la sostenibilidad de las ONG).

El término «basados en la evidencia» aparece con mucha frecuencia entre las ONG que componen la lista Social Innovation 100 (SI100), que se estrenó en noviembre de 2012. La SI100 pretende guiar a filántropos y financiadores institucionales que se interesan en «escalar» proyectos sociales de alto impacto en las áreas de pobreza, educación, salud y jóvenes en EEUU. Por definición solo entran entidades con más de tres años de recorrido, más de un millón de dólares de presupuesto y ambiciosos planes de crecimiento basados en replicación o diseminación de su modelo. Condición sine qua non para pasar la primera criba de selección es haber demostrado la eficacia de sus programas por: 1) Una prueba comparativa al azar (Randomized Controlled Trial), 2) Un estudio casi-experimental, o 3) Una evaluación cuantitativa llevada a cabo por terceros.

La SI100 se hace eco de los criterios del Fondo para la Innovación Social (Social Innovation Fund, SIF) lanzado por el gobierno del presidente Obama. El SIF otorgó financiación de entre uno y diez millones de dólares anuales para que entidades intermediarias saquen a concurso de méritos (evidence based competitions) subvenciones para programas de desarrollo económico, salud y apoyo a jóvenes. Luego, los intermediarios deben apoyar los proyectos que seleccionan con evaluaciones rigurosas.

Entre los intermediarios del SIF está la fundación patrimonial Edna McConnell Clark (FEMC), reconocida por su atención a la evaluación de impacto. Su filosofía es herencia de los hijos de la fundadora, hija del creador de la marca cosmética Avon (dos de los nietos que representan a la familia están en el patronato actualmente).

La FEMC desglosa los grados de evidencia de la eficacia en cuatro niveles (Vid. Figura 1). Solo contemplan financiar proyectos que ya han llegado al menos al nivel de «Eficacia aparente alta» y se comprometan a trabajar con un asesor externo para llegar al nivel de «Eficacia demostrada». La fundación destaca también por los recursos que dedica a cubrir los costes de este asesoramiento externo por MDRC, un socio estratégico de la fundación con excelente reputación en el campo de evaluación.

Otro de los intermediarios seleccionados para el fondo SIF es la fundación REDF, creada por el financiero George Roberts. En 1998 REDF desarrolló la primera versión seria de la metodología del SROI (Social Return on Investment). REDF usó SROI para calcular los beneficios económicos para la sociedad de ayudar a las personas sin techo a conseguir y mantener un empleo.

Hoy se usa SROI en muchos ámbitos: calcular el retorno sobre reformas en viviendas de protección oficial en el Reino Unido, valorar la provisión de productos agrícolas locales a grupos comunitarios en Australia, estimar los beneficios del uso de una unidad de tratamiento de agua en el hogar diseñado en Suecia, calcular el retorno económico de proteger zonas verdes urbanas en Escocia, etc.

Las familiares se suman a la tendencia

No solo las fundaciones privadas más grandes se vuelcan en medir los resultados de su financiación. Kevin Starr, director de fundación familiar Mulago, lo explica así: «Medir el impacto es como criar a un niño: muchas veces es difícil, cuesta más de lo que habías estimado y no tienes otra opción que hacerlo lo mejor que puedes». La Fundación Mulaga «se obsesiona» con el impacto de sus donaciones porque «es la única manera de saber si nuestras subvenciones sirven para algo».

Según los responsables de Mulago, el punto de partida para evaluar impacto es «tener una misión clara». Si el objetivo no es nítido, resulta imposible saber si lo has alcanzado. Starr anima a los financiadores a asegurar que los grupos que financian midan con el indicador más apto, consigan datos relevantes (datos iniciales y subsecuentes) de una muestra válida y verifiquen que fue su intervención, no otra, la que logró el cambio.

A la hora de lanzar su fundación familiar, el matrimonio que encabeza el Growald Family Fund era consciente que no podrían donar mucho más que 500.000 dólares al año para afrontar el enorme reto del cambio climático.

Tenían una gran inquietud por aprovechar sus fondos generando el máximo impacto. Por eso, únicamente se plantearon estrategias que se pudieran someter a una medición de resultados fácil. Al final de un serio proceso de reflexión, los patronos optaron por dedicar sus esfuerzos a financiar iniciativas que ralentizaran o pararan la construcción de nuevas plantas eléctricas de carbón.

Los resultados de su financiación son fáciles de entender y muy motivadores: en cuatro años han conseguido detener la apertura de 152 de las 248 plantas propuestas, y cada fábrica que paran equivale a eliminar 200.000 coches anuales de la circulación. Además, las cifras son una consecuencia natural de las operaciones de las ONG financiadas. Ni las ONG ni el Growald Fund tienen que recoger información adicional.

En un reciente estudio hecho por Grantmakers for Effective Organizations (GEO), un 70% de las fundaciones estadounidenses con empleados aseguraban evaluar su propio trabajo. Tales evaluaciones suelen incluir un proceso de autorreflexión por parte del patronato y una revisión de los resultados de sus subvenciones individuales. Una de cada tres de estas fundaciones también había solicitado información a posteriori de los destinatarios de sus fondos.

Pero, a pesar de las exhortaciones de GEO y otros sobre que el objetivo principal de una evaluación debería ser el aprendizaje para guiar las acciones del futuro, la principal motivación para las evaluaciones en las fundaciones estudiadas era «comprobar y rendir cuentas»: 1) entender los resultados o beneficios de los proyectos financiados, y 2) confirmar la consecución los objetivos propuestos en la solicitud de los fondos.

El porcentaje de financiadores privados que decían evaluar con el objetivo de mejorar sus futuras estrategias de subvención era poco más de la mitad, un 10% menos que hace tres años. Menos entidades aún expresaron el deseo de aprovechar los frutos de su evaluación para contribuir al conocimiento del campo (34%) o de influir en las políticas de las administraciones públicas (22%).

Sean las que sean sus motivaciones, hoy en día filántropos institucionales e individuales pueden apoyarse en el creciente campo de expertos en la medición de impacto. Desde su lanzamiento al final de 2011, la Asociación de Analistas de Impacto Social (SIAA) cuenta con más de 160 miembros y núcleos iniciales de grupos de trabajo en cinco países, entre ellos España. En noviembre la SIAA celebró su segunda reunión anual en Berlín (Vid. La visión de los analistas de impacto). Un mensaje clave de la delegación española fue: «Es mejor medir poco, basado estrechamente en lo que quieres aprender, que gastar recursos en medir mucho. Cuanto más simple, enfocado y creíble, mejor».

Tanto en España como en Europa y EEUU, las fundaciones patrimoniales y empresariales desean comunicar su impacto en la comunidad de forma proactiva y así protegerse de críticas potenciales. Indicadores de impactos simples y creíbles son muy valiosos para comunicarse con los grupos de interés, incluidos consumidores y ciudadanos, cada más vez escépticos a las afirmaciones de aportación de valor a la comunidad que no están corroboradas.

Los financiadores públicos también sienten la presión de justificar su valor a sus grupos de interés. De ahí surge la gran acogida del método SROI por las administraciones públicas en el Reino Unido, el Fondo SIF y la voluntad de medir y comunicar los resultados que se nota en España. La Fundación Carolina, que cuenta con el apoyo de muchas empresas además de su principal fuente de ingresos públicos, llevó a cabo una iniciativa puntera de medición de resultados en el ámbito de estudios de posgrado con el objetivo de entender el valor generado por más de 10.000 becas de posgrado concedidas durante más de diez años a estudiantes graduados latinoamericanos.

Mercedes Valcárcel, socia de Isis Capital y miembro español de la Comisión Europea de Emprendimiento Social, recomienda buscar un método de valoración eficiente y práctico que pueda ser implantado de forma autónoma en un corto periodo de tiempo». Otras características que Valcárcel sugiere tener en cuenta en el momento de elegir un método son: la posibilidad de estandarización, la facilidad de uso, la disponibilidad de la información (¡factor crítico!), la adaptabilidad a las diferentes fases del proyecto y, por supuesto, los costes de implantación del método.

En los últimos años Valcárcel y otros expertos han identificado indicadores no solo para evaluar programas de asistencia social o medio ambiente, sino también para medir el rendimiento de iniciativas culturales.

Midiendo el conocimiento y la cultura

La Fundación Barrié de la Maza impulsa el desarrollo sostenible de Galicia a través la educación y el fomento del talento. Durante casi medio siglo la fundación ha financiado proyectos de investigación básica y aplicada en universidades y otros organismos científicos. Ahora la fundación busca entender mejor su impacto en este área. Su presidente, José María Arias Mosquera, afirma que la publicación La Ciencia en Galicia en 2012 cumple el propósito de «reforzar la misión» de la fundación a través de avanzar en «los procesos de valorización de los resultados de la investigación en Galicia».

El informe presenta un conjunto de indicadores de impacto y visibilidad que dimensionan la importancia de publicaciones científicas y la calidad de la investigación generados en Galicia. Según Arias, el estudio «servirá para afinar los pasos de Fundación Barrié, pero pretende servir también como guía a los decisores, a quienes diseñan las políticas públicas y privadas de I+D».

El campo de la medición del impacto de la producción académica, hasta hace poco considerado un valor intangible e inmedible, está evolucionando también.

En los últimos años universidades y centros de investigación han desarrollando métricas como aquellos recogidos por la Fundación Barrié. Actualmente ha surgido un movimiento para expandir este canon e incluir indicadores de difusión y acogida a través de las redes sociales en el cálculo del impacto. El manifiesto Almetrics propone incorporar indicadores como tweets, marcapáginas, almacenaje de contenidos, etc.

Entre tanto afán por la medición de resultados e impacto, ¿cómo puede una entidad social contentar a múltiples financiadores cuando cada cual tiene sus propios criterios de evaluación y éxito? Conscientes de la posible carga insostenible de tantos informes, los inventores de la herramienta Philanthropic Equity aseguran que todos los financiadores de sus ofertas de capital de crecimiento se comprometen a pedir una única cuenta de resultados sociales, los indicadores acordados entre todos en el momento de firmar el acuerdo de financiación. (Vid. La novedad de los Pay for Success es que los donantes conocen si su contribución dio resultado).

En el campo de las inversiones de impacto, los autores de la Impact Reporting and Investment Standards (IRIS) e iniciativas parecidas buscan este mismo fin, además de querer facilitar la comparación del rendimiento de diferentes entidades.

Sus avances y los del campo de la RSC contribuyen a elevar las expectativas para la medición de impacto por todos los actores sociales, no importa su estructura legal. (Vid. La medición de impacto deja atrás a la filantropía).

Pero a pesar de tantos números, con frecuencia es la combinación de resultados «fríos» cuantificables con anécdotas más cálidas y humanas lo que inspira los filántropos individuales y familiares. Para medir el éxito de su fundación contra la pobreza en Etiopía, los fundadores de la Fundación A Glimmer of Hope monitorizan los mismos tipos de números con que gestionaron la empresa de software con la que hicieron su fortuna: número de personas ayudadas, costes por centros de salud construido, miles de micropréstamos concedidos, etc.

Pero cuando quieren comunicar la esencia de su modelo, Philip y Donna Berger describen la evolución que han visto en el primer pueblo que financiaron. Cuando Glimmer llegó al pueblo de Dembi Dollo, sus residentes pidieron la colaboración del matrimonio para conseguir agua potable, alimentación básica y para evitar enfermedades mortales.

Diez años más tarde, los residentes del mismo pueblo abogan por una academia para formar maestras, una universidad, un centro de formación para el empleo y préstamos para Pymes en la zona. Los Berger saben que «transforman vidas».

Entre tantas cifras y criterios de éxito «blancos y negros», no hay que olvidar que en el campo del cambio social existen muchos «grises», resultados intangibles tan importantes como los que son más fáciles de cuantificar y sumar.

No tiene por qué ser una inversión fuerte, pero es esencial perseguir el «Santo Grial» de la medición de impacto aunque, como en la historia antigua, la campaña pueda valer tanto como el resultado.

Por Kristin Majeska y Catalina Parra

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