Transparencia en la industria alimentaria ¿sabes qué comes?

En la era digital, donde cualquier información parece estar al alcance de un ‘click’ y las interacciones se suceden en segundos, existen aspectos importantes de la vida que no gozan de la atención e interés adecuados, como es la alimentación.
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Los expertos en salud y nutrición cada vez recomiendan más dedicar tiempo para preparar y cocinar los alimentos, comer pausadamente, saborear los platos y, sobre todo, tener conocimiento de qué se ingiere en cada comida.

Con el fin de hacer la vida más cómoda y sencilla, los alimentos procesados y precocinados han crecido en variedad, ganando espacio en las estanterías de los supermercados. Actualmente se puede encontrar cualquier plato guisado “listo para calentar y tomar”, sin necesidad de pasar horas cocinando. Con este tipo de productos solo hacen falta unos pocos minutos para tener preparado un plato de pasta, legumbres, sopa o arroz.

Sin embargo, esa inmediatez del cocinado conlleva una serie de procesos e ingredientes adicionales, de los cuales cabe plantearse su calidad nutricional. Por este motivo, aumentan los consumidores que se paran a leer las etiquetas de los alimentos que compran, interesados en saber de qué se componen los productos alimenticios y la calidad de los mismos. Pero, ¿se sabe exactamente qué lleva un producto leyendo las etiquetas? Según diferentes informes y estudios, en muchas ocasiones no.

Con el fin de que el consumidor comprenda mejor qué sustancias integran los alimentos que consume, según publica la Agencia Española de Consumo, Seguridad Alimentaria y Nutrición  (Aecosan) en su página web, el Reglamento 1169/2011 del Parlamento europeo y del Consejo, del 25 de octubre de 2011, sobre la Información alimentaria facilitada al consumidor “consolida y actualiza” dos campos relevantes de la legislación sobre el etiquetado: el de los productos alimenticios que lo componen y la información nutricional. Todo ello para que el contenido de las etiquetas sea más legible y la información sea más clara y detallada.

Esto se traduce en que los productos alimenticios deben indicar el país de procedencia, identificar los aceites y grasas vegetales con detalle de su origen específico y el valor energético, entre otros datos relevantes acerca de los ingredientes y características del producto. El propósito de este reglamento es lograr “un alto nivel de protección de la salud de los consumidores y garantizar su derecho a la información para que tomen decisiones con conocimiento de causa”, explican desde Aecosan.

Las etiquetas que los productos deben indicar el país de procedencia, los aceites y grasas vegetales con detalle de su origen y el valor energético, entre otros datos.

La guerra contra el azúcar y ácidos grasos

Desde hace algunos años, voces expertas de la medicina internacional, sobre todo cardiólogos y nutricionistas, vienen advirtiendo de los riesgos que conlleva para la salud consumir en exceso alimentos con altos contenidos en azúcar y ácidos grasos trans. En este sentido, la alarma internacional saltó con la declaración del médico estadounidense Robert Lusting, que sugirió que ingerir azúcar en exceso equivalía a tomar veneno.

El Estudio FAO Alimentación y nutrición 91. Grasas y ácidos grasos en nutrición humana  sostiene que “hay evidencia convincente” de que los ácidos grasos trans procedentes de los aceites vegetales parcialmente hidrogenados (PHVO) “incrementan los factores de riesgo y los accidentes cardiovasculares en mayor grado de lo que se pensaba con anterioridad”.

Por este motivo, en el estudio se indica la revisión de la recomendación actual hecha por los expertos para la población media de una ingesta de ácidos grasos trans menor del 1% diario, así como la necesidad de proteger a determinados subgrupos de población con ingestas peligrosamente más altas. Esto lleva a los expertos a plantear la posibilidad de “retirar las grasas y aceites parcialmente hidrogenados de la alimentación humana”.

Mientras se suceden los estudios y las recomendaciones para mejorar la alimentación, el problema que se ha detectado más urgente es que el consumidor no es completamente consciente de la cantidad de azúcar y grasas que ingiere diariamente, puesto que estos ingredientes aunque vienen detallados en las etiquetas, no son identificados fácilmente por los consumidores o no comprenden el valor de las cantidades, sobrepasando la ingesta diaria recomendada por la Organización Mundial de la Salud.

En enero de 2017, la iniciativa SinAzúcar.org publicó una serie de fotografías con el objetivo de mostrar gráficamente al público cuánto azúcar llevan algunos de los alimentos que más se toman a diario. Este proyecto del fotógrafo Antonio R. Estrada consiste en la publicación de una galería de imágenes donde muestra refrescos, pizzas, helados, licores, pan de molde y tomate frito, entre otros productos alimentarios, junto al número de terrones de azúcar que contienen cada uno de ellos.

De este modo tan gráfico se puede ver claramente qué significa la información de las etiquetas. Por ejemplo, un brik de tomate frito de 210 ml contiene el equivalente a cuatro terrones de azúcar o un refresco, a 13 terrones, la equivalencia del número de gramos de azúcar que contiene cada producto.

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Foto: Sinazúcar.org

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Foto: Sinazúcar.org

¿Por qué no se entienden las etiquetas?

En el Informe de la Comisión al Parlamento Europeo en relación con las grasas trans en los alimentos y en la dieta general de la población de la Unión Europea, se explica que “la mayoría de los europeos no conocen los ácidos grasos trans (en inglés Trans Fatty Acids- TFA), TFA industrial o TFA de rumiantes y, parcialmente, los aceites hidrogenados o completamente hidrogenados” y, además, solo un pequeño segmento de la población “parece preocupado” por la ingesta de este tipo de ácidos grasos.

El mismo documento afirma que los consumidores sólo pueden tomar decisiones informadas sobre los alimentos si son conscientes de los efectos que el alto consumo de ácidos grasos trans conlleva para la salud.  Según este informe de la Comisión Europea, basado en un estudio reciente, indica que “sólo uno de cada tres consumidores” declaró haber oído hablar de los ácidos grasos trans y de las grasas parcial y totalmente hidrogenadas.

En situaciones de elección “más complejas pero también más realistas” se comprobó que la información proporcionada influía poco en la capacidad de los encuestados para identificar la alternativa más saludable, debido a que ignoraban los datos sobre los ácidos grasos y se centraban en otros nutrientes más familiares.

Por este motivo, en el informe se especifica que los consumidores necesitan “comprender la diferencia entre aceites parcialmente hidrogenados (que contienen ácidos grasos trans, entre otros,) y aceites totalmente hidrogenados (que solo lleva ácidos grasos saturados)”, como lo exige el Reglamento 1169/2011 de la UE, donde se plantean soluciones de etiquetados más claros y comprensivos utilizando pictogramas o código de colores.

La Comisión Europea para la Salud y la Seguridad en la Alimentación advierte también que “sin programas apropiados de educación del consumidor” la información de ácidos grasos trans junto a la declaración nutricional de los productos alimentarios puede tener efectos “limitados o incluso perjudiciales” si los consumidores no son capaces de vincular la información nutricional a una dieta equilibrada.

Asimismo, los expertos consultados por la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura) hacen una recomendación general para llevar una dieta basada predominantemente en alimentos integrales como: fruta y verduras, granos enteros, frutos secos, semillas, legumbres y otras fuentes de fibra dietética y animales marinos, limitando la ingesta de alimentos ricos en energía, procesados o fritos a los niveles más bajos posibles.

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