Antes todo esto era campo. Cambios en el Consejo de Transparencia

La reciente destitución de Esperanza Zambrano como subdirectora de Reclamaciones en el Consejo de Transparencia y Buen Gobierno ha sido la primera medida de calado que ha tomado el nuevo presidente del organismo, José Luis Rodríguez Álvarez, y ha causado una notable preocupación en las voces de la transparencia en España. Aquí dejo una visión particular sobre lo malo y lo bueno, o lo menos malo, que tiene este hecho. Y también lanzo una petición general desde otra voz, la mía, que al menos esta vez no pretende convencer a nadie.
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Aparte del sentido cómico que tiene el título de este artículo, esta frase hace referencia a la idea de progreso. Puede que, en ocasiones, se trate de un progreso mal entendido, en tanto que la sola urbanización ya se interpretaba como un signo inequívoco de mejora, cuando en realidad no han sido pocas las ocasiones en que la edificación y la ‘civilización’ han causado verdaderos estragos medioambientales. De eso saben mucho algunas playas españolas.

He dudado sobre si usarla o no para abrir este texto porque no me gustaría que se interpretara que me tomo a guasa lo que ha sucedido, pero también, permítanme la licencia, a veces cierta dosis de humor es un buen bálsamo y una estupenda herramienta para analizar hasta las noticias más serias, porque nos da una perspectiva distinta.

El tirar de este recurso tiene un por qué, un significado. Y es que, efectivamente, hace unos años, en lo que se refería a transparencia en España todo era campo. Todo, prácticamente todo, estaba por hacer, con la salvedad del trabajo incipiente de algunas organizaciones de la sociedad civil, pocas referencias normativas y aportaciones académicas. Todo lo que después recogería una Ley de transparencia que era “de las más avanzadas de su entorno” unos días, timorata y vieja desde su nacimiento, los otros.

Porque así fueron los primeros meses, incluso años, en los innumerables actos y eventos sobre transparencia que se sucedían dando a conocer una ley que unos días era estupenda, otros lo más estupenda que podía ser y otros un completo desatino, un producto para fomentar el gatopardismo que tan popular se hizo durante esos años.

Dependía, como todo, de la voz que emitiera el juicio. O del momento de las distintas voces, porque incluso a veces las voces tornaban. Algo totalmente legítimo, que conste.

Pues bien, hoy podemos afirmar que es unánime la necesidad de reformar de la Ley de transparencia.

En aquel escenario campestre, que no salvaje, de los años en torno a 2015, el papel del Consejo de Transparencia y Buen Gobierno (CTBG) jugó un papel fundamental. Cabe considerar que las instituciones pequeñas y recién instauradas, como el CTBG lo era en aquellas fechas (y lo sigue siendo por la falta de medios que padece), son en buena parte lo que son las personas que las integran.

Y el CTBG era Esther Arizmendi. Y Javier Amorós. Y Esperanza. Y así podría seguir con el resto del equipo, desde Gonzalo a Cristina, pasando por Petra y todas las personas que han sumado a esta institución su convencimiento y su trabajo.

Durante años, con apoyos y con no pocas críticas, construyeron la planta de uno de los edificios de la transparencia en nuestro país, el de los órganos de control. Un edificio que a pesar de las críticas que recibió, fundamentadas por diseño dependiente orgánicamente del poder ejecutivo, ha demostrado tener unos cimientos sólidos. Tal vez la construcción no sea del agrado de todo el mundo, pasa con los mejores arquitectos y los edificios más emblemáticos, así que por qué no va a pasar con una institución.

Durante años, Esther Arizmendi, Javier Amorós, Esperanza Zambrano… con apoyos y con no pocas críticas, construyeron la planta de uno de los edificios de la transparencia en nuestro país, el de los órganos de control.

Los tiempos (nos) van cambiando

El tiempo ha ido tornando muchas de las críticas y las opiniones negativas en alabanzas y reconocimientos. Se ha reconocido, con toda justicia en mi opinión, el trabajo de Esther Arizmendi en la divulgación y en el fomento de una cultura de la transparencia, y, además desde la positividad, desde una posición constructiva, con la sonrisa amable, pero sin perder nunca la firmeza para defender y promover la transparencia.

Para mí, esa fue una de sus grandes contribuciones: hacerlo todo desde una posición tan honesta como integradora para intentar que todos se sintieran parte de un fin común. Esther fue capaz de concitar en su figura el aplauso unánime en su fallecimiento. Hoy, si cabe, esa figura se ve engrandecida.

Pero lo cierto es que, tal vez les cueste creerlo, Esther fue muy criticada, y su equipo también, pero sobre todo ella como líder: por su (falta de) independencia, por su pliegue a otras instituciones. Pero cambiaron las opiniones, como ya digo, hasta el reconocimiento abrumador a su labor.

Esther no caminaba sola, aunque su liderazgo fue muy notable y se personalizó la institución mucho en su figura. Como escribí tras su muerte, con Esther se dio una curiosa circunstancia, que definí como “melancolía preventiva”: no conocía el caso de muchos altos cargos a los que se les empezara a echar de menos mucho tiempo antes de que cesaran en el cargo.

Y aquellas alabanzas, públicas y notorias, no se referían en absoluto a su enfermedad, aún no pública, sino que se hacían pensando preventivamente en el legado y el listón tan alto que estaba dejando a la persona que la sustituyese cuando expirase su mandato.

Por su parte, Javier Amorós ha desplegado una labor institucional muy destacable, primero tejiendo redes de colaboración y fomentado la confianza en la institución como segundo de Arizmendi, y después durante los tres años que ha conducido interinamente el CTBG, siguiendo el rumbo que marcó ‘la jefa’. Algo que hay que reconocerle, yo personalmente lo hago hoy. Si tan grande fue el trabajo de Esther, meritoria es la labor de quien mantiene el legado y contribuye a labrar la imagen de independencia del órgano.

La otra pata principal de la mesa del CTBG era Esperanza. Era, ya no lo es. ¿O sí? Yo creo que sí, ahora después me explicaré. A Esperanza hay que reconocerle la enorme labor que ha hecho construyendo la doctrina del CTBG.

Hoy, estos días, después de su salida del CTBG, se suceden los halagos a su labor. Merecidísimos en mi opinión. Porque la doctrina del CTBG era campo, un secarral, y lo ha ido sembrando con una línea perfectamente reconocible. Y también perfectamente criticable, cómo no. Porque Esperanza se ha llevado también sus palos, aunque no se lo crean.

Hubo un tiempo en que con cada resolución del CTBG se movía la brújula de la independencia del organismo. Para resumirlo, si la resolución favorecía el acceso a la información, el CTBG era independiente; si no, el CTBG estaba plegado a los deseos del poder.

Hubo un tiempo en que con cada resolución del CTBG se movía la brújula de la independencia del organismo. Para resumirlo, si la resolución favorecía el acceso a la información, el CTBG era independiente; si no, el CTBG estaba plegado a los deseos del poder.

Esto fue así, aunque no por todo el mundo ni nada por el estilo, pero fue así durante un tiempo. Se lo podrán negar, pero les digo yo que eso era tan verdad como clara era el agua que bajaba del río al que cantaba Camarón. Que no me tienen que creer, pero ya les dije al principio que esta vez no trataría de convencer a nadie.

Decía que esto fue así durante un tiempo, pero me quería convencer a mí mismo (no a ustedes, trataré de mantener mi palabra) de algo que no ocurre aún. En efecto, con la primera resolución firmada por el nuevo presidente del CTBG, allá por noviembre de 2020, ya volvieron los comentarios ‘brujuleros’ alabando la primera “muestra de independencia” de Rodríguez Álvarez.

Sinceramente, me parecía un poco pronto para hacer esas valoraciones. Y lo peor, me parecía peligroso, porque veía cómo volvía a aparecer la brújula que yo creía guardada, por fin, en un cajón. Porque cuando se firmó esa resolución aún no se sabía nada de la destitución de Zambrano. Al menos, yo no lo sabía y no sé si alguien lo sabía, más allá de la interesada y el nuevo presidente, o si ni siquiera lo sabían ellos mismos.

Una mala noticia

El cese de Esperanza Zambrano me parece una mala noticia, muy mala. Me pueden sobrar los motivos, pero diré tres.

El primero, porque el CTBG pierde el valor de una de las personas con más conocimiento en legislación sobre transparencia, que se puede considerar casi la madrina de la Ley 19/2013. Una persona que, como he dicho ya, ha sido capaz de construir una doctrina reconocible y que, a día de hoy, si es criticado su criterio lo es desde el respeto más absoluto.

El segundo, porque el CTBG y la sociedad pierden, de momento, a una persona con una capacidad divulgativa muy notable, en una materia árida como el derecho administrativo. Quienes la hemos seguido en jornadas formativas y divulgativas podemos dar cuenta de ello.

Además, recogió el testigo de la divulgación en prensa digital que dejó Esther, a través de sus colaboraciones en el blog de la Asociación de Periodistas de Investigación, donde desgranaba lo más relevante de la actividad del CTBG en cuanto a resoluciones. Una tarea necesaria, que no debe desdeñar la nueva presidencia. La labor divulgativa y comunicativa es clave para el fomento de esta cultura de la transparencia y para acercar la Administración a la ciudadanía.

La tercera, y no por ello menos importante, es que el CTBG pierde a una persona honesta empeñada en trabajar por una causa honesta. Una pérdida difícil de suplir.

Confío en que el tiempo sitúe a Esperanza en algún puesto en el que siga aportando este conocimiento. No tengo la menor idea de cuál es o será su destino. Pero estoy seguro que antes o después tendrá un hueco en algún lugar de la transparencia en España.

El CTBG pierde con la salida de Zambrano el valor de una de las personas con más conocimiento en legislación sobre transparencia, que se puede considerar casi la madrina de la Ley 19/2013.

La independencia del nuevo presidente

José Luis Rodríguez Álvarez ha tenido el mismo mal recibimiento que tuvo Esther en su día. Falta de independencia, falta de preparación, un pasado ‘oscuro’ y, a juicio de algunos, poca ambición en su presentación en el Congreso de los Diputados. Aunque no es el objeto de este texto, solo quiero hacer una breve reflexión respecto a su criticada falta de independencia y de experiencia en la materia.

En cuanto a la experiencia, cabe recalcar que Rodríguez Álvarez ya fue director de la Agencia Española de Protección de Datos, precisamente cuando se publicó el Criterio 2/2015 del CTBG sobre la aplicación de los límites al derecho de acceso a la información, y en consecuencia, está firmado por él junto a Esther Arizmendi. Curiosidades del destino.

Por otra parte, yo he asistido a varios actos sobre derecho de acceso a la información pública en los que Rodríguez Álvarez ha sido ponente, y si la memoria no me falla, diría que después de dejar la dirección de la AEPD y con notables nombres en los programas de dichos actos, fueran jornadas o congresos. Me pareció en su momento que algo sabía del tema. ¿Que hay otras personas que saben más? Seguro. Como en prácticamente cualquier puesto de la Administración.

Respecto a la independencia, criticada por haber ocupado cargos de confianza en gobiernos de Rodríguez Zapatero, principalmente de la mano del que fuera ministro Francisco Caamaño, del que fue jefe de gabinete entre otras funciones, mi opinión es sencilla: la independencia se demuestra andando, en este caso, actuando.

Si el problema es su ideología, cercana al Partido Socialista según se desprende de su experiencia previa, me parece que es un argumento que no se sostiene bien de inicio. Personalmente, no me preocupa tanto qué ideología tenga un servidor público, sea alto cargo o funcionario, sino que la aplique en su desempeño no respetando los marcos normativos.

De hecho, dudo que haya muchos o pocos servidores públicos de cualquier escala exentos de ideología. Me parecería incluso sospechoso que alguien, con una relación estrecha con la administración y la política se definiera así. Otra cosa es que actúe, desde determinados puestos, anteponiendo su ideología o los intereses de partidos políticos o ejecutivos a la legalidad.

Pueden decirme que este puesto es especial, que no es un cargo bajo el paraguas ministerial o de partido, que es un espacio que debe ejercer de contrapoder del Ejecutivo, pero no, discrepo. Y me apoyo en la propia Arizmendi: “Mi trabajo no es criticar al Gobierno (..) mi trabajo es trabajar por la transparencia y aplicar la ley”.

Creo que sería bueno dejar que ande para que veamos cómo ejerce su función antes de criticarlo preventivamente. Seamos vigilantes y exigentes, pero no impacientes y, mucho menos, prejuiciosos.

El problema que se ha creado Rodríguez Álvarez con el cese de Zambrano es que de inmediato se ha interpretado como una relación de causa-efecto, y así se ha manifestado abiertamente en varios medios de comunicación, en los que se afirma que el cese es consecuencia directa de determinadas resoluciones del CTBG.

La decisión del nuevo presidente

El problema que se ha creado Rodríguez Álvarez con el cese de Zambrano es que de inmediato se ha interpretado como una relación de causa-efecto, y así se ha manifestado abiertamente en varios medios de comunicación, en los que se afirma que el cese es consecuencia directa de determinadas resoluciones del CTBG. Llámenme ingenuo, pero creo que la relación causa-efecto está aún por demostrar. ¿Que lo ha sido? Yo, sinceramente, no lo sé.

Lo que sí sé es que el nuevo presidente puede nombrar un par de cargos de su confianza en los puestos más altos del organigrama del CTBG, y que, como hubieran hecho muchas personas, ha hecho uso de esa capacidad.

Está en su perfecto derecho, por mucho que la sociedad civil, la oposición y la prensa puedan estar en contra de su decisión. Yo también lo estoy, por los tres motivos que he expuesto antes, pero este acto es tan legítimo como comprensible: rodearse de profesionales de su confianza. Ya veremos, como digo, si hay motivos para pensar lo contrario. Pero dejemos que los haya.

De la misma manera, hay que recalcar que sería necesario que el presidente del CTBG explicara los motivos que le han llevado a tomar esta decisión, por el bien de la propia institución y como medio para cerrar insinuaciones, elucubraciones e interpretaciones del tipo que sean.

Además de preceptos legales como los explicados por Miguel Ángel Blanes citando una sentencia del Tribunal Supremo de 2020 sobre la necesidad de motivar el cese de funcionarios que ocupen puestos de libre designación en virtud de sus cualidades profesionales, la ejemplaridad es una cualidad deseable y, del mismo modo que el CTBG trabaja por fomentar la cultura de la transparencia y de la rendición de cuentas, sería totalmente exigible que el propio organismo dé cuentas de sus actuaciones.

La persona que viene a ocupar el lugar de Zambrano es Carmen Montero García-Noblejas, funcionaria desde 2006. En la línea de lo que vengo expresando, espero que le demos suficiente margen para evaluar su desempeño antes de realizar juicios que pueden ser apresurados y cambiantes. Como las brújulas.

Vuelvo, para finalizar con este punto, a citar a Esther Arizmendi, en relación al nuevo presidente y la nueva subdirectora de Reclamaciones: “Por sus actos los conoceréis”.

Ya no es todo campo

Decía antes que Zambrano no se ha ido del todo. En efecto, queda la doctrina del CTBG que ha ido elaborando resolución tras resolución. Quedan los criterios interpretativos. Quedan, en definitiva, centenares de documentos que no será fácil borrar, si eso es lo que supuestamente se critica del cambio de responsables en la Subdirección de Reclamaciones.

Las cosas no cambian con tanta facilidad ni, en muchas ocasiones, a pesar de tener la firme determinación de cambiarlas. Y si no piensen, por ejemplo, en las promesas electorales que se diluyen en el ejercicio del poder cuando se alcanza. No es tan fácil revertir lo hecho. Y si lo construido tiene bases sólidas, menos aún.

Si no quieren confiar en el nuevo equipo del CTBG, al menos confíen en el trabajo que ya hay hecho. Aunque mi recomendación es que confiemos en todos, al menos hasta que se demuestre, si es que demuestra (esperemos que no), lo contrario. Y cuando menos, confiemos en la nueva subdirectora, funcionaria de carrera de nivel 30 (el más alto que se puede alcanzar).

Pero como les decía al principio, no pretendo convencer a nadie. Solo espero que no nos llevemos otra decepción y que no se siga politizando la transparencia. Y en ese proceso de politización jugamos todos, no solo el Gobierno. También los medios de comunicación, la sociedad civil, las personas expertas y los profesionales de la materia. Todos aportamos de alguna manera a que el campo sea civilización o selva.

No puedo terminar estas líneas sin mandar mis condolencias a la familia y todas las personas cercanas a Pepe Molina, expresidente del Consejo de Transparencia de la Región de Murcia, fallecido el pasado fin de semana a consecuencia de la covid-19. Nuestro recuerdo y agradecimiento a otra persona que contribuyó también, a su manera y con su estilo propio, a que esto dejara de ser campo.

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Comentarios

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  1. ana

    Excelente artículo y reflexión que expone de forma equilibrada las luces y sombras de la actual presidencia del Consejo de Transparencia y su posible y peligrosa politización.

    Sólo añadir que la cronología de cese no motivado de una funcionaria tan aplaudida por su buen hacer técnico desde todos los sectores como Esperanza Zambrano, justo después de varias resoluciones críticas con el Gobierno, resulta contraproducente para la credibilidad e independencia del Consejo. Hay que confiar en que, además, la trayectoria de la Presidencia desde la Agencia de Protección de Datos, tantas veces burladero y excusa para evitar la efectiva rendición de cuentas, no signifique una pérdida del impulso de un Derecho que debiera ser fundamental como en las democracias más exigentes