El mito de los incentivos fiscales

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«Es preciso tener en cuenta que las exenciones o deducciones fiscales suponen siempre una decisión de aliviar a A a costa de B», declaró William Gladstone en 1863, cuando, siendo ministro de finanzas y del tesoro (Chancellor of the Exchequer), intentó eliminar las exenciones fiscales de las organizaciones no lucrativas en la declaración del impuesto sobre la renta. Los ministros de finanzas suelen ser mucho menos populares que las organizaciones no lucrativas, por lo que al final la propuesta del ministro no salió adelante.

Es mucho más probable, sin embargo, que sí triunfe una propuesta similar del presidente Barak Obama cuyo objetivo es limitar la cantidad que, las personas con ingresos superiores a los 200.000 mil dólares anuales, pueden deducirse de su declaración de la renta por su actividad filantrópica. Los argumentos de Obama son los mismos que en su día esgrimió Gladstone. La cuestión sobre las deducciones fiscales a actividades filantrópicas, se reduce a valorar qué es más beneficioso para la sociedad: ¿Obligar a sus ciudadanos a pagar impuestos o permitirles que se deduzcan ciertas cantidades a cambio de donar a organizaciones que disfrutan de determinados exenciones fiscales? En los dos supuestos se produce un gasto, de lo que se trata es de analizar cuál de ellos genera resultados más positivos para la sociedad.

Cuestión diferente, aunque relacionada, es determinar el peso que tienen las deducciones y exenciones fiscales en las decisiones filantrópicas.

Existen diversos motivos para donar o patrocinar a una institución. Ahora bien, por mucho que se quiera vender la idea de que una mejora del régimen fiscal contribuiría significativamente a resolver los problemas de financiación de la cultura no hay que dejarse engañar. No existe una correlación directa positiva entre las ventajas fiscales y el aumento de las donaciones (The Economist, Sweetened Charity, 19 de junio de 2012). El régimen impositivo fiscal, en la balanza de motivaciones de los donantes, nunca ha tenido ni tendrá el peso que le conceden, con cierta ingenuidad, el secretario de cultura Lasalle o lobbys como la Asociación Española de Fundaciones.

La generosidad anglosajona, que se quiere importar a España, no depende tanto de los incentivos fiscales, que ni son ni han sido nunca tan altos como se dice, sino de un conjunto de factores entre los que destacan: la existencia de una cultura que ha incentivado desde sus orígenes el protagonismo de la sociedad civil y de un conjunto de prácticas dirigidas a impulsar la transparencia, el buen gobierno y la rendición de cuentas de las instituciones a la sociedad. La prueba de que el régimen fiscal en los EEUU no es muy diferente al de España es que las deducciones fiscales a instituciones culturales en los Estados Unidos tienen como límite el 10% de la base imponible (igual que en España), y la propuesta de Michael Royce, director de New York Foundations for the Arts es, simplemente, elevarla al 15% (Incentives for prívate support; The New York Times, mayo 2012).

En cuanto a la defensa que desde el Ministerio de Cultura y otras instancias se viene haciendo de los supuestos beneficios de la ley francesa de mecenazgo, lo cierto es que los resultados están muy lejos de justificar esa alegría. El último informe de la Asociación para el Desarrollo del Mecenazgo en Francia (Admical) muestra que el mecenazgo cultural está en caída libre: representó un 19% del mecenazgo total (380 millones de euros) en 2010 frente al 39% en 2008 (975 millones de euros); una caída de 20 puntos en apenas dos años (Le mécénat d’enterprise en France; Admical, octubre 2010). Todo eso pese a la reforma de la Ley de Mecenazgo en el año 2003, que aumentó las deducciones de los particulares al 66% y de las sociedades al 60%.

En cuanto a las posibles aportaciones de las fundaciones familiares y empresariales, bienvenidas sean a la fiesta; pero lo que estas pueden aportar al mundo de la cultura siempre será marginal. La contribución total del sector fundacional alemán a los fines de interés general en un año, uno de los sectores más potentes de Europa, equivale a lo que el gobierno alemán destina en un solo día.

Por Javier Martín Cavanna
@jmcavanna
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