Stevens, el mayordomo. Lectura veraniega para los responsables de 'compliance'

Inglaterra, julio de 1956. Una mansión, cuya memoria parece confundirse con la campiña inglesa, levanta el vuelo entre el bosque de chopos. “Cada vez parece más probable que haga una excursión que desde hace unos días me ronda la cabeza. La haré yo solo, en el cómodo Ford de Mister Farraday. Según la he planeado, me permitirá llegar hasta el oeste del país a través de los más bellos paisajes de Inglaterra, y seguramente me mantendré alejado de Darlington Hall durante al menos cinco o seis días”.
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Con estas palabras da comienzo la novela de Ishiguro: Los restos del día. Su protagonista, Stevens, inicia un viaje por Inglaterra. Al término del mismo descubrirá su verdadero rostro. Stevens ha sido durante treinta años el mayordomo de Darlington Hall. Lord Darlington murió hace tres años y la propiedad pertenece ahora a un americano. El mayordomo, por primera vez en su vida, realizará un viaje.

El viaje es un recurso literario tradicional en el que el protagonista, al tiempo que conoce nuevos parajes, se va descubriendo a sí mismo. Como recuerda Magris: “El viaje es un proceso en el que se desvela una identidad. El protagonista intenta descubrir si es posible viajar a través de la vida y de la historia desarrollando y formando la propia personalidad, encontrando un significado a unos valores, descubriéndose a sí mismo a través de la confrontación con el mundo, o bien si esto es imposible, si durante el viaje de la vida solo se pierde, si acabamos desintegrados en la grotesca realidad contemporánea, descubriendo únicamente la imposibilidad de vivir y descubriendo que somos nadie, como Ulises”.

Stevens (Ulises) cruzará durante seis días Inglaterra rumbo a Weimouth (Itáca), en busca de Miss Kenton (Penélope), antigua ama de llaves de Darlington Hall. Durante el trayecto aprovechará para reflexionar sobre su vida.

“¿Qué significa ser un gran mayordomo?”. Con esta pregunta Stevens da comienzo a un monólogo interior que terminará al final de su viaje.

Para la Hayes Society, asociación que afirmaba admitir solo a mayordomos de primera clase, uno de los requisitos para incluir a nuevos socios, si bien no el más importante, era la pertenencia del candidato a una casa distinguida. Sin embargo, esta respuesta no convenció del todo a sus miembros. Tras un breve debate, la Asociación hizo saber que “un requisito fundamental era que el candidato posea la dignidad propia de su condición, y los candidatos que no la cumplan plenamente no serán admitidos, aunque gocen de otras muchas cualidades”.

Naturalmente, esta respuesta –explica el bueno de Stevens- remite a preguntarse en qué consiste esta dignidad: “La dignidad de un mayordomo está profundamente relacionada con su capacidad de ser fiel a la profesión que representa. El mayordomo mediocre, ante la menor provocación, antepondrá su persona a la profesión… Los grandes mayordomos lucirán su profesionalidad como luce un traje un caballero respetable, es decir, nunca permitirán que las circunstancias o la canalla se lo quiten en público. Y se despojarán de su atuendo solo cuando ellos lo decidan y, en cualquier caso, nunca en medio de la gente. Hasta el punto de que un buen mayordomo no ha de desnudar sus sentimientos, aunque en ocasiones su deber profesional le obligue a ir contra sus propios principios”.

“La dignidad de un mayordomo está profundamente relacionada con su capacidad de ser fiel a la profesión que representa”.

Los paisajes y pueblos, en su camino a Weimouth, se van sucediendo al mismo tiempo que el recuerdo de aquellos instantes en los que Stevens resolvió encarnar su papel hasta el final sin ceder a las tentaciones del sentimentalismo o la debilidad.

Su decisión de no hacer compañía a su padre moribundo porque se encontraba sirviendo una cena crucial para los destinos futuros de Europa: “Miss Kenton, no me juzgue mal si no subo a ver a mi padre en el estado en que se encuentra, se lo ruego. Estoy seguro que a él le gustaría que siguiera con mi trabajo”; su indiferencia al despedir injustamente a las sirvientas judías condenándolas probablemente a la expatriación: “Hay muchas cosas que ni usted ni yo, en nuestra posición, podemos comprender, como, por ejemplo, el problema de los judíos. En cambio, mi señor, me atrevo a suponer, esta capacitado para juzgar lo que es más conveniente”, o su frialdad ante los sentimientos de Miss Kenton: “Al llegar a la puerta de Miss Kenton, deduje, por la luz que se filtraba a través de los contornos, que aun seguía despierta, y ese fue el momento, y ahora si estoy seguro, que quedó grabado en mi memoria como un recuerdo imperecedero, el momento en que me detuve en la oscuridad más absoluta del pasillo, con la bandeja en las manos, y la convicción cada vez más certera de que solo a unos metros al otro lado de la puerta Miss Kenton estaba llorando (…) No sé hasta cuándo permanecí allí de pie. En aquel momento me pareció mucho tiempo, aunque en realidad supongo que solo fue cuestión de segundos, ya que, naturalmente debí apresurarme a subir de nuevo para servir a algunos de los más eminentes caballeros del país y es imposible, por tanto, que me demorara demasiado”.

Steven continúa su periplo interior. Por supuesto, también los principios tienen un lugar en la vida. La pertenencia a una casa distinguida es un aspecto a tener en cuenta para considerarse un buen mayordomo. Pues tan o más importante que la profesión es con qué fin se ejerce, “y todos nosotros alimentábamos el deseo de aportar nuestro granito de arena a la creación de un mundo mejor; y resulta obvio que, como profesionales, el medio más seguro para conseguirlo era servir a los grandes caballeros de nuestra época, en cuyas manos estaba el futuro de la civilización”.

Un pensamiento consolador que tranquiliza por un momento el camino que su conciencia va recorriendo. Jornada a jornada, Stevens va examinando su vida. Y, casi al término de su viaje, acaba por descubrir que ha sido un perfecto servidor de patrones equivocados, que sí la servidumbre tiene algún sentido –él siempre estuvo seguro de que sí lo tenía- este consiste en una digna elección de aquel a quien se sirve. Lord Darlington, su señor, fue un miembro de la clase dirigente inglesa que se dejó seducir por el fascismo, y hasta poco antes de la segunda guerra mundial conspiró activamente para conseguir una alianza entre Inglaterra y Alemania.

Pero no termina aquí el viaje. Stevens descubre que hay algo peor incluso que servir a un hombre indigno: “Lord Darlington era muy buena persona. Un hombre de gran corazón. Y, al menos, él tuvo el privilegio de poder decir al final de su vida que se había equivocado. Fue un hombre valiente. Durante su vida siguió un camino que resultó no ser el correcto, pero lo eligió. Y, al menos, eso pudo decirlo. Yo no puedo. Yo solo confié. Confié en su instinto. Durante todos aquellos días en que le serví, tuve la certeza de estar haciendo algo de provecho. Pero ahora ni siquiera puedo decir que me equivoqué. Dígame, ¿cree usted que a eso puede llamársele dignidad?”.

Si el personaje de Stevens proyecta una determinada concepción del mundo, uno puede preguntarse cómo es ese mundo que se dibuja a través de él. Es evidente que el autor no ha escogido casualmente para Stevens la profesión del mayordomo. Si la ha elegido es, precisamente, para mostrarnos que el personaje del “mayordomo inglés” da cuerpo a determinadas ideas o pretensiones morales. Es un personaje que al aparecer en la escena de nuestra cultura es perfectamente identificable por el auditorio. Que el personaje sea reconocible por el auditorio significa que de algún modo el espectador sabe ya de antemano cuál va a ser el curso de la acción. El autor no presenta a Stevens el mayordomo, sino a un mayordomo cuyo nombre es Stevens. Lo general tiene más importancia que lo particular porque, cómo mostrará la novela, lo particular quedará totalmente absorbido por lo general.

Si el autor ha elegido la profesión de mayordomo es, precisamente, para mostrarnos que el personaje del “mayordomo inglés” da cuerpo a determinadas ideas o pretensiones morales.

Cuando representamos en la imaginación la figura de un “mayordomo inglés”, esta suele caracterizarse por una serie de notas: discreción, control de sí mismo, formas exquisitas… Es el perfecto ejemplo de la flema británica, que se distingue por una cierta actitud de distanciamiento o desapego respecto de las cosas. El propio Steven ofrece la clave de su personaje: “A veces se dice que, en realidad, solo existen mayordomos en Inglaterra. En otros países no hay más que criados, sea cual sea el título que se les pongan. Cada vez más me inclino a pensar que es cierto. En el continente no puede haber mayordomos porque son una raza incapaz de reprimir sus emociones del modo que es propio del pueblo inglés”.

Una persona que nunca desnuda sus emociones es una persona que no tiene intimidad, que carece de vida privada. Una cosa es el pudor, una virtud que mantiene la intimidad a cubierto de los extraños, pues hay determinados hechos que no deben someterse a la luz pública, a la mirada de los extraños. Una cosa, como decimos, es el pudor, y otra muy distinta el comportamiento de Stevens. Stevens oculta sus sentimientos no a los extraños sino a los más cercanos, como su padre y, sobre todo, a Miss Kenton, de la que está enamorado pero su “sentido del deber” le impide reconocerlo.

No es que Stevens no tenga sentimientos, somos testigos de su lucha interior, sino que los reprime cuando lo que aconseja la naturaleza es manifestarlos, como acertadamente le reprocha Miss Kenton: “¿No se da cuenta del gran apoyo que habría supuesto para mí el año pasado que me hubiera confiado sus sentimientos? ¿No se da cuenta de lo mucho  que me habría ayudado? ¿Por qué, Mister Stevens? ¿Me puede explicar por qué siempre tiene que fingir?”.

Especialmente iluminadora es la escena en que Miss Kenton le sorprende leyendo en sus ratos de ocio novelas sentimentales. Stevens, que se niega a manifestar sus sentimientos, llena su soledad leyendo historias de damas y caballeros que se enamoran y declaran mutuamente sus sentimientos. Pero no puede aceptar que Miss Kenton comparta su secreto y reacciona bruscamente: “En aquel momento en que Miss Kenton irrumpió tan resueltamente en mi despensa, yo me encontraba fuera de servicio (…) Solo en un caso, en un único caso, puede un mayordomo a quien su indignidad le importe desembarazarse de su función. Ese único caso es cuando está completamente solo. Entenderán, por tanto, que un hecho como que Miss Kenton se metiera en mi despensa en un momento en que yo, por sobradas razones, estimaba que debía estar solo, era una cuestión de principios, de dignidad que me obligaba a revestirme inmediatamente de mi categoría de mayordomo, pues de lo contrario hubiera representado un papel que no era el que me correspondía”.

Compartir la intimidad supone entregar algo o, mejor, entregarse uno mismo. Stevens nunca se comunica, siempre está fingiendo. Su realidad más íntima esta siempre cubierta por una mascara. La disolución de la persona se puede producir por una falta de pudor, cuando comparecen en la escena pública comportamientos que deberían quedar reservados a la esfera privada, o bien por un exceso, cuando esos comportamientos no se muestran en absoluto.

El problema de Stevens es que no acierta a formular correctamente la pregunta sobre el sentido de su vida. El interrogante acerca de la dignidad no puede contestarlo un mayordomo. La dignidad remite al concepto de persona, no al rol o función que esta representa. Stevens confundió la vida con una representación teatral. Stevens fue un excelente mayordomo, pero fracasó como persona. En los momentos decisivos eligió la mascara y escondió su rostro. Lord Darlington es posible que fuese una buena persona, no lo sabemos, lo que si sabemos, sin embargo, es que fue un pésimo político.

El problema no es que la realidad se fragmente sino que ya no sabemos cómo reunir los fragmentos en una unidad de sentido, cómo integrar los distintos papeles que nos vemos obligados a representar en una única historia.

Uno de los rasgos más acusados de nuestra época es el acelerado proceso de fragmentación de la realidad. El problema, sin embargo, no es que la realidad se fragmente sino que ya no sabemos cómo reunir los fragmentos en una unidad de sentido, cómo integrar los distintos papeles que nos vemos obligados a representar en una única historia. Los fragmentos inconexos de la vida solo adquieren sentido si se cuenta una historia. Stevens necesita contar su historia, emprender un viaje a través del cual sus acciones adquieran inteligibilidad. El que piensa que su vida no tiene sentido es porque se ve incapaz de contar una historia inteligible sobre la misma. El concepto de narración es inseparable de la noción de identidad personal.

Preguntar ¿qué es bueno para mí? Es preguntar cómo podría yo vivir mejor esa unidad y llevarla a su plenitud. La unidad de la vida humana es la unidad de un relato de su búsqueda. No se trata de recolectar actos aislados, sino de identificar aquellos actos que dan mayor consistencia a nuestra vida. Los actos que dan más consistencia a nuestra vida, que constituyen la verdadera trama de nuestra historia son siempre los mismos: amar y ser amado.

Weimuth. Seis días después. Se acaban de encender las luces de la escollera. La noche engulle los últimos restos del día. “¿Para qué preocuparse tanto por lo que deberíamos haber hecho o dejado de hacer para dirigir el curso que tomaban nuestras vidas? Para personas como usted o como yo, la verdad es que basta con que intentemos al menos aportar nuestro granito de arena para conseguir algo noble y sincero. Y los que estamos dispuestos a sacrificar una gran parte de nuestra vida para logra esas aspiraciones, debemos considerar el hecho en sí motivo de satisfacción y orgullo, cualquiera que sea el resultado”.

La banalidad del mal

El 24 de mayo de 1960, varios agentes israelitas secuestraron a Adolf Eichman en Argentina con la intención de juzgarlo en Israel por crímenes de guerra.

Como es conocido, Hanna Arendt se ofreció al New Yorker para cubrir la información del juicio. La serie de artículos que escribió darían lugar al extraordinario libro Eichman en Jerusalén o la banalidad del mal. En él, Arendt, reflexionó sobre cómo la máquina totalitaria del Tercer Reich fue capaz de producir al peor de los criminales, al “asesino burocrático”.

“Me impresionó la manifiesta superficialidad del acusado (…) Los actos fueron monstruosos, pero el responsable –al menos el responsable efectivo que estaba siendo juzgado- era totalmente corriente, del montón, ni demoníaco ni monstruoso. No había ningún signo en él de firmes convicciones ideológicas ni de motivaciones especialmente malignas, y la única característica notable que se podía detectar en su comportamiento pasado y en el que manifestó a lo largo del juicio y de los exámenes policiales anteriores al mismo, fue algo enteramente negativo: no era estupidez, sino falta de reflexión”.

Conclusión no muy alejada del reproche que Mister Cardinal, sobrino de Lord Darlington, le hace a Stevens la noche en que su tío se encuentra reunido en secreto con el embajador Ribbentrop.

-¿No ha tenido siquiera la mínima sospecha de que Hitler a través de Ribbentrop ha estado manipulando a Lord Darlington como a un títere?

-Disculpe, señor, pero me temo que no he sido consciente de semejantes acciones.

-Claro, pero es porque no le han interesado lo más mínimo. Usted solo ve pasar las cosas, sin pararse a pensar en qué significan.

Arendt pensaba encontrarse con un monstruo inhumano, pero, para su sorpresa, lo que descubrió fue una persona “normal”, el perfecto representante de la burguesía. En el libro narraría el proceso psicológico de cómo la conciencia de este individuo simplemente cesó de funcionar, se paró. Eichman no fue un asesino despiadado, una persona dedicada monstruosamente a hacer el mal, sino simplemente –y esto es lo más aterrador- “alguien incapaz de distinguir el bien del mal”.

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