En el cine y en los medios: el papel protagonista de los propietarios

Neal Gabler, en su espléndido libro ‘Un imperio propio. Como los judíos inventaron Hollywood’, nos cuenta cómo surgió y se desarrolló la industria del cine en la costa oeste de los Estados Unidos.
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Tendemos a pensar, debido al aura romántica que envuelve a los artistas, que el cine fue una creación, principalmente, de directores, actores y guionistas. De acuerdo con este cliché, los productores y empresarios siempre representaron el papel del malo de la película: personajes que ocupaban su tiempo maquinando cómo recortar el presupuesto para llenar sus bolsillos limitando la creatividad de los artistas.

Gabler nos cuenta que la realidad no respondió siempre a esa imagen maniquea y fue mucho más compleja. Los pioneros de Hollywood, los Zukor, Mayer, Laemmle, Fox, Warner y demás, que transformaron un espectáculo de barraca de feria, que ofrecía cortometrajes de baja calidad a la clase trabajadora, en la principal industria de entretenimiento dirigida a todas las clases sociales; fueron, por supuesto, empresarios que querían ganar dinero, pero también fueron los promotores y artífices de las maravillosas películas que marcaron para siempre la historia del cine. A todo ellos les unía la pasión por producir buenas películas y estaban dispuestos a arriesgarlo todo para conseguirlo. Entre otros motivos porque si las películas no eran buenas, no se llenarían sus salas de cine.

Los propietarios que ponen en marcha las empresas periodísticas no son muy diferentes de los Zukor, Fox y Warner. Arriesgan su dinero y su prestigio porque creen en el buen periodismo y saben que para hacer buen periodismo se necesita ganar dinero o, al menos, no perderlo.

Por supuesto, no todos los empresarios que lanzan un proyecto periodístico están animados por ese espíritu. Algunos pocos utilizan el periodismo como herramienta para ganar influencia política o económica. Pero estos proyectos suelen tener una fecha de caducidad muy corta, pues el buen periodismo solo se sostiene a largo plazo con la credibilidad y desarrollando audiencias y lectores inteligentes.

Para que un proyecto periodístico tenga éxito se requieren tres ingredientes: buenos propietarios, buenos periodistas y algo de suerte. Si hay buenos propietarios, el riesgo de contar con malos periodistas es muy bajo. Si no hay buenos propietarios, aunque haya buenos periodistas, las probabilidades de que el proyecto salga adelante son muy reducidas.

Como se desprende de lo anterior, en la ecuación propietarios + periodistas = empresa periodística, el factor de los propietarios tiene un enorme peso para alcanzar el éxito del proyecto.

El informe-ranking Primera Plana. Informe sobre independencia y credibilidad de los grupos de comunicación españoles ofrece múltiples lecturas y conclusiones. Una de las más relevantes, en nuestra opinión, es el peso que hemos dado al rol que cumple la propiedad a la hora de configurar la credibilidad e independencia de los grupos de comunicación.

En efecto, cuando se analiza la credibilidad de los medios se suele prestar atención, casi exclusiva, a la actividad editorial de los profesionales, omitiendo el importante papel que juega la propiedad y el órgano de gobierno para proteger e impulsar esos valores.

Cuando se analiza la credibilidad de los medios se suele prestar atención, casi exclusiva, a la actividad editorial de los profesionales, omitiendo el importante papel que juega la propiedad y el órgano de gobierno para proteger e impulsar esos valores.

Ciertamente, como mencionamos en el informe, iniciativas como el Trust Project pueden contribuir a luchar contra las noticias falsas y a mejorar la credibilidad de los contenidos editoriales.

Bienvenidas sean estas y otras iniciativas similares. Pero el principal reto que afrontan los grupos de comunicación es reforzar el compromiso de sus propietarios y editores para defender y promover, con medidas y políticas concretas, los valores de la independencia y la credibilidad.

Volviendo a Hollywood, la meca del cine nos ha regalado con algunas grandes películas sobre la profesión y las empresas periodísticas. Una de las más recientes es Los papeles del Pentágono (The Post, según su título original en inglés), protagonizada por Meryl Streep, en el papel de la famosa editora-propietaria de The Washington Post, y por Tom Hanks, representando a Ben Bradley, el director del diario.

La película es un homenaje a Katherine Graham, una mujer que, sin buscarlo, se ve forzada, por el fallecimiento de su esposo, a tomar las riendas de la empresa familiar: The Washington Post.

En ese mundo, dominado por machos alfas, Graham se enfrenta al dilema de publicar los papeles secretos del Pentágono y arriesgarse a sufrir las consecuencias del hombre más poderoso del país, el presidente Nixon, o seguir el criterio de los miembros de su consejo que le recomiendan no comprometer el futuro de la empresa.

Spilberg retrata con su habitual maestría la tensión de ese momento en la escena en la que Graham, que en ese momento se encuentra atendiendo a un grupo de invitados en su casa, se dirige a una sala de estar para responder a una llamada de teléfono. Su consejero Fritz Beebe le telefonea desde el periódico para persuadirla que frene la publicación de los Papeles del Pentágono.

Ben Bradley, a su vez, le llama por otra línea para exponerle con firmeza que su obligación es publicarlos. Un par de consejeros de la empresa, que forman parte del grupo de invitados, conocedores de lo que está ocurriendo, irrumpen en la sala de estar y la presionan para que no publique y ponga en riesgo la empresa. Una nueva llamada entra por otra línea; se trata del jefe de edición y cierre que le comunica que dos periodistas han amenazado con presentar su dimisión si el Post no publica los Papeles.

La cámara va recorriendo y mostrando lentamente las caras de tensión reflejadas en el rostro de todos los protagonistas. En el semblante de Graham se dibuja la lucha interior que está librando.

De su decisión depende el futuro de la empresa, de su propia familia y, en parte, de la libertad de prensa del país. Por un momento, se la ve pequeña, confusa y desorientada. Tras unos segundos de indecisión, se yergue, se muerde el labio y exclama aliviada: “Let’s go, let’s go, let’s go. Let’s publish”. A continuación, sonríe y abandona el salón para atender a sus invitados, mientras vemos en imágenes cómo arrancan las rotativas de The Washington Post con la noticia de los Papeles en primera plana.
 

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